Desde las 4: 30 de la mañana que abrí mis ojos en Panamá el pasado lunes, sabía que para llegar no era conveniente alertar a la Policía de Frontera de nuestra presencia en el Tuira. Preferí entrar como visitante de derechos humanos junto a Alejandro Méndez el fotógrafo.
El recorrido se había convertido ya en horas de la tarde en algo agotador, sentada en la piragua, miraba a la gente bañarse en el Tuira, a pequeñas balsas llenas de plátano atravesar la selva, y no podía creer que estaba tan lejos, casi en Colombia.
Al llegar a Vista Alegre, a las 5: 30 de la tarde del lunes, pasamos por la trinchera policial para notificarnos y no fui reconocida como periodista. Ya antes del anochecer estábamos en Yape. Nuestra jornada el martes 17 fue intensa, del retén policial de Boca de Cupe subimos a Sobiaquirú con gente de derechos humanos, pero antes paramos en Boca de Paya.
"Llegó la maestra, llegó la maestra", escuché gritar a lo alto de las orillas del Tuira mientras bajaba de la piragua.
Las sonrisas de niños, jóvenes y mujeres en Boca de Paya, daban la bienvenida a la comitiva.
"Creen que eres la maestra", me dijo Amílcar, nuestro guía de derechos humanos. Sentada en una vieja piragua, repartí galletas a los más pequeños, les expliqué que no era la maestra.
Al ver el cacerío, las quejas surgieron, en vista de que la maestra la habían retirado desde el 2006 por inseguridad. Tampoco hay mucha comida.
Fue cuando a mi lado vi a la pequeña Yari, de un año, en brazos de su madre. Esta infante emberá no caminaba, sus brazos presentaban arruguitas y su barriga estaba hinchada.
Al transcurrir el viaje, no habían poblados a orillas del Tuira, solo selva y río, era cada vez más lejano el lugar.
Ya en Sobiaquirú tuvimos que adaptarnos y comenzamos a ver niños descalzos, desnudos, desnutridos. Todo el pueblo se congregó en la casa comunal. El rosario de problemas de los emberá-catiú era peor que en Boca de Paya. No ha habido presencia policial desde hace un año, esto los tiene marginados, están estigmatizados como miembros de la guerrilla y aducen que todos son colombianos.
Llevar un paciente hacia Boca de Cupe se ha convertido en un problema, era una de sus preocupaciones. No tienen balsas, motor, cayucos y el galón de gasolina ronda los B/.6.00.
Conocí a doña Rosa, la abuela de Luzneyis Domicó, la niña que falleció por desnutrición el uno de marzo. Caminamos hacia la tumba y allí su fortaleza se desmoronó, las lágrimas corrieron por su rostro acompañada por la solidaridad, la pobreza y el dolor. Fue un momento duro.
"Estamos en Panamá, esta es la selva de Darién recordé; no estoy en Colombia, estoy en mi país, todos los niños son iguales, son seres humanos, "¿cómo puede estar pasando esto?", me cuestioné con amargura.
Desde ese día, me lastima la indolencia, lo ignorados que están los niños del Alto Tuira, quienes sin la Iglesia católica y sus religiosas no estarían vivos.
La noche empezó a caer y el río estaba a la orden para darnos un buen baño en la oscuridad. Las guarichas ya estaban encendidas y el vallenato resonaba desde las emisoras de Apartadó en Colombia, otros preferían escuchar Voz Sin Fronteras del Darién para enterarse de las noticias.
Amaneció y nos despedimos de este pueblo acogedor, respetando su cultura y a su gente.
Panamá América publica a partir de hoy la primera de tres entregas sobre la realidad en Darién.