Washington.- Uno de esos secretos a voces que vienen afligiendo al Gobierno del presidente Bill Clinton es el persistente malestar de los encargados de la política hacia Latinoamérica por la poca atención que el propio presidente y la cúpula del influyente Consejo Nacional de Seguridad prestan a los asuntos hemisféricos.
Esto parecería extraño debido a que en 1993, apenas un año después de asumir el poder, Clinton generó grandes expectativas al convocar la primera cumbre interamericana desde 1967 cuando el presidente Lyndon B. Johnson fue a Punta del Este con la idea de promover la integración comercial del continente.
Pero esta semana un artículo de Mack McLarty (hasta principios de año enviado especial de Clinton para Latinoamérica) publicado en The New York Times, sacó a relucir en público lo que se decía en privado en los corredores de la administración Clinton.
"Ahora imploro al Gobierno de Clinton que cese sus esfuerzos de lograr que el Congreso apruebe el fast track y comience desde ya negociaciones con Chile usando como modelo al NAFTA," escribe McLarty, amigo de juventud de Clinton, en una alusión a los fútiles esfuerzos del gobierno de lograr la aprobación de los legisladores del carril expedito para negociar nuevos acuerdos comerciales.
Ya en su capacidad de empresario privado, el ex funcionario relata de que durante un reciente viaje a Chile el presidente Eduardo Frei y su principal asesor, el ex canciller José Miguel Insulza le aseguraron que están de acuerdo con iniciar gestiones bilaterales.
McLarty, un acaudalado empresario, se limita a recomendar que Clinton cambie de tácticas para reactivar al proyecto clave de la primera Cumbre de las Américas -la promesa de construir un Acuerdo de Libre Comercio Americano (ALCA) que entraría a funcionar a partir del 2005 como el área de libre comercio más grande de la historia, que, según lo previsto, incluirá a más de 750 millones de personas.
Pero otros miembros del gobierno van más lejos en su crítica, señalando que algunos problemas que han surgido en las relaciones interamericanas durante los últimos años podrían haberse acortado o evitado si el presidente mismo y la cúpula de sus asesores del National Security Council hubiesen seguido con más atención el desarrollo de las relaciones sin esperar a que alguna situación llegue a crisis antes de reaccionar.
Entre estas figuran la deteriorada situación interna de Colombia, así como las fracasadas negociaciones entre Washington y Panamá sobre el establecimiento de un Centro Multilateral Antidrogas (CMA), así como la actual polémica sobre el grado de responsabilidad que le corresponde al ejército de Estados Unidos de "limpiar" los polígonos de tiro que revierten antes que finalice este año.
"Nos pareció que si los asesores del presidente Clinton le hubieran interiorizado de la importancia que el liderazgo del Congreso le otorgaba a esas negociaciones quizás se hubiera puesto directamente en contacto con el presidente de Panamá y quizás así las negociaciones hubieran corrido otra suerte," señalo un alto funcionario que participó en esas gestiones.
Pero la mayoría de los críticos internos del gobierno consideran que la mayor falla en su política hemisférica reside en la importancia con que Sandy Berger, director del Consejo Nacional de Seguridad, y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, encaran las relaciones con Europa, Asia y el Cercano Oriente.
"En realidad la Casa Blanca trató el encuentro como una gran oportunidad publicitaria para incrementar el prestigio nacional de Clinton," señaló un antiguo asesor que pidió que no se usara su nombre, refiriéndose a la primera Cumbre de las Américas celebrada en Miami en diciembre de 1994.
"Para empezar, el mero hecho de que decidió tener la cumbre en Miami ya respondía al cálculo político de que Clinton quería reconquistar al Estado de la Florida para los Demócratas en la próxima elección presidencial, lo que evidentemente logró," añadió. Agregó que "es cierto que el carisma personal de Clinton jugó su encanto con los otros jefes de Estado, pero muy pronto la falta de seguimiento tuvo un efecto contraproducente".
Y aunque en la euforia del momento de la clausura de la Primer Cumbre Clinton prometió que como un primer paso Chile sería incorporado al Tratado de Libre Comercio que Estados Unidos tiene con Canadá y México, conocido por sus siglas inglesas como NAFTA.
Cuatro años después, en abril de 1998, se realizó la Segunda Cumbre en Santiago, Chile, donde Clinton llegó con las manos vacías por la negativa del Congreso de otorgarle la autorización "fast track".
Digan lo que digan sus colaboradores, muchos de los congresistas más influyentes de ambos partidos esperaban que Clinton hiciera un real esfuerzo para lograr esa legislación, pero el presidente no quiso desafiar a los sindicatos, sus firmes aliados políticos que rechazan los acuerdos de libre comercio en su forma actual porque temen perder empleos en Estados Unidos provocado por la transferencia de fábricas a América Latina.
"Se ha perdido una oportunidad ante la falta de liderazgo de Estados Unidos, con Clinton sin fast track," anotó Robin Rosenberg, codirector del Consejo de Liderazgo para las Cumbres de las Américas y del North-South Center de la Universidad de Miami, en una entrevista realizada durante la cumbre de Santiago.