Normal**Nos llena de satisfacción la adjudicación de la restauración del pabellón principal de la Escuela Normal de Santiago, prestigioso centro que, proporciones guardadas, es la Universidad de Harvard de la educación nacional. Ningún otro centro de estudios ha tenido tanto impacto. Al respecto, Ignacio de J. Valdés recogió en su cuento “La luz del Istmo” que por las llanuras del lugar vagaba por las noches una luz. Era el alma de los caídos de la Guerra de los mil días.
Luz**Tras su inauguración el 5 de junio de 1938, la luz dejó de vagar y se estacionó para siempre en sus predios. A los pies de su imponente estructura, en 4.2 hectáreas, su fundador, el presidente Juan Demóstenes Arosemena dijo que ella era parte de su política de “vuelta al interior” y de “su incorporación a la vida moderna y al progreso”, entonces centrado en la región canalera. Su primer director fue el profesor chileno Agustín Alvarez Villablanca y su subdirectora Inés Fábrega.
Futuro**EPASA tuvo a 10 becarias, y 10 venezolanas ingresaron a ella, señal inequívoca de que su impacto había trascendido al exterior. Fue una decisión revolucionaria que enfrentó dura oposición, pues hubo que cerrar la Normal de Institutores, en la capital. El próximo mandatario deberá retornar a sus raíces para rescatar, con igual visión y coraje, a la educación de su mediocridad. Y la Normal de Santiago está llamada a jugar otra vez un papel estelar en la forja de un nuevo educador.