Bombas de racimo, un crimen de guerra
El uso de centenares de miles de bombas de racimo en la breve, pero intensa guerra contra Hizbulá del mes pasado, ha tenido sus repercusiones. Estas bombas son artefactos explosivos que estallan en el aire, poco antes de tocar tierra, esparciendo centenares de bombas más pequeñas, algunas de acción retardada, que se incrustan en las edificaciones y terreno enemigos de modo que, pasado el ataque, horas, días, semanas o meses, puede cada una volver a estallar, sin previo aviso, tomando desprevenidos a quienes estén cerca, esparciendo esquirlas mortíferas por centenares de metros a la redonda, incluso cuando el conflicto ha cesado.
La Organización de las Naciones Unidas, a través de su vocero en el Líbano, David Shearer, afirmó que hay al menos 100 mil de esas bombas enterradas y sin estallar, regadas por doquier, incluyendo áreas civiles densamente pobladas. El contingente francés destacado en el área, ha procedido a la difícil labor de limpieza, pues no se sabe con precisión los sitios en que fueron esparcidos esos artefactos.
Las Convenciones de Ginebra sobre la guerra prohíben esas armas porque, a más de ser un recurso desleal para con el enemigo, no discrimina entre combatientes y civiles. Es el mismo motivo por el cual se proscriben también las armas químicas y de destrucción masiva, que con toda razón se recrimina a Osama Bin Laden y a las bandas terroristas de todo el mundo. El discurso en este aspecto es incoherente, hacemos lo mismo que reprochamos a nuestros enemigos y, de ese modo, perdemos autoridad moral y sobre todo la tenencia de la razón, que es donde radica la fuerza de Occidente, más que en su superioridad militar. En el momento que usemos las mismas tácticas y armas que los terroristas, empezamos a convertirnos en uno de ellos.
Roquebert recalcó que el problema en nuestro país no es de recursos, sino de ineficiencia en el gasto social.
"No se trata solamente de hacer programas y plantearlos, sino de llevarlo donde hay ausencia de inversión y oportunidades", añadió.
La ministra informó que están actuando en las comarcas indígenas y en las regiones de aquellas provincias que tienen los niveles más altos de pobreza extrema.
La Organización de las Naciones Unidas, a través de su vocero en el Líbano, David Shearer, afirmó que hay al menos 100 mil de esas bombas enterradas y sin estallar, regadas por doquier, incluyendo áreas civiles densamente pobladas. El contingente francés destacado en el área, ha procedido a la difícil labor de limpieza, pues no se sabe con precisión los sitios en que fueron esparcidos esos artefactos.
Las Convenciones de Ginebra sobre la guerra prohíben esas armas porque, a más de ser un recurso desleal para con el enemigo, no discrimina entre combatientes y civiles. Es el mismo motivo por el cual se proscriben también las armas químicas y de destrucción masiva, que con toda razón se recrimina a Osama Bin Laden y a las bandas terroristas de todo el mundo. El discurso en este aspecto es incoherente, hacemos lo mismo que reprochamos a nuestros enemigos y, de ese modo, perdemos autoridad moral y sobre todo la tenencia de la razón, que es donde radica la fuerza de Occidente, más que en su superioridad militar. En el momento que usemos las mismas tácticas y armas que los terroristas, empezamos a convertirnos en uno de ellos.
Roquebert recalcó que el problema en nuestro país no es de recursos, sino de ineficiencia en el gasto social.
"No se trata solamente de hacer programas y plantearlos, sino de llevarlo donde hay ausencia de inversión y oportunidades", añadió.
La ministra informó que están actuando en las comarcas indígenas y en las regiones de aquellas provincias que tienen los niveles más altos de pobreza extrema.