Corrupción. No frenará mientras la certeza del castigo no sea una realidad. Los políticos corruptos, sobre todo si están bien arriba en la pirámide de poder, están felices porque saben que las leyes no los alcanzan.
Indiferencia. El desagrado aumenta cuando la desidia de algunos funcionarios, por no decir la desvergüenza, provoca que las investigaciones por corrupción se empantanen o, peor, prescriban los casos.
Abuso. Joseph Ignace Guillotin, y la máquina que este médico recomendó a los franceses para castigar a sus corruptos después de la toma de La Bastilla, están en la historia para recordarnos que los pueblos no son tolerantes por los siglos de los siglos.