Cuba: ¿sólo resistir y resolver?
He visitado Cuba cuatro veces en los últimos años. Una vez en 1995. De nuevo durante la visita del Papa, en enero de 1998. Una tercera vez para disertar sobre la globalización en un simposio organizado por el Cardenal Jaime Ortega a fines de 1999. Y otra vez en estos últimos días, para visitar una tía anciana de Teresita, mi esposa, la cual vive sola en Camagüey. Siento por el pueblo cubano un afecto profundo, pues he aprendido a apreciar su heroica historia, a valorar sus traumáticas experiencias y a sentir la incertidumbre de su futuro. Creo que el choteo, que el gran historiador cubano Jorge Mañach analizó con lucidez crítica, sin haber desaparecido, ha dejado de ser un rasgo cubano dominante. La trayectoria de las últimas décadas, a la vez paradójicamente esperanzadora y desesperada, ha, sin duda, profundizado el sentido de vida de los cubanos.
Sobre estos viajes he escrito mis impresiones, no como conclusiones irrefutables, sino como opiniones abiertas a la discusión. La primera vez, en pleno "período especial", bajo los efectos dramáticos del desmantelamiento del socialismo de la órbita soviética, de la que Cuba había dependido, tuve la impresión de un optimismo cauteloso si se emprendía el "camino del diálogo más amplio posible entre aquellos cubanos que desean o aceptan cambios sin inmolaciones y conmociones violentas, sin odios ni venganzas, sin someter al pueblo a más y más sufrimientos."
La segunda vez, a raíz de la extraordinaria visita de Juan Pablo II, tuve la impresión que el régimen cubano y la Iglesia habían ganado cada uno a su manera, pero que "Cuba y los cubanos son los grandes ganadores... (porque) Cuba vislumbró entre cubanos un horizonte esperanzador de cambio gradual y pacífico... (gracias al cual se pudiera) forjar un nuevo mundo de libertad y solidaridad". Fue ese un momento culminante de expectativas positivas para todo el pueblo cubano.
Desde entonces, en mis dos últimos viajes, he tenido la impresión que esas expectativas de cambio no se han realizado todavía y que su postergación ha producido una seria frustración entre muchos, tanto dentro como fuera de Cuba. Como resultado Cuba se debate entre "resistir", el lema que el régimen formuló como alternativa a un desmantelamiento tal que ocurrió en la órbita soviética con efectos frecuentemente ambiguos y hasta traumáticos, pero que por sí sólo no constituye una opción exitosa de desarrollo humano, y "resolver", la expresión que los cubanos usan para designar su voluntad de arreglárselas a como de lugar dentro de circunstancias que no los favorecen ni satisfacen.
Hay que admitir que el régimen cubano ha logrado resistir. La predicción de Andrés Oppenheimer y de muchos otros observadores inteligentes, de que el régimen se encontraba en sus últimos días, no se ha verificado. Como lo destacó el Cardenal Ortega en una conferencia en Alemania, en octubre del año pasado, Cuba, tanto por su cultura como por su historia socio-política y, en consecuencia, por ciertos rasgos de su tipo de régimen socialista, no puede considerase "simplemente como uno de los países de Europa central antes de la Caída del Muro".
Sin cambiar su sistema unipartidista, que no practica los derechos humanos cívicos y políticos, tal que los entendemos en el resto de América Latina y del mundo democrático, con acomodos muy parciales y limitados a la economía de mercado que prevalece en el escenario internacional, Cuba ha logrado salir de la situación de casi parálisis a la que llegó entre 1990 y 1995. El Gobierno anuncia que en el último año su PIB ha crecido del 5.5%, con una producción creciente de petróleo pesado que le ha permitido cubrir más de la mitad de sus necesidades de electricidad y reducir sustancialmente los apagones, con una creciente industria turística y una significativa producción de níquel. La circulación de automóviles en La Habana ha aumentado considerablemente. Se nota algo de construcción y sobre todo la continuación extraordinariamente exitosa de la restauración de La Habana Vieja gracias a la labor realmente ejemplar del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal. La edición de libros se ha incrementado marcadamente, con un enfoque más liberal en cuanto a la propia bibliografía cubana y extranjera. Aunque las cifras, como todas las cifras oficiales, sean sospechosas, no cabe duda que la situación económica de la isla no es lo que fue en la desastrosa primera mitad de los noventa. La "resistencia" del régimen para evitar un cambio que sustituyera pura y simplemente el sistema imperante no le ha sido inútil. Desde 1993 un buen sociólogo cubano como Aurelio Alonso argumentaba "que la resistencia no es verdaderamente la solución, pero sí su escenario forzoso". Los hechos hasta ahora le han dado esta razón a medias.
