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América Latina: ¿caricatura o sociedad civil?


En los últimos dos años, cuatro países latinoamericanos -Ecuador, Perú, Argentina y Venezuela- han visto desplomarse sus gobiernos por presión popular, aunque Venezuela, en un giro con toques tragicómicos, Hugo Chávez fue restituido en 38 horas.
En Ecuador, una revuelta indígena contra la dolarización, acabó en un golpe contra Jamil Mahuad del vicepresidente Gustavo Noboa, quien mantuvo la dolarización.
En Perú, la revuelta nacional sacó a Alberto Fujimori y Alejandro Toledo ganó las elecciones, pero ha prolongado las practicas del pasado -persecución política, masiva corrupción, desorden financiero-, y ahora enfrenta un comienzo de revuelta nacional.
En Argentina, Fernando de la Rúa recibió de Carlos Menem un déficit fiscal de 6 mil millones de dólares, deuda multiplicada y rigidez laboral causante de desempleo. Resultado: el pueblo lo barrió del poder y Eduardo Duhalde sobrevive a duras penas.
En Venezuela, Hugo Chávez puso punto final a cuatro décadas de alternancia de partidos tradicionales a partir de 1958, período de despilfarro y corrupción. Pero Chávez intentó instalar una dictadura disfrazada, socializar la economía y el país se levantó. Ha vuelto al poder, aunque la repulsa no cesa.
¿Cuáles son las lecciones de esta real-maravillosa sucesión de hecatombes políticas? Hay dos, una positiva y la otra negativa. Primero la mala noticia: América Latina no ha alcanzado la mayoría de edad. No: América Latina sigue viviendo una adolescencia díscola, irresponsable y auto-destructiva. Se parece a su propia caricatura. La economía no ha sido capaz de sacar al 50% por ciento de la población de la pobreza.
Y ésta es la buena noticia: está surgiendo, con dificultad, con escaso liderazgo todavía pero de manera inconfundible y por primera vez en nuestra historia, una sociedad civil. Ella insurge contra la clase dirigente. Lo hace de manera desordenada, sin saber exactamente con qué la quiere reemplazar y bajo signos ideológicos que van del nihilismo y el socialismo al anarquismo sin excluir a algunos libertarios, pero hay en su entraña civil, iconoclasta, joven, elementos que habían estado hasta ahora ausentes de la vida política y cívica latinoamericana. El pueblo, no los militares, ha sido el factor clave de las caídas de los gobiernos. México no es ajeno a este fenómeno, pero allí, la lúcida visión del presidente Ernesto Zedillo permitió desmontar el PRI desde el propio PRI, desahogando la presión y haciendo posible la ordenada transición a Vicente Fox.
Sin embargo, esta sociedad civil latinoamericana que nace a la conciencia cívica no tiene todavía un programa de gobierno: es una fuerza, un instinto, no una propuesta.
Aunque los pueblos se sublevan contra gobiernos específicos, su ímpetu está dirigido contra toda una cultura política en general, contra una determinada forma en que se ha ejercido el poder en América Latina secularmente. Por eso es más que una fuerza negativa, pero no llega a ser todavía una fuerza creadora en la medida en que no formula con precisión aquello que quiere entronizar en reemplazo de los gobiernos que va derrocando.
Venezuela es un perfecto ejemplo de esperanzas cívicas frustradas. Chávez encarnó la protesta contra la clase dirigente democrática, cuyo fracaso había llevado a desperdiciar 250 mil millones de dólares generados por el oro negro en 20 años. Esa clase dirigente, formada por los viejos partidos tradicionales Acción Democrática y Copei, y por un grupo de empresarios cercanos al poder, se enriqueció y se entregó al despilfarro, gracias a la economía mercantilista, coto cerrado de privilegios para unos cuantos a través de monopolios, beneficios tributarios, protecciones arancelarias o cambiarias. Pero una vez mas, la solución -Chávez- ha sido peor que la enfermedad.
Vivimos, pues, una nueva era en América Latina, que cierra el período inaugurado en 1980 y aún no sabemos exactamente qué abre. Hace dos décadas se vivió una democratización del continente que trajo la democracia política, aunque fracasó en lo económico: sus economías mixtas, muy estatizadas, no ofrecieron oportunidades. Una moda mal llamada liberal vino, en 1990, a añadir a la democracia política, en principio, libertad económica: apertura de mercados, hospitalidad para la inversión extranjera, liberalización comercial, privatizaciones masivas. Pero perdimos la gran oportunidad de hacer las cosas bien. Las reformas, en lugar de abrir posibilidades a los pueblos, se las abrieron a sus elites dirigentes, de modo que las privatizaciones se hicieron todas en calidad de monopolio, y las intervenciones mercantilistas en la economía impidieron crear empleos. Esto produjo un deterioro de la democracia. El crecimiento económico de América Latina en los años 90 fue de menos de 3%, más que en los 80 pero la mitad que en los años 70, e insuficiente para atenuar la pobreza. Esto aceleró la crisis de legitimidad del Estado y la democracia, a lo que contribuyeron nuestros gobernantes incompetentes y corrompidos. Frente a esa acumulación de decepciones los pueblos latinoamericanos insurgen en estos tiempos con virulencia, destronando presidentes y colocando a los gobiernos bajo la amenaza del estallido civil.
La gran pregunta es: ¿cuál de las dos lecciones de la última década prevalecerá en estos años? Si prevalece la negativa, es decir la caricatura que nos esclaviza en una suerte de fatalidad por la que estamos condenados a la inestabilidad política y la incompetencia económica, viviremos una década de presidentes derrocados y violencias civiles que pueden, paradójicamente, hacer que esta protesta de la sociedad civil fortalezca a la larga a los militares, obligados a intervenir por situaciones que hacen de la fuerza la solución. Si prevalece la segunda lección, es decir un sentimiento optimista acerca de esa nueva conciencia cívica que propone fundar una relación distinta entre poder y sociedad, entre gobernante y ciudadano, quizá no sea demasiado tarde para volver a empezar y hacer las cosas mejor. Reservo mi pronóstico definitivo.
*El escritor y periodista Alvaro Vargas Llosa está escribiendo, bajo auspicio del Independent Institute, un libro sobre las reformas latinoamericanas de los años 90.
(c)www.aipenet.com

