Bastante antes de clases
La calidad en educación que deben recibir nuestros hijos, poco o nada tiene que ver con su costo ni ubicación. En esencia, no hay mayor diferencia en las escuelas, salvo una que otra asignatura de más y la mayor o menor densidad del contenido de la enseñanza. Lo último, podría ser determinante para decidir si vale la pena más o menos. Pero debemos tener presente que todas, salvo una que otra excepción que desconocemos, recargarán en los padres la tarea de que nuestros hijos aprendan. En otras palabras, los estudiantes no aprenden en la escuela sino en casa, donde quedan en manos de padres inexpertos y cansados de trabajar, quienes asumen la responsabilidad de supervisar las tareas, o hacerlas por ellos y prepararlos.
Los educadores de hoy no enseñan ni asumen la tarea de que los alumnos aprendan. Tan sólo se limitan a señalar la tarea del día y a examinar mañana para ver quién pasa y quién se queda. El fracaso o el éxito no es asunto suyo. Por eso, en su desesperación, los padres buscan ayuda de cursos paralelos y tutorías, cosa que no ocurría en la época de oro de nuestra educación, en los tiempos gloriosos de la Normal de Santiago y el Instituto Nacional. Un presidente de la República tan eminente y formidable como Ernesto de la Guardia, por ejemplo, era institutor. Los maestros y profesores de entonces educaban. Hoy no.
¿Es culpa de los educadores? No, del sistema. Por eso, proponemos que el estudiante estudie y haga sus tareas en la escuela, al lado de gente profesional y experta, los educadores.
Sugerimos que de algún modo, así sea extendiendo el horario escolar, se destinen tres o cuatro horas de cada día de clases al estudio de lecciones y la confección de tareas. Quizás con esa fórmula sencilla hallaremos parte del remedio de una educación que como está ahora, es calamitosa.