Las reivindicaciones de los obreros organizados a través de sus centrales y sindicatos, encuentran una justificación económica y social a la luz de las realidades que hoy se encargan de develar entidades locales y las que militan en el campo internacional; vale decir, el Ministerio de Economía y Finanzas, el Instituto de Estudios Nacionales de la Universidad de Panamá y la Contraloría General de la República, entre las primeras; el Banco Interamericano de Desarrollo, La Organización Internacional del Trabajo (OIT), y el Proyecto de las Naciones Unidas para el Desarrollo, (PNUD), entre las últimas.
La realidad cruel y escueta es que nuestro país es víctima de una de las peores distribuciones del ingreso a nivel del continente y sin exagerar a nivel del mundo. Tal realidad se observa y se expresa en la cantidad de gente que a veces deambula por las calles sin rumbo fijo, la cantidad de descamisados, lázaros y lazarillos -niños- mendingando pan y una limosna, que por impotencia muchos ciudadanos no se niegan a dar ante el espectáculo de una sociedad saturada de desigualdades, situaciones y eventos difíciles de aceptar, y en otros casos de comprender.
Una mejora en el ingreso de los trabajadores traerá mayores niveles de consumo y de satisfacción en sus necesidades básicas; mejor atención en la escolaridad de los hijos, mejoría en otros rubros o renglones como la adquisición de medicamentos, reparaciones y mejoras de la vivienda; quizás el acceso a un préstamo; adquisición a plazos de enseres domésticos, equipos y herramientas, todo lo cual orillan al trabajador a gozar de una vida más decorosa o decente. Más no pueden realizarse aumentos sin consultar la capacidad de financiamiento de las empresas. Ante aumentos desmedidos y en ausencia de una política de regulación de precios, puede optarse por el alza de los precios de los bienes, despidos de trabajadores o la disminución de la inversión para cada empresa.
No estamos en un callejón sin salida. Pienso que la cuantía del mejoramiento salarial del trabajador está íntimamente relacionada con las utilidades que generan las mismas empresas. Es decir, que los beneficios económicos del trabajador sean una función o dependan de las utilidades de las empresas, según sea el desempeño del ejercicio fiscal. Tendríamos entonces un salario que fluctuaría según cambien (aumenten o disminuyan) las utilidades de las empresas. Pero esto puede corregirse, si se establece un salario base, no igual ni superior a los B/. 500, que parece muy alto, porque las empresas marginales sucumbirían. Las empresas marginales son aquéllas que a veces ganan o a veces pierden o se mantienen dentro del negocio con pocas ganancias y con poca capacidad para la reproducción ampliada. El ajuste para el trabajador ante la rigurosidad de un salario mínimo alto y constante puede sustituirse por un emolumento proporcional a las utilidades de las empresas. Sería como un décimo tercer mes ampliado pero según el beneficio, o que tan bien le ha ido a la empresa en sus operaciones anuales.
No tengo más que decir y sólo les recuerdo, "por qué he de morir yo de gordura, mientras otros comen cenizas y enjugan su pan con sudor y lágrimas".
El autor es economista y docente universitario.