Nación

Inteligencia castrista les siguió los pasos desde que entraron por Paso Canoa

Cambiaron de auto y de hotel en Panamá para despistar a los agentes cubanos. Pero la deserción del general Eduardo Delgado fue la trama montada para denunciarlos.


El cubano Pedro Remón facilitó, de manera exclusiva, a este diario su obra inédita, que pone de manifiesto las intimidades del "régimen más largo y sangriento del hemisferio". En la edición de ayer publicamos una primera entrega del capítulo que se llama "La trampa", que según su autor, le extendió el presidente Fidel Castro para atraparlo a él y varios compatriotas a su ingreso a Panamá a finales de 2000. A continuación parte del texto de la obra:
Tan pronto Gaspar Jiménez puso un pie en tierra, me miró con ojos desolados, y me prometió que jamás volvería a embarcarse en una nave tan pequeña como aquella. Estábamos lejos de imaginar que desde la ciudad de David, en Panamá, hasta la capital del país, la compañía Aeroperlas empleaba aviones similares para un recorrido de cincuenta minutos.
En Coto 47, a esa temprana hora (eran las 7:45) no se divisaba ningún movimiento entre la nave y la espera vegetación que rodea la pista, aparte de la presencia de cuatro taxis y un automóvil en el que permanecían dos hombres con aspecto somnoliento. Tan pronto como estiré el cuerpo, que insistía aún en mantener la incómoda posición anterior, dirigí, no sin cierta duda, una importante pregunta al más cercano de los taxistas: "-¿Dónde hay un baño?". La respuesta vino con la seguridad de quien considera la respuesta tan obvia que no amerita palabras, limitándose a extender el dedo índice hacia la espesura.
La improvisada letrina me resultó una excelente oportunidad para cumplir con una de las tareas que se me habían encomendado establecer las coordenadas exactas de aquel punto. Entregué mi maletín ejecutivo color vino a Gaspar y tan pronto estuve fuera del alcance de cualquier mirada, saqué de mi bolsillo el compacto equipo GPS que traía conmigo para esa tarea y, luego de activarlo, esperé la lectura exacta del satélite. Anoté la longitud y latitud en un papel y salí del sitio para dirigirme hacia el taxi que estaba esperándonos.
En el aeropuerto aún permanecían los tipos somnolientos del auto particular, lo que me hizo pensar que se trataba de agentes guardafronteras de Costa Rica. En realidad, los acontecimientos posteriores me confirmarían que se trataba de agentes involucrados en el amplio operativo de seguimiento que ya estaba en marcha bajo las órdenes de la Dirección General de Inteligencia castrocomunista y que desde cinco meses antes se desarrollaba contra Luis Posada Carriles, en flagrante violación de la soberanía de El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá.
Las autoridades panameñas, en sus interrogatorios preliminares, atribuían el maletín ejecutivo color vino a Gaspar Jiménez, alegando que en su poder tenían una foto tomada "por los cubanos" en Coto 47, en la que aparecíamos Jiménez y yo, el primero portando el maletín. Obviamente, los dos esbirros enviados por Castro habían accionado su cámara secreta, momentos después de que yo le había entregado el maletín a Gaspar para ir a tomar las coordenadas.
Cuando iniciamos la marcha en el taxi, ya Gaspar Jiménez había recobrado su color normal, luego del agitado vuelo y nos dirigimos hasta el centro comercial de Paso Canoa, en el lado costarricense de la frontera. A las ocho y media de la mañana habíamos culminado con los requisitos aduaneros y cruzamos hacia Panamá, donde nos esperaban Luis Posada Carriles, Guillermo Novo y un joven panameño llamado José Hurtado, un apacible y simpático morenito criollo quien conocía la zona y había auxiliado a Luis Posada como guía y chofer desde el 8 de noviembre de 2000.
Mientras nos tomábamos un café con leche en una cafetería cercana, Gaspar narró las incomodidades del vuelo, motivando las bromas de Luis Posada, quien le aseguró que de David a Panamá tendría que viajar en unos aviones aún más pequeños, lo que motivó su decisión de continuar el viaje por tierra, en el auto que manejaba Hurtado.
Al salir de la cafetería, fuimos a hacerle una visita a José Valladares, un cubano-panameño amigo de Gaspar y Luis, quien se encontraba muy enfermo. Valladares es un veterano de la lucha anticastrista y miembro de la Brigada 2506 que trató infructuosamente de devolverle la libertad a Cuba en abril de 1961.
