"Mi mamá ya no deja solos a mis hermanos, ella se queda siempre con ellos", dice José, un pequeño de seis años, pero cuyo menudo cuerpo pareciese de cuatro. Con su tez trigueña, cabellos ondulados y su carácter risueño se apodera de la entrevista y comienza a contar historias que existen sólo en su imaginación, producto de ilusiones y añoranzas de un mundo en el que hubiese querido vivir.
"Mis hermanos a veces me vienen a visitar, pero mi mamá no, pero yo soy feliz aquí porque tengo una hermana", relata, y como todo un buen anfitrión nos convida: "¿Quieres soda?... come galleta".
Esta es una fábula de José, porque sólo está en su imaginación. A sus escasos años, aún añora conocer a su progenitora y a sus verdaderos hermanos, si es que existen, ya que fue abandonado a su suerte desde los 3 años.
Este menudo, en su subconsciente, desea que la jugarreta de la vida que le impidió crecer en brazos de sus seres queridos, y sentir los besos y abrazos de su madre en las frías noches de lluvia o de consuelo cuando su cuerpecito se quebraba por una gripe, no la vivan otros niños.
José, como buen interlocutor, señala: "Aquí yo tengo juguetes, duermo con mis amigos, pinto con la maestra y me encanta cuando viene el profesor", en alusión al director del Hogar Piedad, donde ha sido acogido. "Sí estoy contento aquí, me gusta", dice convencido.
También se acerca al grupo un genio de la pintura, que con sus bosquejos (dignos de un futuro Picasso) escapa de la triste realidad que le ha tocado vivir desde los primeros años de su vida. "Yo soy igual que mi mamá, porque ella pinta y me enseñó a pintar desde chiquito", comenta Carlos de diez años, quien afanadamente enseña sus dibujos.
Carlos apenas estudia el tercer grado, porque sus progenitores nunca se preocuparon por sus estudios, sino que lo lanzaron a las aventuras de las calles y a vender drogas desde los seis años. Un negocio de "gangster" para una ingenua criatura que se empieza a formar, y cuyos padres le arrancaron la inocencia.
A diferencia de José, Carlos tiene una contextura propia de sus años, más bien atlética, cabello lacio azabache y piel amarilla, que no puede ocultar las marcas de aquéllos que aprenden a punta de golpes. Entre sus pantalones de mezclilla y suéter juvenil, a la altura de su estómago brota como grieta de un volcán, una herida de arma blanca.
Al ser interrogado sobre qué le pasó en la barriga, Carlitos responde que estaba cocinando en la casa de su abuelita y un cuchillo le cayó encima. Quizás sea verdad, quizás no, pero esa es la justificación que ha dado a la profunda cicatriz que le acompañará el resto de sus días.
"Mi mamá y mi papá no me pueden cuidar y tampoco mi abuela, y para que yo no tenga más accidentes, ellos me mandaron aquí, pero yo soy feliz, me gusta este lugar", sostiene.
Según Carlos, el momento más feliz que tiene es cuando llega el profesor, porque se divierten mucho contando chistes en la sala, junto a los otros niños que habitan en el Hogar Piedad, recinto u hogar sustituto, destinado a niños que han sido víctimas de maltrato y donde junto a sus 29 compañeros, constituyen una "gran familia", donde todos se consideran hermanos.
El sueño de este pequeño es convertirse en abogado para defender a niños y evitar que sean sumergidos en la violencia, y sufran lo que él vivió.
En las noches, cuando es hora de dormir, Carlos se acuesta en su camarote recordando al profesor, a quien ve como a un padre. "Yo pienso si el profesor, cuando está en su casa con sus hijos, se acuerda de mí", con lo que deja entrever su añoranza por un padre verdadero que esté a su lado cada noche al acostarse.
Como Carlos, todos estos pequeños tienen algo en común: Sus ojos no tienen el brillo de la inocencia, sino que en el fondo reflejan un gran dolor que los empuja a luchar por ser felices.
Tanto José como Carlos, en su inconsciente, tratan de justificar las actitudes de sus padres o crean imágenes de seres perfectos que los siguen amando e inclusive que son visitados por ellos, cuando la realidad es otra.
Para la psiquiatra del Instituto de Medicina Legal, Elaine Bressan y el Fiscal de Familia, Adolfo Pineda, el 99% de los menores maltratados dice la verdad, y a pesar de los maltratos recibidos, siguen manifestando amor hacia los agresores, porque son el único vínculo afectivo que conocen.
Mientras, un minúsculo grupo presenta confusión, al argumentar que no saben si los quieren u odian. En tanto, otros son víctimas de manipulación por parte de sus padres, quienes los involucran a favor de uno u otro y es entonces cuando surge en el menor maltratado el conflicto de lealtad.
En algunos casos, los menores son sometidos a una evaluación psicológica para determinar si pueden declarar dentro de los procesos, porque nunca se puede hacer a "costa de causarle un daño mayor".
"La parte positiva es que el maltrato es una condición aprendida y de la misma manera que se aprende a ser violento, se puede aprender a no ser violento", consideró Bressan.
Indicó que se puede revertir el cuadro si la persona acepta la ayuda terapéutica, todo depende de su concienciación y voluntad. Afirmó que los efectos de la agresión se perpetúan porque el que es agredido va a seguir siendo un maltratador, sufre cuadros depresivos, tiene dificultad de aprendizaje y lo más importante: Se le quita la inocencia de los mejores años de su vida.
"El maltrato lo obliga a una madurez o a comprender una situación que es incomprensible para sus escasos años", subrayó. Detalló que en casos extremos hay niños que intentan matarse, se matan o acaban matando a su agresor.