Sin embargo, hay que reconocer igualmente que dicho resultado económico depende en parte de un aporte de los cubanos que viven fuera de Cuba. ste representó, durante el último año, una contribución de entre 900 y 1,100 millones de dólares, más de lo que produjo el azúcar e incluso, el turismo. La zafra, que el año pasado alcanzó únicamente 4,059,000 toneladas, se anuncia que este año alcanzará tan sólo 3,700,000 toneladas. Tampoco cabe la menor duda que la población vive bajo condiciones materiales muy estrechas y frustrantes. La economía de hecho se ha dolarizado y quienes no tienen acceso a dólares y siguen en la economía del peso la pasan muy mal, con sueldos que apenas si alcanzan para las necesidades mínimas. La población en general carece especialmente de dos necesidades básicas entre otras: transporte público, escaso en La Habana y casi inexistente hacia oriente y occidente de la isla ( a lo largo de la autopista "ocho vías" hacia Camagüey y hacia Pinar del Río decenas de personas esperan horas para obtener un "bote" en cualquier tipo de vehículo), y vivienda, que sobretodo para jóvenes matrimonios es dificilísima de encontrar. La gente se queja de la numerosa deserción de maestros de su oficio, como también de las graves carencias en medicinas. Parece claro que la estrategia de "resistencia" de la macroeconomía le impone a la población tácticas de "resolver" sus problemas vitales de modos que son tan arduos como creativos, al margen de lo permitido y de lo legal. La economía oficial se desdobla en una economía clandestina, multifacética y además peligrosa para quienes la practican.
En este contexto, lo más paradójico es que en vez de proseguir con los cambios económicos, el régimen cubano parece decidido si no a eliminarlos, por lo menos a restringirlos severamente, a través de impuestos o de regulaciones onerosas. La existencia de los "paladares" o pequeños restaurante privados, que parecía abrir la puerta a la pequeña empresa privada, está en peligro. Un observador avezado me comentó que de unos 600, el número había quedado reducido a menos de 50. Y de hecho no pudimos encontrar abierto ninguno de los que habíamos frecuentado en viajes anteriores. Los "cuentapropistas", profesionales o artesanos inscritos como trabajadores independientes, que llegaron a sumar 209,000, han quedado reducidos a unos 105,000. Los permisos de utilizar vehículos privados para recoger pasajeros se han ido cancelando, aunque todavía se mantienen los permisos para alquilar habitaciones.
La razón explícita de estas medidas es que estas formas de economía privada introducen desigualdades sociales contrarias al socialismo. Pero se intuye en estos asuntos una cuestión de poder político y control social. Ello establece un contraste manifiesto entre la estrategia del régimen de China Popular y el de Cuba. Mientras el primero está decidido a avanzar hacia una economía de mercado lo más que pueda sin sacrificar lo que podríamos llamar su leninismo político, el segundo sólo parece resignado a acoger la economía de mercado lo menos posible para salvaguardar no simplemente "los logros de la revolución", sino su actual versión del socialismo. El primero es maximalista en los cambios que promueve, al menos en lo económico, mientras que el segundo es minimalista en los cambios que tolera, incluso en lo económico.
