Nación

Tierra ácida del istmo no ayuda a identificación de los restos óseos


Lo que para algunos puede significar un panorama oscuro y poco agradable, para la antropóloga forense Mercedes Salado Puerto es una oportunidad para brindar respuesta y darle rostro a restos óseos sin identidad.

Su tez refleja pasión por la profesión a la que llegó por pura casualidad.

 

Lleva 15 años de pertenecer al Equipo Argentino de Antropología Forense, el cual se dedica a la investigación de violaciones a los derechos humanos en el mundo, a través de la antropología y la arqueología.

¿Cómo se inclina por esta especialidad?

Yo trabajaba en desnutrición infantil en Guatemala como antropóloga biológica y vi demasiados niños que se morían por las líneas prioritarias que marcaban los países desarrollados y su propia nación.

 

“No quise ver más a niños muriendo, sin poder hacer nada. Me pasé a la antropología forense, porque no se puede morir nadie”, dijo con ironía.

¿Se imaginaba lo que le esperaba?

No se conocía bien esa rama, pero no iba a ser peor que a lo que venía enfrentando. Hay gente a la que respeto mucho y me impresiona que pueda trabajar peleando contra un sistema que cierra líneas prioritarias y corta proyectos de desarrollo y de desnutrición infantil, provocando que las personas mueran. Me impresiona que haya gente que siga en la vida peleando contra estas macrorganizaciones; yo no pude y por eso estoy dedicada a la antropología forense.

 

¿Qué hicieron sus padres al enterarse de su decisión?

Con una enorme risa que traía recuerdos a su mente contestó: “A mis padres no les agradó nada; yo tenía 27 años de edad cuando empecé con la antropología forense. En ese entonces, se desconocía la ciencia y a ellos le parecía que era un poco ilegal andar buscando muertos, pero cuando vieron que empezó a publicarse nuestro trabajo en los diarios, empezaron a cambiar de opinión” y volvió a soltar una carcajada.

¿Cuál ha sido su experiencia más difícil en esta labor?

 

Uno nunca deja de ser persona, uno desliga la profesión de su vida, pero es bastante doloroso tener que darle la noticia a un familiar, sobre todo cuando la noticia es negativa, y tienes que contar de qué murió, cómo murió, y dar respuestas que nadie quisiera escuchar.

Pero les alivia saber la verdad, porque una de las secuelas de la desaparición es la pregunta permanente de qué fue lo que sucedió.

¿Han estado usted y su equipo en peligro por el trabajo que desempeñan?

Siempre hay amenazas, porque uno se mete, en ocasiones, en lugares donde hay conflictos armados, pero nunca se ha concretado una intimidación física.

¿Qué tan complejo puede ser el caso de Panamá?

Cada país tiene su complejidad, porque siempre el aparato es clandestino. El caso Panamá tiene su nivel de complejidad, porque no ayuda mucho el terreno ácido del istmo, ya que el hueso se vuelve fragmentado y quebradizo y de igual forma le ocurre al ADN. Volveremos en un mes para hacer los trabajos, si así lo dispone el Gobierno.

Las series de TV nos dicen que los huesos hablan con mucha precisión, ¿es verdad?

Soltando otra carcajada dijo: “Por desgracia los huesos no hablan”.

De tanto hablar de que los huesos hablan, te cuento una anécdota de algo que me pasó en Guatemala: cuando trabajé con una población indígena, en una ocasión media comunidad nos sentó y pidió que le pusiéramos la grabación de las voces de los muertos. Lo que podemos es interpretar a través de ellos ciertas cosas limitadas. Podemos ver una partecita de lo que le pudo afectar, ciertas enfermedades, golpes, cierta parte de lo que pudieron ser las circunstancias de la muerte, no todo, porque lo que no toca el hueso no lo podemos ver. Yo quisiera que hablaran y muchas veces les pregunto, créeme.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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