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Atalaya y Antón


Con dolor he leído en los periódicos, que han dado gran despliegue al suceso, el problema con la restauración de la imagen de Cristo que se venera en Atalaya. Casi con el mismo dolor lo del lavado de los pies de la imagen del Cristo de Antón y la entrega del agua usada en dicho lavado de los pies de la imagen bendita y aun causadora de milagros.

¿Cómo no aprovechar lo sucedido y el despliegue publicitario sensacionalista, al que nos tienen acostumbrado nuestros periodistas (ellos saben mucho de vender periódicos, aunque no sepan nada de Teología) para instruir catequéticamente a nuestra gente en lo que es la doctrina oficial de la Iglesia acerca de las imágenes y los milagros?

Comencemos por decir que ninguna imagen que tenemos de Cristo se parece verdaderamente a la de Jesús. Todas las imágenes que tenemos, desde el comienzo de la evangelización en América, son copias de imágenes españolas, que representaban a Cristo como un español del siglo XVI. El caso más evidente es el del justamente famoso "Cristo Negro de Portobelo", cuyos rasgos son los de un español del siglo XVI, que se han ido oscureciendo no sólo por el paso del tiempo, sino por las sucesivas restauraciones que la imagen ha ido agregando a su color original hasta llegar a lo que tenemos ahora.

La imagen de un Cristo blanco, rubio y ojos azules nos ha sido impuesta por las películas norteamericanas que, aparte de la falsificación, conllevan la ideología política de enseñarnos a los latinoamericanos que ellos, los norteamericanos, sí se parecen a Dios. En cualquiera de los casos, ni la imagen española ni la anglosajona se parecen en nada a la apariencia que debe haber tenido Jesús, un campesino trabajador, de un país semidesértico del Medio Oriente de hace 2,000 años. Los Evangelios no nos hacen la más mínima descripción física de Jesús, a los evangelistas no les interesaba cómo era, sino quién era y qué pretendía.

Agreguemos que no existe, según la doctrina católica oficial, ninguna imagen milagrosa. El único que hace milagros es Dios. Dios hace milagros (manifestaciones de lo que será el Universo cuando en él reine plenamente Dios; manifestaciones de las potencialidades de todo lo humano gracias a que Dios se ha hecho hombre) por medio de quien o de lo que le dé la gana, pero los milagros los hace El, no una imagen, por venerable que nos parezca.

Si atribuyo poder a una imagen (madera, yeso, o lo que sea) de un santo, o a la imagen de Cristo o de Dios estoy cometiendo un acto de idolatría; y la idolatría, sea cual sea el pretexto, es inaceptable para el cristiano.

El Concilio de Trento, cuya doctrina sigue siendo la oficial sobre este punto, en la Sesión 25, del 3 de diciembre de 1563 (entre los números 1823 y 1825 del Denzinger-Hünnermann) dice textualmente: "Deben tenerse y conservarse, señaladamente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los otros santos y tributárseles el debido honor y veneración no porque se crea que hay en ellas alguna divinidad o virtud, por lo que hay de dárseles culto o que vaya que pedírseles algo a ellas, o que haya de ponerse la confianza en las imágenes (...) sino porque el honor que se les tributa, se refiere a los originales que ellas representan". Y continúa: "En la invocación de los santos, en la veneración de las reliquias y en el uso sagrado de las imágenes deberá ser rechazada cualquier superstición, eliminada toda torpe búsqueda de dinero y finalmente evitada toda indecencia".

El lavado de los pies del Cristo de Antón no produce ningún agua bendita que pueda curar enfermedades por poder ninguno que haya podido adquirir por su contacto con la imagen. En este caso, perdóneseme la vulgaridad en aras de la claridad, se agrava la desinformación catequética, porque el agua que ha lavado los pies de la imagen es un agua que arrastra hasta los excrementos de las moscas que han podido posarse durante todo el año sobre la imagen. He de agregar que esta práctica, que puede ser mirada con tanta ambigüedad, se lleva a cabo en muchos lugares de nuestra América. Atribuir a esa agua un poder milagroso es no sólo un acto idolátrico sino, incluso, un atentado a la salud.

¿Cómo salvar la doctrina católica acerca de las imágenes de los santos?

1. Insistir que es Dios y sólo Dios quien hace milagros. No permitir que sea atribuido lo inexplicable a ninguna imagen. No hablar, ni permitir que se hable de "milagrosa imagen", y menos que tales palabras sean dichas por sacerdotes u otros miembros de la jerarquía.

2. Insistir que la imagen, sea de quien sea, sólo representa, no tiene en sí misma el valor venerable. El venerable es el santo representando en ella. La imagen representa, nunca sustituye al representado en ella.

3. No presuponer que la veneración concreta a un santo va a redundar efectivamente en gloria de Cristo. Exigir siempre la referencia a la persona de Cristo, a quien el santo que celebramos, sea el que sea, sirvió con su vida eterna. Que esa referencia a la persona misma de Cristo sea siempre explicitada. En la medida en que algo o alguien pierda su relación necesaria e inmediata con la persona de Cristo, ese algo o alguien deja de ser cristiano.

4. No permitir que se espere pasivamente de Dios lo que puede y debe ser hecho por la comunidad o la persona. Dios no hará por nosotros lo que nosotros mismos podemos y debemos hacer. Dios no es laguna que fomente lagartos, ni madre sobreprotectora que hace imposible la responsabilización de sus hijos.

101 años de Panamá América

 
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