Esta estrategia económica del régimen cubano, se acompaña actualmente de un resurgimiento del predominio ideológico. Por todas partes se encuentran referencias a "la batalla de las ideas". Y a lo largo de las carreteras se vuelven a ver los cartelones con referencias al cuadragésimo segundo aniversario del 26 de Julio, a las "batallas", "luchas" y "victorias de la Revolución", como también a la irrenunciable "unidad" del pueblo y del partido. Algunos cubanos presienten una regresión hacia etapas anteriores del régimen, menos tolerantes que la etapa de los años más recientes. Otros ven en ello una reacción al profundo impacto de la visita del Papa y al auge correspondiente de la Iglesia Católica. Otros en fin consideran que se trata del componente indispensable de la desaceleración de los cambios económicos, que juzgan o al menos esperan que sea coyuntural.
De todos modos, este resurgimiento ideológico se vincula a las relaciones internacionales tal que las enfoca el régimen. Por una parte, el régimen considera que su éxito en el caso del niño Elián, particularmente el apoyo popular a la exigencia de devolución del niño, demuestra la "fuerza de la Revolución" de cara a E.U. y no sólo el apoyo a una causa humana justa. Por otra parte, las publicaciones del régimen critican reiteradamente al nuevo presidente norteamericano y anticipan relaciones tensas con su administración. Además, se han dando conflictos muy publicitados con un periodista del Financial Times, por su descripción de la fiesta de año nuevo que celebró el régimen, con funcionarios de la Embajada de España, por su repartición de caramelos el día de los Reyes Magos a los niños a lo largo de las calles de La Habana Vieja, con dos diputados de la República Checa que tomaron contacto con defensores de los derechos humanos, y con el director de la mejor y más conocida revista católica de Cuba, Vitral, de la diócesis de Pinar del Río, quien es además miembro de la Comisión de Justicia y Paz de la Santa Sede. El régimen cubano pareciera dispuesto, en términos generales, a un mayor grado de confrontación.
En el plano económico, ideológico e internacional, Cuba sigue actualmente una línea de "resistir", no de cambiar, que le impone a su población una actitud de "resolver", no de solucionar sus problemas humanamente. Sin embargo, me atrevo a esperar que no se dará una simple regresión y aún guardo la esperanza de que Cuba pueda iniciar una experiencia en la cual la exigencia de libertad, que planteamos quienes hemos sido críticos de su régimen, pero sin odio, se conjugue con la exigencia de equidad, que plantean quienes han sido sus defensores, con inteligencia. Se gestaría así una experiencia de sociedad solidaria que el mundo necesita para superar el callejón sin salida de un capitalismo salvaje, sin pretender el imposible retroceso a un socialismo opresor. (ariyan@sinfo.net)
Sobre estos viajes he escrito mis impresiones, no como conclusiones irrefutables, sino como opiniones abiertas a la discusión. La primera vez, en pleno "período especial", bajo los efectos dramáticos del desmantelamiento del socialismo de la órbita soviética, de la que Cuba había dependido, tuve la impresión de un optimismo cauteloso si se emprendía el "camino del diálogo más amplio posible entre aquellos cubanos que desean o aceptan cambios sin inmolaciones y conmociones violentas, sin odios ni venganzas, sin someter al pueblo a más y más sufrimientos."
La segunda vez, a raíz de la extraordinaria visita de Juan Pablo II, tuve la impresión que el régimen cubano y la Iglesia habían ganado cada uno a su manera, pero que "Cuba y los cubanos son los grandes ganadores... (porque) Cuba vislumbró entre cubanos un horizonte esperanzador de cambio gradual y pacífico... (gracias al cual se pudiera) forjar un nuevo mundo de libertad y solidaridad". Fue ese un momento culminante de expectativas positivas para todo el pueblo cubano.
Desde entonces, en mis dos últimos viajes, he tenido la impresión que esas expectativas de cambio no se han realizado todavía y que su postergación ha producido una seria frustración entre muchos, tanto dentro como fuera de Cuba. Como resultado Cuba se debate entre "resistir", el lema que el régimen formuló como alternativa a un desmantelamiento tal que ocurrió en la órbita soviética con efectos frecuentemente ambiguos y hasta traumáticos, pero que por sí sólo no constituye una opción exitosa de desarrollo humano, y "resolver", la expresión que los cubanos usan para designar su voluntad de arreglárselas a como de lugar dentro de circunstancias que no los favorecen ni satisfacen.
