Carlos Cortés y Méndez Vides escritores de Costa Rica y Guatemala, respectivamente, cuyas obras llevan el sello Alfaguara, someten, hoy y mañana en nuestro país, al escrutinio público sus novelas "Cruz de Olvido" y "Las Murallas".
El anfitrión es Ramón Fonseca Mora, autor de "Ojitos de Angel", también publicada por Alfaguara y presentada con éxito hace unos meses en el país y en estos días en El Salvador, Guatemala y Costa Rica, en gira de los tres autores.
Tienen en común las tres novelas ese navegar por el interior del individuo. Invitan a la reflexión acerca del ser y el quehacer humano. Plantean mil interrogantes. Algunas de las respuestas las lanzan como un vaso de agua fría en el rostro del lector. Otras, las dejan entrever. Pero, no dejan que el lector pase de largo por las páginas de sus libros. ¿Cuántos se verán retratados en hechos y/o personajes?. ¡Silencio!
La descripción de Ramiro, uno de los personajes principales de "Las Murallas", lleva al lector hasta odiarlo. A tenerle lástima también. Estaba allí, como una cicatriz. Como una garrapata que se pega a un novillo.
Un triste cuadro donde pinta la odisea de muchos emigrantes que marchan (uno de ellos Ramiro) con su equipaje cargado de sueños hacia la tierra prometida: Gringolandia. Específicamente a Nueva York, donde pierden hasta la identidad y luego tienen que tragarse sus ansias, vivir una eterna mentira de la que muchas veces sólo otros en su misma condición son testigos (aunque hagan como el avestruz, que esconde la cabeza en un hoyo para no admitir su fracaso) , morir de frustración o regresar a su suelo natal con la vida y las esperanzas hechas jirones: eso es la novela de Méndez Vides, el docente e investigador guatemalteco, oriundo de Antigua, quien con "Las Catacumbas" ganó en 1986 el Premio Latinoamericano de Novela Nueva Nicaragua.
DE PARASITOS Y VERDUGOS
El dedo acusador, la conciencia, la falta de pantalones para zafarse al zángano, hacen del otro guatemalteco un ser sin vida, harto de ser utilizado, de cargar con las frustraciones ajenas, con los miedos, con las negaciones. Porque por dinero unos aprenden a hacer cosas, de toda índole, "porque la necesidad tiene cara de perro", se escudan. Pero, otros, se visten ropaje de destetados sociales y parasitan. Son unos maestros, como Ramiro, en este papel. Ganó la partida. Esclavizó a su "verdugo". ¿O lo reivindicó al quedarse ciego y entonces tener que depender para siempre de su amigo, quien, a su vez, ya nunca más le deseó la muerte por inanición o que fuera aplastado por el tren con tal de no seguir manteniéndolo? Pues no eran nada. Sólo amigos. Quizás amigos. Pero, cómo ser amigos cuando las reglas cada uno las interpretaba a su manera y la lealtad y solidaridad sólo era en un sentido. Siempre la balanza a favor de Ramiro, el pobre Ramiro. El miserable. El incapaz. El desafortunado. El... Pero, qué duro regresar con las manos vacías a Antigua, de donde salieron a retar el mundo. A conquistar los dólares. Entonces así, las personas con los sueños destrozados, se acostumbran prácticamente a casi todo. Se amedrentan ante su desdicha, pero no hacen nada por cambiarla. Mientras, la ciénaga se los traga. El gran monstruo capitalista los devora. Son como sombras en busca de sus raíces.