Más tarde, a las diez y media, Hurtado nos llevó a Posada, a Novo y a mi al aeropuerto de David, en el carro rojo, pero antes bajó el equipaje de Jiménez, dejando en el maletero del auto el maletín ejecutivo color vino y la bolsa de trajes color verde que me pertenecían. Posada y Novo pusieron su equipaje en el carro y enseguida partimos hacia el aeropuerto Enrique Malek, de David.
Al salir de la finca de Valladares, en la llamada Garita de Jacú, nos detuvo un retén de la Policía, compuesto por tres agentes uniformados y tres vestidos de civil, quienes nos pidieron las identificaciones y, además, que abriéramos el maletero del vehículo. Hurtado y yo nos bajamos para asistir en el registro, durante el cual todas las maletas fueron abiertas y verificadas una por una por un oficial uniformado, quien introdujo sus manos en cada pieza del equipaje, bajo la vista de los demás.
Tan pronto como se nos autorizó a continuar, seguimos nuestro viaje hacia el aeropuerto, presionados por la certeza de que estábamos atrasados, debido a que se nos había informado que el vuelo de Aeroperlas salía a las 11:00 a.m. Hurtado conducía a máxima velocidad, para evitar que perdiésemos el vuelo. A las once en punto nos vimos detenidos por otro obstáculo: una barrera de señalización muy cerca del aeropuerto, que nos indicaba un largo desvío para evitar un tramo de carretera en construcción.
Conscientes de que ya no quedaba tiempo para retrasos, Hurtado vadeó la barrera y prosiguió por los hombros de la vía, con grave riesgo de quedarnos atascados entre el fango y los baches. Cuando bajamos apresuradamente en el aeropuerto, a las 11:03, descubrimos que la salida del avión en realidad estaba programada para las 11:30.
Un poco más tranquilos cumplimos con las rutinas preliminares: compra de boletos, chequeo de identidad y de equipaje, etc. Momentos antes de abordar el avión, le entregué cincuenta dólares a José Hurtado para que llenara el tanque de gasolina y cualquier otro gasto no previsto. Posada Carriles y yo no volvimos a ver a Hurtado, pero Guillermo Novo se reunió al día siguiente con él en Panamá.
El vuelo de Aeroperlas resultó algo incómodo, a pesar de que la simpática aeromoza puso todo su empeño en hacerlo lo más confortable posible, con sus amables ofrecimientos de bebidas frías y café, por lo que de algún modo pudimos obviar las deficiencias del aire acondicionado y el constante bamboleo que llegó a superar el experimentado durante el vuelo de San José a Coto 47. Supuse, con mucha certeza, que el corazón de Gaspar Jiménez no habría resistido esta nueva experiencia.
Nuestro interés en arribar pronto a Panamá se debía a la intención de estar en la capital un día antes del arribo del supuesto desertor, el general Eduardo Delgado, para así tener tiempo de familiarizarnos con las áreas en que se ejecutaría el plan de deserción. Ya sabíamos que el aeropuerto de Tocumen no podría ser empleado, así que nos quedaban las otras dos posibilidades que "Emilio" le había señalado a Luis Posada Carriles, durante su estancia con el dictador Fidel Castro en el Hotel Cesar Park, el día 17, o en horas de la noche del día 18, en la Universidad.
Al llegar a Panamá, alquilé un auto en National Rent a Car, un Mitsubishi Galant blanco, del año 2000. Este súbito cambio de carro, de uno rojo a otro blanco, sin que nos lo propusiéramos en ese momento, creó una fatal confusión entre los organismos de inteligencia castrocomunistas en la ciudad de Panamá, pues de esta manera perdieron la pista de Posada Carriles por unas horas, ya que lo tenían vinculado a un carro rojo y a un chofer de piel morena.
Entre las 10:30 y las 11 de la noche llegaron Gaspar Jiménez y José Hurtado al Hotel Coral Suites, en el hasta entonces buscado carro rojo, que por unas horas había escapado a la vigilancia de los agentes de la DGI. Hurtado detuvo el vehículo momentáneamente en la rotonda del hotel, frente al lobby, para dejar a Gaspar, y luego se fue a su casa, en el mismo auto. A la mañana siguiente regresó, entre las nueve y diez de la mañana, y estacionó el carro en una calle cercana al hotel, esa misma mañana, Guillermo Novo y Hurtado caminaron hasta la arrendadora de autos Avis, en las cercanías del hotel y alquilaron un Mitsubishi azul-negro, para poder moverse junto con Gaspar. Se le pagó a Hurtado por sus servicios, ante el hecho de que sus labores como guía y chofer terminaban en aquel momento.