Hay que admitir que el régimen cubano ha logrado resistir. La predicción de Andrés Oppenheimer y de muchos otros observadores inteligentes, de que el régimen se encontraba en sus últimos días, no se ha verificado. Como lo destacó el Cardenal Ortega en una conferencia en Alemania, en octubre del año pasado, Cuba, tanto por su cultura como por su historia socio-política y, en consecuencia, por ciertos rasgos de su tipo de régimen socialista, no puede considerase "simplemente como uno de los países de Europa central antes de la Caída del Muro".
Sin cambiar su sistema unipartidista, que no practica los derechos humanos cívicos y políticos, tal que los entendemos en el resto de América Latina y del mundo democrático, con acomodos muy parciales y limitados a la economía de mercado que prevalece en el escenario internacional, Cuba ha logrado salir de la situación de casi parálisis a la que llegó entre 1990 y 1995. El Gobierno anuncia que en el último año su PIB ha crecido del 5.5%, con una producción creciente de petróleo pesado que le ha permitido cubrir más de la mitad de sus necesidades de electricidad y reducir sustancialmente los apagones, con una creciente industria turística y una significativa producción de níquel. La circulación de automóviles en La Habana ha aumentado considerablemente. Se nota algo de construcción y sobre todo la continuación extraordinariamente exitosa de la restauración de La Habana Vieja gracias a la labor realmente ejemplar del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal. La edición de libros se ha incrementado marcadamente, con un enfoque más liberal en cuanto a la propia bibliografía cubana y extranjera. Aunque las cifras, como todas las cifras oficiales, sean sospechosas, no cabe duda que la situación económica de la isla no es lo que fue en la desastrosa primera mitad de los noventa. La "resistencia" del régimen para evitar un cambio que sustituyera pura y simplemente el sistema imperante no le ha sido inútil. Desde 1993 un buen sociólogo cubano como Aurelio Alonso argumentaba "que la resistencia no es verdaderamente la solución, pero sí su escenario forzoso". Los hechos hasta ahora le han dado esta razón a medias.
Sin embargo, hay que reconocer igualmente que dicho resultado económico depende en parte de un aporte de los cubanos que viven fuera de Cuba. ste representó, durante el último año, una contribución de entre 900 y 1,100 millones de dólares, más de lo que produjo el azúcar e incluso, el turismo. La zafra, que el año pasado alcanzó únicamente 4,059,000 toneladas, se anuncia que este año alcanzará tan sólo 3,700,000 toneladas. Tampoco cabe la menor duda que la población vive bajo condiciones materiales muy estrechas y frustrantes. La economía de hecho se ha dolarizado y quienes no tienen acceso a dólares y siguen en la economía del peso la pasan muy mal, con sueldos que apenas si alcanzan para las necesidades mínimas. La población en general carece especialmente de dos necesidades básicas entre otras: transporte público, escaso en La Habana y casi inexistente hacia oriente y occidente de la isla ( a lo largo de la autopista "ocho vías" hacia Camagüey y hacia Pinar del Río decenas de personas esperan horas para obtener un "bote" en cualquier tipo de vehículo), y vivienda, que sobretodo para jóvenes matrimonios es dificilísima de encontrar. La gente se queja de la numerosa deserción de maestros de su oficio, como también de las graves carencias en medicinas. Parece claro que la estrategia de "resistencia" de la macroeconomía le impone a la población tácticas de "resolver" sus problemas vitales de modos que son tan arduos como creativos, al margen de lo permitido y de lo legal. La economía oficial se desdobla en una economía clandestina, multifacética y además peligrosa para quienes la practican.