Puntualizó que es sumamente difícil tratar a un menor que piensa que a los 13 años de edad, la única salida para él es la muerte. "Prácticamente hay que reconstruir terapéuticamente a la persona, aunque en seres humanos todo es posible", anotó.
Los menores maltratados pueden volver a vivir sanamente, pero las huellas quedan el resto de sus vidas y por ello, se debe prevenir. A pesar de todas las vicisitudes que sufren estos niños, aún tienen la esperanza de un mañana mejor y viven con ansias de recibir cariño.
Los que viven en el Hogar Piedad lo demostraron con una canción que interpretaron cuando El Panamá América los visitó. "Los niños y niñas tenemos derechos igual que tú, por eso guíanos, cuídanos, porque queremos ser hombres de bien".
Así coreaban los 30 niños y niñas, pero una de ellas, obligada por su propia madre a prostituirse desde muy temprana edad, sólo hacía mímicas, mientras sus ojos contenían las lágrimas y optaban por mirar en lontananza, con la tristeza manifiesta de quien, aunque ha encontrado la familia que jamás tuvo, aún tiene sus heridas demasiado abiertas como para que sanen con un canto de esperanza.
La Fiscalía Primera de Familia atiende casos tan aterradores como los siguientes, que aunque sus víctimas no han sido referidas al Hogar Piedad, El Panamá América los publica luego de que el fiscal Pineda los diera a conocer, sin revelar la identidad ni los detalles de estos casos:
Rosa, desde los ocho años, hacía toda la limpieza de la casa, pero era maltratada por su padrastro y a la vez, abusada sexualmente por él. Como si limpiar fuera muy poco para su corta edad, también a Rosa le tocaba atenderlo cuando llegaba a casa y finalmente como recompensa le tocaba dormir en el piso.
Los golpes eran tantos y tan brutales que le causaron laceraciones en su piel, las cuales no cicatrizaban y su padrastro para ayudarla o tal vez, para empeorarla, le echaba agua caliente.
Tanto Rosa como su hermana más pequeña eran maltratadas por su padrastro, sin embargo, todo esto pasaba mientras su progenitora se hacía de la vista gorda. Los efectos psicológicos en esta menor fueron devastadores y, a pesar de que ahora vive con otros familiares, ahoga a los pollitos que encuentra en el patio. Los médicos advirtieron que las secuelas serán duraderas.
El autor intelectual de este trato inhumano fue condenado a seis años de cárcel y ahora supuestamente "se convirtió" y este medio supo que anda con una biblia debajo del brazo.
Luisa jamás se imaginó que llegar a casa a las tres de la tarde le costaría ser sometida a quemaduras de aceite que le dejarían huellas de por vida. Al llegar a su casa, fríamente su mamá la mandó a quitarse la ropa, mientras calentaba aceite. Luego la mandó a arrodillar y con una cuchara comenzó a verter el líquido sobre su cuerpo. Para completar la escena, la correteó para pegarle con un machete.
El Hogar Piedad le devuelve la alegría y la esperanza a estos pequeños, porque encuentran una nueva razón para vivir. El 60% de los niños que habitan en el hogar han sido abandonados y las puertas están abiertas para recién nacidos hasta jóvenes de 16 años.
El centro tiene cuatro años de estar funcionando gracias a la Fundación PRO-VIDA, organismo no gubernamental sin fines de lucro y con personería jurídica. También trabaja bajo la coordinación de los Juzgados Seccionales de menores y el Ministerio de la Juventud, la Mujer, la Niñez y la Familia.
Tiene como objetivo darle una solución a la problemática que presenta el menor carenciado, que vive en condiciones de alto riesgo, producto del abuso, maltrato y abandono. Allí se les da albergue en una gran casa con amplias salas, salones de clases, recámaras, comedor, cocina, lavandería y un gran patio para juegos. De acuerdo con su director, Maximiliano López, todos los niños son guiados sobre una base de amor y confianza en el marco del trato familiar de un hogar.
Agregó que reciben, mediante programas, atención de la más alta calidad para su desarrollo físico, emocional, educacional, ético, moral y espiritual. Explicó que los niños reciben atención escolar hasta sexto grado en la escuela multigrados que funciona en el hogar y en el que laboran tres docentes. Al finalizar la educación primaria, son enviados a un primer ciclo del área. Añadió que el Hogar sólo funciona con los aportes que hace la empresa privada porque no recibe ningún subsidio del Estado.
La institución cuenta con una cocinera, las "tías" (que son las que cuidan a los niños), una administradora y el director. En tanto, los servicios de asistencia técnica, como pediatría, psicología y otros, los recibe a través de un personal de la Universidad de Panamá que asiste cada semana.
La Junta Directiva está conformada en su mayoría por profesionales y personas independientes, quienes sin devengar un salario realizan una labor social. Sin embargo, esta organización tiene proyecciones de seguir creciendo y construir otra sede en Volcán, Chiriquí, donde le donaron un terreno, y en Balboa, donde la Autoridad de la Región Interoceánica (ARI), también le traspasó unos edificios.
Estos logros benefician a esos mismos niños que viven en ese hogar desde su fundación, hace cuatro años, porque no tienen familiares que deseen cobijarlos en sus hogares y tampoco pueden volver con sus padres biológicos porque éstos constituyen un peligro para su desarrollo físico y emocional.
Así, mientras crecen, pueden aprender oficios, en las nuevas sedes, tal como proyecta el Hogar Piedad y la Fundación Pro Vida. Los niños no deben permanecer tanto tiempo en el hogar, pero a falta de uno propio, esta iniciativa parece ser, por ahora, la más viable.
De maltratos, fábulas y esperanzas
El Hogar Piedad brinda amor y albergue a unos 30 niños abandonados o maltratados, a quienes les devuelven la ilusión por una vida mejor.