- El análisis del laboratorio Aquatec para Panamá América señala que el río Juan Díaz tiene una calidad de agua media. Su condición ha mejorado con el inicio del saneamiento de la bahía.
Fidel Ortega ha conocido todas las facetas del río Juan Díaz. Todavía están frescos en su memoria los recuerdos de los años dorados, cuando este afluente era el preferido de miles de bañistas de la capital.
Tiene 77 años de edad y 56 de ellos los ha vivido en las márgenes de este río. Hoy cuenta con tristeza cómo el afluente pasó de estar lleno de vida a ser prácticamente un vertedero de heces y de todo tipo de basura y chatarra.

En su época de gloria, el río Juan Díaz atraía hasta a turistas extranjeros. Varios jóvenes murieron ahogados. Algunos buceadores habilidosos nadaban hasta el fondo de aquel balneario para extraer las sortijas de oro que arrojaban los soldados estadounidenses para alardear de su dinero.
Los bañistas aprovechaban para refrescarse y escapar de la rutina en el verano, y otros para pescar los camarones y peces de todo tipo que se escabullían debajo de las piedras.
Junto a ese lugar, Fidel ha vivido durante casi medio siglo en una pequeña choza. Él es un trabajador independiente que ha memorizado cada detalle sobre el sitio que fue el preferido de los amantes del agua dulce durante varias décadas, pero que hoy solo es visitado por los gallinazos.
Hoy, el río está impregnado de un hedor casi insoportable. Fidel, con ropa desgastada y camisa desabrochada, se prepara para reconstruir su casa en la orilla del nauseabundo lugar.
“Tengo que aprovechar el verano para reconstruir mi casa”, afirma el anciano. Sentado en una silla de plástico, muestra su determinación para hacer trabajos de albañilería.
Con una segueta en la mano derecha, pretende cortar los postes de madera que sostienen su casa, cuya firmeza da muestra visible de un daño que puede atribuirse a las polillas.
“Si hubieran venido otro día, de seguro no estuviera, pero hoy trabajaré en esto”, señala el hombre de baja estatura, aunque siempre ha realizado labores fuertes. Actualmente, debido a su avanzada edad, no es contratado para trabajos duros.
La motivación de Ortega es innegable, ha vivido en el sector desde 1956, y recuerda con nostalgia cómo a un costado de su casa las familias y turistas se refrescaban en las orillas del Juan Díaz durante el verano.
“Mucha gente se ahogó aquí, yo mismo salvé a varios atando una soga a sus pies”, relata el anciano, quien alerta sobre la presencia de lagartos.
Clementina Gutiérrez, la esposa de Fidel, atribuye a que, gracias a la construcción de un puente cercano, su casa no ha sido arrasada por la corriente del embravecido río.
El afluente fue el responsable de grandes inundaciones en otros años, pero con el Proyecto de Saneamiento de la Bahía de Panamá, el drenaje aplicado disminuye las posibilidades de nuevas crecidas.
Pese a esto, Fidel se prepara para colocar nuevos postes a su casa y busca acondicionarla antes de que llegue el invierno. Teme ser sorprendido por el agua.
Se queja de la poca ayuda que ha recibido. “La política es como cuando uno enamoraba a una muchacha, se le dicen cosas bonitas, pero después se olvida de ellas”. Recordó que ha recibido promesas de varios gobiernos para reubicar su vivienda, pero a las mismas se las ha llevado literalmente la corriente.
Fidel tiene varias gallinas en su corral. Están sueltas y aprovechan la nube de insectos que bordea el río para comer algo.
“Aquí no hay dengue, ni siquiera hay mosquitos en la noche”, afirma Fidel, quien ve en la inseguridad del país un tema preocupante. Dos perros atados, uno frente a la casa y otro en la parte trasera, les hacen compañía. “Este es bien bravo, no deja que nadie se acerque”, confía. Así transcurren los días del “guardián del río Juan Díaz”.