Llegaron a Estados Unidos cuando eran pequeños, de la mano de sus padres.
No pertenecen a la primera generación de hispanos, pues no tomaron la decisión de migrar y vivieron sus años formativos en la sociedad estadounidense.
Pero tampoco se pueden considerar como de segunda generación, porque no nacieron en Estados Unidos.
Se les conoce como la generación "1.5" (que sería 1,5 en español).
Muchos de estos niños y jóvenes no son ciudadanos estadounidenses, a pesar de que hablan inglés y crecieron en ese país. No tienen papeles y por lo tanto en muchos estados no pueden trabajar legalmente, votar o conducir.
Y tienen tanto riesgo de ser deportados como cualquier otro inmigrante indocumentado.
"Temen ser deportados pero muchos no conocen otro idioma que no sea inglés, y no desconocen sus países de origen", dice Rubén Rumbaut, un profesor de la Universidad de California en Irvine que acuñó el término "generación 1.5".
Aunque no existen cifras oficiales de la cantidad de niños indocumentados en Estados Unidos, el Centro Hispánico Pew calcula que un 7% de los niños hispanos son inmigrantes no autorizados.
El sueño americano. Los niños sin papeles pueden asistir a la primaria y secundaria, pero ingresar a la universidad puede presentar dificultades.
Se calcula que 65.000 estudiantes indocumentados (hispanos y no hispanos) se gradúan cada año de la escuela secundaria, según la organización College Board.
En la mayoría de estados no califican para recibir el descuento en la matrícula que generalmente se le hace a los estudiantes que residen en el mismo lugar al que van a la universidad. Esto quiere decir que tienen que pagar el mismo precio que los estudiantes internacionales, que en muchas veces es imposible para una familia inmigrante.
Quienes logran graduarse de la universidad se chocan con una dura realidad: no pueden conseguir un trabajo legal.
"Yo tenía esta visión muy estadounidense de que, cuando uno trabaja duro para lograr sus sueños, los consigue. Pero no hay ninguna ruta posible para conseguirlos", dice Gabriel, un joven de 28 años que vive en California y no tiene papeles.
Se graduó de ingeniero industrial, pero sólo encuentra trabajos que reciben el salario mínimo en industrias como comida rápida y construcción.
Si una compañía lo quiere contratar legalmente, debe esperar ocho años debido a su situación migratoria.
"La única manera que tengo es casarme, lo cual es frustrante porque a mí me enseñaron que uno debe alcanzar el éxito usando sus propios medios. No tiene sentido. El gobierno invirtió por 12 años en mi educación, y ahora quiere que me vaya", agrega Gabriel.