Hemos sido grandes críticos del monopolio petrolero; hemos abogado por la apertura del mercado petrolero y creemos que hemos contribuido con ayudar a la ciudadanía a hacerse una idea que la refinación del petróleo en forma monopólica no es beneficiosa para el país.
Hemos estado presentes en la lucha respecto a la transparencia; hemos escrito muchísimos artículos sobre diferentes temas .
Somos parte integral del Diálogo sobre el Seguro Social, donde creemos que se está creando un ente político totalmente divorciado de las responsabilidades personales. Y por último hemos hecho una red de organizaciones libertarias en América Latina y Estados Unidos, con la que pretendemos seguir adelante.

¿ Cómo se sostiene económicamente la Fundación Libertad? ¿ Recibe subvenciones de organizaciones nacionales o internacionales?

La única fuente de fondos de la Fundación Libertad en el primer año fue donaciones voluntarias que han hecho sus miembros.
Nosotros creemos que no basta participar en la Fundación sino que es necesario hacer algún tipo de aporte económico que lo hemos hecho muy pequeño.
Más recientemente hemos tenido contactos con organizaciones hermanas similares de Estados Unidos, como la Fundación Atlas, la fundación Qué se dice de Venezuela.
Y hemos conseguido apoyos intelectuales , en algunos casos financieros, para el desarrollo de desarrollos específicos.

Algunos críticos dicen en voz baja que la Fundación Libertad está conectada con la Fundación Heritage de Estados Unidos , que es considerada ultraderechista.

La Fundación Heritage es parte de las organizaciones que nosotros podemos llamar organizaciones que luchan por la libertad. Tenemos relaciones formales con la Fundación Heritage.
Sin embargo creo que los mismos críticos deberían aprender un poco más sobre las cosas que hace no sólo la Fundación Heritage sino otras fundaciones que luchan por la libertad y que no son necesariamente norteamericanas.
En la enumeración de los trabajos emprendidos por la Fundación Libertad, vale la pena que nos detengamos en los textos escolares. Desconcierta saber que la ley vetada por la Presidenta de la República por la exclusividad de autores nacionales en la producción de textos escolares haya regresado por la puerta trasera y ha vuelto a primer debate.
El tema fundamental de la Fundación es cómo el individuo, voluntaria o involuntariamente, ha ido perdiendo su libertad y su capacidad de actuar y de hacerse más próspero y mejor en la medida que esa libertad ha sido despojada por el Estado o porque él se la ha cedido al Estado, como ha pasado en muchos casos cuando la gente no ha querido afrontar sus responsabilidades personales.
Otro de los temas fundamentales de la Fundación de este año ha sido tocar lo del tamaño del Estado , no solamente porque el tamaño limita considerablemente a las libertades personales sino porque es una fuente de confusión porque usualmente los poderes estatales son discrecionales y la Fundación Libertad cree profundamente que la base de la corrupción reside en el poder discrecional que tiene el funcionario público.
En la medida en que éste es un país en el que pululan las normas y regulaciones de carácter específico y concreto no las normas de carácter general y abstracto. Aquí se legisla para grupos económicos, se legisla para sectores, eso sencillamente es ni más ni menos que una enorme máquina de producir privilegios.
Contrario sensu, una enorme máquina de despojar derechos y libertades a aquéllos que no tienen el poder político ni son grupos de presión para poder contrarrestar, o por lo menos de hacerse sus propios privilegios. Desafortunadamente, son los más pobres.

101 años de Panamá América

 
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