No hay pronósticos precisos. La impotencia, el desconcierto y dolor se acrecienta por la falta de información. La constante es que solo un milagro puede salvar a las personas que hoy luchan por su vida en el Complejo Hospitalario de la Caja de Seguro Social (CSS).
El nombre que les genera terror a los familiares -y causa en la frontera la muerte a los pacientes- no se escribe en español, es difícil de pronunciar, y apareció de un día para el otro en el principal centro de salud de la CSS: la bacteria Klebsiella pneumoniae carbapenemase (KPC).

Un nombre raro para una situación rara, angustiante, que viven los familiares de los pacientes que, para ellos, tiene nombre y apellido. Una historia. Una vida.
Entre sollozos, Belkis Puerta de Salas recuerda cómo su madre, Fidelina Guerrero, ingresó al hospital el pasado 28 de junio. Aunque aquejada, hablaba y tenía movilidad.

Ahora, 22 días después su condición, es otra. Solo sabe que fue afectada por una bacteria, pero nadie le dice si es la temida Klebsiella pneumoniae, la que ha causado, según las autoridades de la CSS, 16 muertes.
Fidelina Guerrero tiene 72 años. Es diabética, pero su padecimiento estaba muy controlado. A pesar de la enfermedad, su fortaleza y salud eran buenas, dijo Belkis, una de sus 10 hijas.

Puertas recordó que, a pesar de la diabetes, cuando ingresó al hospital le hicieron una Tomografía Axial Computarizada (TAC) porque se cayó y descubrieron que tenía un tumor en el pulmón.
“La operaron y salió bien. Al día siguiente le di un té, pero 24 horas después entró en Cuidados Intensivos, donde me dijeron que tenía una infección complicada. En ese instante pregunté si era la bacteria y la respuesta fue: ‘Puede ser’”, contó Puerta.

Pasaron las horas, los días, y la angustia de la familia Puerta Guerrero se incrementó porque las autoridades les habían dicho que la cambiarían al sexto piso y no ha sido así.
Luego de múltiples protestas, el viernes pasado fueron atendidos, pero sin respuesta positiva. Deberán esperar hasta el 15 de agosto próximo, cuando harán una limpieza y desinfección, pues para mantener a Fidelina Guerrero necesitan 12 tomacorrientes para cambiarla, y esto, según las autoridades, lleva tiempo.

Con más dolor que esperanzas, las autoridades solo les dicen: “Ella es candidata para que le caiga la bacteria y, si le cae, mala suerte”, contó Belkis.
Ahora, la hija lamenta que hayan operado a su madre, pues hasta ahora “el tumor que le extirparon le permitía respirar y su cuerpo se había adaptado a esa condición”. La solución de un mal, y su consecuencia, un mal aún peor. Mortal.

Según Puerta, en la Sala de Cuidados Intensivos hay 12 pacientes, cifra que coincide con un informe del Ministerio de Salud que reflejaba que hasta el mes de junio se reportaban 11 personas hospitalizadas.
Lo que Belkis y sus hermanos recuerdan de su madre es su abnegación, desprendimiento, y que la alegría de su vida son ellos. Los mismos que hoy esperan.
Puerta recuerda la última reunión un día antes de operarla, en la que les dijo: “Si para salir de aquí y estar con ustedes tengo que operarme, me operaré”.
La desconsolada hija cuenta su historia no solo por su madre, sino porque –dijo– miles de personas podrían morir y no quieren que esto le pase a nadie.
Precisamente en ese momento, en medio de la charla con Panamá América, uno de los encargados de la seguridad interrumpió la conversación. “Allí no se puede hablar, contar...”, indicó. Y agregó que para hablar con los familiares de los afectados se debe ir a un parque u hotel, debido a que en los predios del hospital está prohibido.
Belkis y sus familiares no se quejaron. Solo se limitaron a reaccionar desde la angustia: lágrimas y expresiones de dolor congelaron el andar de quienes estaban en el área y se lamentaban de la forma como se trataba a quienes ya tienen suficiente con su pesar.
Otra bacteria.
Yulisa Berguido dijo que está aferrada a un milagro de Dios. Su madre es una de las pacientes afectadas por el envenenamiento de medicamentos con el tóxico dietilenglicol, el otro gran tropezón de la CSS que dejó como saldo 171 muertos desde 2006.
“Es injusto lo que ha pasado con mi madre, una persona tan luchadora; solo quiero que salga de allí”, afirmó Yulisa.
En marzo de este año, María Isabel Castillo de Berguido entró al Complejo por una simple fractura de tobillo. Una vez solucionado su problema le dieron el alta, pero de ese trámite Castillo se llevó algo consigo: una bacteria nosocomial llamada “Pseudomonas aeruginosa”.
Esta bacteria, explicó su hija, se la descubrieron en abril pasado, un mes después, en uno de los controles rutinarios.
Le prescribieron antibióticos y siguió con fiebre. Su situación se complicó porque es una paciente de diálisis y la ingresaron por una infección peritoneal. Los médicos le dijeron a la hija que debe estar preparada porque solo un milagro salvará a su madre. Ni más ni menos. Todo en manos de Dios.
Castillo de Berguido está entubada y el lunes pasado entró a Cuidados Intensivos.
Yulisa Berguido considera, casi resignada, que ha habido mucho descuido porque a su madre, con la condición delicada, la tuvieron toda una noche y madrugada en un pasillo del piso 4, frente a un señor con mascarilla que tosía.
Luego la pasaron a Intensivos. Lo que le anima -a pesar del dolor- es que a su madre le ha subido la hemoglobina.
“Ella es muy alegre, luchadora. Cuando niña nos llevaba a todos al autocine; le gustaba ayudar a los vecinos, salir de compras”, comentó Yulisa Berguido.
María Isabel Castillo de Berguido fue profesora de mecanografía en el colegio Richard Newman. Fotos familiares la retratan como una mujer hermosa, vivaz y alegre; pero desde que tomó el expectorante sin azúcar sus riñones se achicaron, perdió más de 30 libras, cayó en cama consumida, sin deseos de comer, desanimada, con muchas deudas, poco dinero y algo de ayuda.
Hoy, tras el jarabe mortal, está luchando por su vida. Todo a raíz de una bacteria también mortal, que no se escribe en español; y que las autoridades, hasta el momento, no saben cómo detener.