Cuando José Hurtado y Guillermo Novo regresaron al hotel, Gaspar llamó a César Matamoros para ir a almorzar, invitando también a Hurtado. A eso de las once y cuarto los tres salieron del hotel en el carro azul-negro y se dirigieron a buscar a Matamoros. Mientras esto ocurría, el carro rojo que se iba a devolver, pues estaba lleno de polvo y lodo, quedó desatendido en la calle desde que se estacionó hasta que regresaron del almuerzo con César Matamoros, a las 2:30 aproximadamente.
La mañana del 17 de noviembre, Luis Posada y yo salimos del hotel a las 8:30, en el carro blanco alquilado por mi. Luego de varias diligencias, paramos a almorzar en un restaurante llamado Bohío Típico, muy cerca de las ruinas de Panamá Viejo. Ese mismo día, regresamos al hotel a las 2:50 de la tarde, y subimos a informarle a Gaspar y a Guillermo sobre dos llamadas que había recibido Posada Carriles en su celular. La primera llamada había entrado a las 11 de la noche del día 16 de noviembre, y la otra a las 11 de la mañana del 17. En la primera llamada, la persona que llamó le dijo a Luis: "-Oye, acabamos de llegar de Cuba… ¿qué nombre estás usando?" Luis contestó: "-Ramón Medina", el hombre indicó: "-Vamos a vernos en el Hotel Las Vegas", a lo que respondió Posada: "-Está bien, ¿A qué hora?, recibiendo como respuesta: "-Mañana a las 10:00".
Lo que nos extrañó de aquella conversación fue que este hombre; no usó ni se preocupó por contraseña alguna. Por supuesto, Posada Carriles no se presentó a la extraña cita. Al día siguiente, a las 11:00 a.m., desde ese mismo número de teléfono hicieron otra llamada al celular de Luis, colgando sin decir palabra alguna.
A las 3:15 concluimos nuestra breve reunión, que estuvo centrada en las extrañas comunicaciones recibidas. A pesar de la falta de contactos con Eduardo Delgado o con "Emilio", decidimos permanecer en el país hasta el día siguiente, pues suponíamos que aún podría darse la deserción. Informamos a nuestros compañeros del incidente y de nuestra decisión de esperar hasta el día siguiente.
Esa misma noche pensábamos cambiar de hotel, pero no podíamos dejar al supuesto desertor sin la necesaria cobertura. Luego de la reunión, Gaspar Jiménez y Luis Posada decidieron tomar una siesta, mientras que Guillermo Novo y yo nos fuimos al restaurante Manolo, al final de la cuadra a comprar agua mineral. La joven que nos atendió nos sirvió una botella a cada uno, recomendándonos que si deseábamos comprar agua en paquetes de seis botellas, mejor fuésemos al supermercado El Rey, en Plaza Concordia, muy cerca de allí.
Al salir del restaurante rumbo al supermercado, cruzamos hacia la acera opuesta y notamos enseguida que había un gran despliegue policial frente al hotel. Cuando cruzábamos frente al mismo, un oficial de la PTJ nos detuvo y nos pidió nuestras identificaciones, al comprobar que éramos cubano-estadounidenses nos preguntaron que dónde nos alojábamos, y luego de indicarles el hotel, nos pidieron que los acompañásemos.
La orden de arresto, que no se expidió sino hasta pasados las tres de la tarde, era solamente contra Luis Posada Carriles (a) Franco Rodríguez, quien había sido denunciado ante los medios televisivos por el tirano Fidel Castro, como la persona que estaba en Panamá para acabar con su vida.

Mucho antes de que todo lo relatado aconteciera, entre los meses de junio y octubre del año 2000, la DGI se mantuvo ocupada activamente en ejecutar el maquiavélico plan que tendría como escenario la X Cumbre de Presidentes de Iberoamérica, en Panamá.
Nuevamente, el argumento de los atentados saldría a relucir como una forma de defenderse de las seguras condenas que surgirían en el seno de este cónclave democrático al que el régimen castrista se aparece siempre como un invitado incómodo, cuyo lugar se le cede por escrúpulos del anfitrión, con la lejana esperanza de que la exposición a la luz de la democracia inspire algún cambio en su nefasto rumbo.


fecha edicion
old id
79307
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América