Lo que fuera el punto de encuentro de políticos, profesionales y el ciudadano común, se ha convertido en la sede de los vicios, aunque aún quedan resquicios de lo que representó para los panameños el Parque de Santa Ana.
Ese es un lugar en constante ebullición, donde convergen distintas razas, religiones, ideologías, caracteres, así como diversas manifestaciones del comportamiento humano.
No es nada raro encontrarse con un erudito en política y sociología sentado en una de las bancas del parque, mientras en la banca de al lado, se sienta un alcohólico a rumiar sus penas, sin enterarse de que muy cerca de él alguien se da a la tarea de analizar las razones que lo llevaron a caer en el vicio.
Rolando León es un limpiabotas. Pero no un limpiabotas más. El tiene 40 años de dedicarse a ese oficio en el mismo puesto en el parque de Santa Ana.
Tal como expresara a este medio, "antes" éste era un parque bonito, sin cercas porque no se necesitaban; estaba limpio y era frecuentado por gente de buen vivir.
Ahora está sucio, aunque en honor a la verdad, el día de ayer lucía relativamente limpio. Incluso, personal del Municipio capitalino se dio a la tarea de lavarlo durante más de una hora.
Según León, hace muchos años se presentaba allí la Banda Republicana (¡y había que oírla!), la de los Bomberos y otras orquestas nacionales. Hoy no se presenta nadie allí, salvo los espectáculos que gratuitamente, dan los piedreros, alcohólicos y locos que deambulan por el parque.
Recuerda aquellos tiempos en que allí jugaba la Lotería. Entonces se daban cita los capitalinos e interioranos que estaban de paso para presenciar el sorteo en un lugar agradable, sin malos olores ni visos de decadencia humana.
Ahora es común ver a mujeres que se dedican a vender su cuerpo, especialmente a ancianos que llegan al parque. "Para ellas, eso es como entrar al trabajo", señala una señora que vende cigarrillos para entretenerse y a la vez ganar algo para el sustento de su hija retardada.
Ellas lo hacen de manera discreta, dice. Entablan conversación y de allí a "lo otro" hay un paso.
Tampoco faltan los "loquitos" que se ponen a quemar la basura depositada en los tinacos "para limpiar el parque", mientras que en la Iglesia de Santa Ana, adyacente al parque, se concentra el humo y no permite a los feligreses disfrutar de la misa.
La falta de seguridad es obvia. Por allí no se observan agentes del orden público ni policías municipales, como antaño, dicen algunos asiduos al parque. Y, efectivamente, allí estuvimos por varias horas y no llegó ninguno.
Otro ciudadano, un adulto mayor bastante parlanchín, aseguró que el parque no es ni la sombra de lo que fue, pero él sigue limpiando sus zapatos allí por la tranquilidad que aún se respira en el lugar y la frescura del ambiente.
Ha ido al mismo parque durante 35 años y recalcó que "Panamá no sabe lo que tiene... la democracia, la libertad...", en alusión a los mítines políticos de altura que antes se realizaban allí.
Mientras él hablaba, un vendedor ambulante pasaba gritando a todo pulmón: "¡a 2 por .25 los encendedores!". ¿Son buenos?, le preguntó una compradora. "Si, mi vida, yo no me voy a buscar un enemigo por un cuara", le contestó el vendedor, como parte de una escena muy típica allí.
Y he aquí que salió a relucir un tema "difícil": la compra y venta... del cuerpo. A ese parque llegan mujeres que se han acostumbrado a ir todos los días a ofrecerse por un precio, pero sus más asiduos seguidores son personas de avanzada edad.
Eso no es nada raro, dice un señor locuaz, inteligente, a todas luces muy conocedor de su entorno y de la realidad económica y social del país. Es de apellido Garrido y dice ir al parque "a perder el tiempo" porque no tiene dinero para más. Explica que él lo hace porque a su edad lo puede hacer, pero la gente joven no se resigna a vivir como él pues quiere vivir, en todo el sentido de la palabra.
