Constituyente, primera lección
Como su nombre lo dice, el poder constituyente tiene como propósito “constituir” algo. A la altura de los tiempos en que vivimos, se trata de algo complejo y con muchas exigencias. Para empezar una constituyente es el método óptimo para establecer instituciones de gobierno cuya misión es la protección de los derechos de las personas. A pesar de que ya son varias las fuerzas que se han pronunciado a favor de la convocatoria a una asamblea constituyente, el contexto en que se usa y el sentido que se le da a dicha idea es más negativo que positivo. Dicen que quieren una constituyente los que rechazan algún aspecto de la realidad. Unos denuncian las disparidades sociales y están convencidos que una nueva carta cerraría la brecha entre clases; otros acusan a los políticos de corruptos y piensan que la constituyente es como un desinfectante que matará a todos los gérmenes para siempre. Un tercer grupo ha descubierto recientemente que la mejor manera de contrarrestar el rápido desarrollo de la autocracia en ciernes es justamente a través de una nueva Constitución. Ninguno de estos grupos parece capaz de entender que una nueva constitución será impotente ante la desigual distribución de la riqueza y la conducción irregular de las finanzas públicas, o el manejo ilícito de las influencias. Pero, sobre todo, no se han percatado de que un proceso constituyente, en estos precisos momentos, podría elevar las prácticas autoritarias que comienzan en entronizarse a un rango constitucional. No se ve en la presente circunstancia cuáles son las fuerzas políticas que quieren, o puedan, “constituir” un estado democrático constitucional de derecho.