Ambivalencia y seguridad pública
La ambivalencia es un riesgo para la persona, pero peor para la sociedad. Puede actuar en su contra, aun cuando las posiciones que se adopten sean motivadas por intereses muy definidos.
Cuando el gobierno realizó modestos cambios en algunas de sus instituciones, en septiembre pasado, muchos fueron los que vieron con buenos ojos los movimientos registrados en la Policía Nacional. Coincidían en la urgencia de un mayor protagonismo de ese cuerpo en garantizar la seguridad ciudadana, el orden público. "La delincuencia tiene tomada este país", decían unos; "hay que hacer algo", señalaban otros. De "la mano dura" del anterior gobierno hemos pasado a "la mano blanda", aseguraban otros. ¿Y qué sucedió? Bueno, llegó al organismo policial una figura joven que parece en la disposición de tomar el toro por los cuernos. Se encuentra, entre otros muchos problemas, con lo que pretende ser acciones políticas desde la Universidad, y entonces se levanta la artillería defensora de los derechos humanos, la democracia y "la posibilidad de los jóvenes desarrollen un espíritu rebelde", aunque incurran en excesos.
Nadie en su sano juicio puede estar a favor de que un cuerpo policial reprima a estudiantes que defienden posiciones políticas. Hacerlo sería ir en contra de todas esas luchas que se realizaron en el país por retomar la democracia, pero, por qué optar entre la preservación del orden público y formas de lucha que parecen haberse quedado ancladas en el pasado. Lo preocupante es que esa ambivalencia ponga en juego los esfuerzos serios que no sólo hace el gobierno, sino que reclama la sociedad, en aras de su propia tranquilidad. Es otra institución, no la Policía, la que debe analizar y estudiar con los estudiantes, renovadas formas de manifestación, y no aquellas que tras afectar a terceros, justifican la intervención de las unidades del Orden Público. Si estas últimas no actuaran, sin duda las críticas les llovería.
Las críticas pueden ir dirigidas a mejorar esas últimas manifestaciones, pero no a detener las acciones que la Policía debe cumplir para detener acciones que en ocasiones rayan en la anarquía. Evitarlas o detenerlas es el papel de la policía, y eso debe ser reconocido por quienes aspiran a vivir en un país donde cada uno sepa que su libertad termina donde comienza la del otro.
Se conoció que el mandatario estadounidense llega al país con dos aviones 747 y varios periodistas norteamericanos.
Cuando el gobierno realizó modestos cambios en algunas de sus instituciones, en septiembre pasado, muchos fueron los que vieron con buenos ojos los movimientos registrados en la Policía Nacional. Coincidían en la urgencia de un mayor protagonismo de ese cuerpo en garantizar la seguridad ciudadana, el orden público. "La delincuencia tiene tomada este país", decían unos; "hay que hacer algo", señalaban otros. De "la mano dura" del anterior gobierno hemos pasado a "la mano blanda", aseguraban otros. ¿Y qué sucedió? Bueno, llegó al organismo policial una figura joven que parece en la disposición de tomar el toro por los cuernos. Se encuentra, entre otros muchos problemas, con lo que pretende ser acciones políticas desde la Universidad, y entonces se levanta la artillería defensora de los derechos humanos, la democracia y "la posibilidad de los jóvenes desarrollen un espíritu rebelde", aunque incurran en excesos.
Nadie en su sano juicio puede estar a favor de que un cuerpo policial reprima a estudiantes que defienden posiciones políticas. Hacerlo sería ir en contra de todas esas luchas que se realizaron en el país por retomar la democracia, pero, por qué optar entre la preservación del orden público y formas de lucha que parecen haberse quedado ancladas en el pasado. Lo preocupante es que esa ambivalencia ponga en juego los esfuerzos serios que no sólo hace el gobierno, sino que reclama la sociedad, en aras de su propia tranquilidad. Es otra institución, no la Policía, la que debe analizar y estudiar con los estudiantes, renovadas formas de manifestación, y no aquellas que tras afectar a terceros, justifican la intervención de las unidades del Orden Público. Si estas últimas no actuaran, sin duda las críticas les llovería.
Las críticas pueden ir dirigidas a mejorar esas últimas manifestaciones, pero no a detener las acciones que la Policía debe cumplir para detener acciones que en ocasiones rayan en la anarquía. Evitarlas o detenerlas es el papel de la policía, y eso debe ser reconocido por quienes aspiran a vivir en un país donde cada uno sepa que su libertad termina donde comienza la del otro.
Se conoció que el mandatario estadounidense llega al país con dos aviones 747 y varios periodistas norteamericanos.