Para él no es extraño ver que alguien vende su cuerpo cuando la realidad es que la corrupción en esos niveles es la consecuencia de la cesantía. "Cuando no se tiene ocupación, dice, no se produce riqueza... la gente debe hasta el espíritu".
Argumentó que la realidad es que la gente no sabe analizar lo que está a su alrededor debido a la ignorancia y al naufragio de la institución de la familia.
Además, dice con aire machista, la mujer transformó la sociedad en el momento en que salió a trabajar y dejó el hogar para convertirse en un ente barato al servicio de la oligarquía.
Para colmo, disminuyó la calidad de la persona como tal, producto de los programas educativos obsoletos con que hoy se cuenta. Eso aunado a que al panameño no le gusta leer, resaltó.
Y todo este "espectáculo" que se ve diariamente en el Parque de Santa Ana, es el reflejo de la disminución de la calidad del individuo y del estancamiento de la economía panameña, dijo en actitud analítica este hombre, cuyos hijos son todos profesionales y quien está convencido de que ese estancamiento no es más que la incapacidad del actual gobierno para tratar los temas de un Estado complejo por su posición geográfica y su historia.
Ahora, añadió, volvió la oligarquía a estar en el poder y la distribución de la riqueza es pésima. Por historia, la oligarquía tradicional sólo se ocupa de sus intereses, pero hace daño a la clase media y la baja, sentenció este hombre que fue mecánico toda su vida.
Justamente, la persona que nos guió a él para que lo entrevistáramos, es una joven que llega casi todos los días al parque. ¿Para qué? Según ella a hacer una obra social. Veamos:
"Los viejitos llegan a buscar amigas porque se sienten solos o tienen problemas en sus casas. Nosotros venimos a buscar algo para llevar a la casa, ¿usted me entiende?", dijo con un guiño de complicidad, dando por hecho que sabíamos a lo que se dedica cuando va al parque.
Explicó que ella tiene varios "amigos", pero habló de uno en especial y pidió que no mencionáramos su nombre, si bien, lo presentó cuando éste hizo su aparición en el lugar. Este es su preferido y hasta lo lleva al hospital. Tiene 86 años y según dice, la hija de él le agradece que lo trate bien.
Ella tiene su casa donde vive con su marido e hijos. Dio a conocer que éste sabe perfectamente a qué va al parque porque "yo no le tengo escondido lo que hago...uno tiene que estar por la verdad. Esta es una distracción, una terapia", señaló.
Explicó que ella les cuenta historias a los señores de edad y los acompaña. La mayoría de ellos, añadió, "no hacen nada".
De hecho, esta mujer, al igual que se hermana, buscan "su sustento" a través de sus cuerpos. Y así como ellas, hay varias que llegan hasta con sus hijos uniformados "para llevar el pan a la casa".
Entretanto, algunos vendedores critican esta situación, porque según ellos, estas mujeres les quitan a los viejitos lo poco que tienen, a plena luz del día. Simplemente entablan conversación y luego se van por un rato a otra parte y regresan a seguir con su "trabajo".
Mientras estuvimos observando y conversando en el parque, estas jóvenes recibieron comida de parte de un señor mayor, mientras una esperaba a su viejito preferido.
Así es un día en el parque de Santa Ana, un lugar que requiere de una limpieza profunda, tanto física como moral. En su centro, el kiosco, sucio y falto de una mano de pintura, es el dormitorio diurno y nocturno de orates, mientras los llamados jardines cercados, son en realidad el excusado de hombres y mujeres que han convertido el parque en su residencia.
Entretanto, una mujer llamada Marcelina, "un poco zarnosa, pero buena", de acuerdo con una entrevistada, sigue alimentando a los gatos y recogiendo la basura que tiran los visitantes. Los adultos mayores siguen buscando compañía femenina, aunque tengan que pagar por ella, y "ellas" siguen llevando dinero a sus casas, a costa de esos viejitos que necesitan escuchar cuentos, más que hacer "algo".