CADE 98 y el sector agropecuario
Caído el telón del más audaz de los CADE celebrado hasta ahora, en Santiago de Veraguas, en el ambiente quedan más interrogantes que respuestas sobre los alcances de la política gubernamental de apertura del mercado alimentario nacional versus la ausencia de alternativas inmediatas para el sector agropecuario.
Fue la primera vez en 35 años que el importante foro empresarial era llevado al interior del país, con el aditamento de plantear como tema su principal problemática. Para la gente del campo el tema supera el campo teórico para transformarse en el dilema diario de perecer o vivir.
El discurso del presidente de la República, Ernesto Pérez Balladares, en la sesión de apertura, marcó el tono de la polémica, que los anfitriones pudieron a duras penas evitar, al menos con la plenitud de su potencial encono.
El mandatario defendió enérgicamente su política económica de unilateral apertura del mercado nacional a la producción agropecuaria extranjera, argumentando que el fenómeno de la globalización era inevitable, al tiempo que aludió a los beneficios en términos de reducción de la canasta básica y el aumento de 20% de las exportaciones.
Pero a los pocos minutos surgió la clara posición de contraste de quien menos se esperaba. El secretario adjunto de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Jesús Sarde, organismo que preconiza la globalización y la apertura, advirtió con la mayor solemnidad, que ese proceso "debe darse con gradualidad, para que no afecte sobre todo al agro, que es uno de los sectores más sensitivos en Latinoamérica".
CADE logró reunir a más de 300 empresarios que siguieron con atención cada ponencia. Fueron particularmente importantes las relativas al proceso de reconversión de las salinas de Aguadulce en industria camaronera, con perspectiva de más y mejores réditos. Se relató el viacrucis de los exportadores, en su lucha solitaria, entre banqueros, transportistas, manejo portuario, seguros, intermediarios, prácticas proteccionistas y nubes de controles sanitarios, norma de calidad y precios fluctuantes.
Se planteó, acaso sin convencer todavía, que es importante que el país entienda la importancia de un renglón económico que provee sustento directo e indirecto a más de millón y cuarto de compatriotas que, sin alternativas viables, terminarían migrando hacia el área canalera, desequilibrando el desarrollo del país y desquiciando la infraestructura urbana, incapaz de atender siquiera medianamente a los dos millones de habitantes que ahora tiene.
Pocos parecen entender que sin un adecuado equilibrio urbano y rural, no habrá canal que resista la presión migratoria sobre la frágil cuenca hidrográfica que la nutre.
Fue la primera vez en 35 años que el importante foro empresarial era llevado al interior del país, con el aditamento de plantear como tema su principal problemática. Para la gente del campo el tema supera el campo teórico para transformarse en el dilema diario de perecer o vivir.
El discurso del presidente de la República, Ernesto Pérez Balladares, en la sesión de apertura, marcó el tono de la polémica, que los anfitriones pudieron a duras penas evitar, al menos con la plenitud de su potencial encono.
El mandatario defendió enérgicamente su política económica de unilateral apertura del mercado nacional a la producción agropecuaria extranjera, argumentando que el fenómeno de la globalización era inevitable, al tiempo que aludió a los beneficios en términos de reducción de la canasta básica y el aumento de 20% de las exportaciones.
Pero a los pocos minutos surgió la clara posición de contraste de quien menos se esperaba. El secretario adjunto de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Jesús Sarde, organismo que preconiza la globalización y la apertura, advirtió con la mayor solemnidad, que ese proceso "debe darse con gradualidad, para que no afecte sobre todo al agro, que es uno de los sectores más sensitivos en Latinoamérica".
CADE logró reunir a más de 300 empresarios que siguieron con atención cada ponencia. Fueron particularmente importantes las relativas al proceso de reconversión de las salinas de Aguadulce en industria camaronera, con perspectiva de más y mejores réditos. Se relató el viacrucis de los exportadores, en su lucha solitaria, entre banqueros, transportistas, manejo portuario, seguros, intermediarios, prácticas proteccionistas y nubes de controles sanitarios, norma de calidad y precios fluctuantes.
Se planteó, acaso sin convencer todavía, que es importante que el país entienda la importancia de un renglón económico que provee sustento directo e indirecto a más de millón y cuarto de compatriotas que, sin alternativas viables, terminarían migrando hacia el área canalera, desequilibrando el desarrollo del país y desquiciando la infraestructura urbana, incapaz de atender siquiera medianamente a los dos millones de habitantes que ahora tiene.
Pocos parecen entender que sin un adecuado equilibrio urbano y rural, no habrá canal que resista la presión migratoria sobre la frágil cuenca hidrográfica que la nutre.