En este contexto, lo más paradójico es que en vez de proseguir con los cambios económicos, el régimen cubano parece decidido si no a eliminarlos, por lo menos a restringirlos severamente, a través de impuestos o de regulaciones onerosas. La existencia de los "paladares" o pequeños restaurante privados, que parecía abrir la puerta a la pequeña empresa privada, está en peligro. Un observador avezado me comentó que de unos 600, el número había quedado reducido a menos de 50. Y de hecho no pudimos encontrar abierto ninguno de los que habíamos frecuentado en viajes anteriores. Los "cuentapropistas", profesionales o artesanos inscritos como trabajadores independientes, que llegaron a sumar 209,000, han quedado reducidos a unos 105,000. Los permisos de utilizar vehículos privados para recoger pasajeros se han ido cancelando, aunque todavía se mantienen los permisos para alquilar habitaciones.
La razón explícita de estas medidas es que estas formas de economía privada introducen desigualdades sociales contrarias al socialismo. Pero se intuye en estos asuntos una cuestión de poder político y control social. Ello establece un contraste manifiesto entre la estrategia del régimen de China Popular y el de Cuba. Mientras el primero está decidido a avanzar hacia una economía de mercado lo más que pueda sin sacrificar lo que podríamos llamar su leninismo político, el segundo sólo parece resignado a acoger la economía de mercado lo menos posible para salvaguardar no simplemente "los logros de la revolución", sino su actual versión del socialismo. El primero es maximalista en los cambios que promueve, al menos en lo económico, mientras que el segundo es minimalista en los cambios que tolera, incluso en lo económico.
Esta estrategia económica del régimen cubano, se acompaña actualmente de un resurgimiento del predominio ideológico. Por todas partes se encuentran referencias a "la batalla de las ideas". Y a lo largo de las carreteras se vuelven a ver los cartelones con referencias al cuadragésimo segundo aniversario del 26 de Julio, a las "batallas", "luchas" y "victorias de la Revolución", como también a la irrenunciable "unidad" del pueblo y del partido. Algunos cubanos presienten una regresión hacia etapas anteriores del régimen, menos tolerantes que la etapa de los años más recientes. Otros ven en ello una reacción al profundo impacto de la visita del Papa y al auge correspondiente de la Iglesia Católica. Otros en fin consideran que se trata del componente indispensable de la desaceleración de los cambios económicos, que juzgan o al menos esperan que sea coyuntural.
De todos modos, este resurgimiento ideológico se vincula a las relaciones internacionales tal que las enfoca el régimen. Por una parte, el régimen considera que su éxito en el caso del niño Elián, particularmente el apoyo popular a la exigencia de devolución del niño, demuestra la "fuerza de la Revolución" de cara a E.U. y no sólo el apoyo a una causa humana justa. Por otra parte, las publicaciones del régimen critican reiteradamente al nuevo presidente norteamericano y anticipan relaciones tensas con su administración. Además, se han dando conflictos muy publicitados con un periodista del Financial Times, por su descripción de la fiesta de año nuevo que celebró el régimen, con funcionarios de la Embajada de España, por su repartición de caramelos el día de los Reyes Magos a los niños a lo largo de las calles de La Habana Vieja, con dos diputados de la República Checa que tomaron contacto con defensores de los derechos humanos, y con el director de la mejor y más conocida revista católica de Cuba, Vitral, de la diócesis de Pinar del Río, quien es además miembro de la Comisión de Justicia y Paz de la Santa Sede. El régimen cubano pareciera dispuesto, en términos generales, a un mayor grado de confrontación.
En el plano económico, ideológico e internacional, Cuba sigue actualmente una línea de "resistir", no de cambiar, que le impone a su población una actitud de "resolver", no de solucionar sus problemas humanamente. Sin embargo, me atrevo a esperar que no se dará una simple regresión y aún guardo la esperanza de que Cuba pueda iniciar una experiencia en la cual la exigencia de libertad, que planteamos quienes hemos sido críticos de su régimen, pero sin odio, se conjugue con la exigencia de equidad, que plantean quienes han sido sus defensores, con inteligencia. Se gestaría así una experiencia de sociedad solidaria que el mundo necesita para superar el callejón sin salida de un capitalismo salvaje, sin pretender el imposible retroceso a un socialismo opresor. (ariyan@sinfo.net)