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Cultura de muerte


El monseñor Rómulo Emiliani, obispo auxiliar de San Pedro Sula, Honduras, se ha referido a la "cultura de muerte" que impera en América Latina, frente a lo cual formula un llamado para que se haga un esfuerzo a favor de la "cultura de vida". En Panamá, las cifras lo comprueban, ya hay casi tantas muertes por violencia como por accidentes de tránsito. ¿Cómo se deterioró el ambiente en nuestro país?
En buena parte es herencia de la dictadura militar durante la cual se rindió culto a la fuerza por 21 años. Generación y media de panameños creció viendo la violencia y el abuso del poder como algo natural, que incluso rendía frutos. Los criminales y allegados al régimen militar gozaban de impunidad y disfrutaron largos períodos de bonanza material, de mando y privilegios. Los muertos y desaparecidos quedaban en el olvido, sepultados por el escombro del tiempo mientras procuradores, fiscales y jueces sobreseían o liberaban a los asesinos. El padre Héctor Gallego y el empresario Mitrotti son dos buenos casos de extremada impunidad. Igual los asesinatos de Floyd Britton, Falconett y Mendizábal, Baúles y tantos otros.
Tras la caída de la dictadura de Noriega, decenas de miles de armas quedaron irresponsablemente dispersas en malas manos. En adición a ello, el vacío de autoridad dejado por la destrucción de las Fuerzas de Defensa y su ulterior reemplazo por una fuerza policial débil e inefectiva, ha contribuido a empeorar la situación.
Otro problema grave es el incremento del narcotráfico local, que ha llenado de recursos a las pandillas de delincuentes y a su organigrama de distribuidores, todos los cuales se sirven de gatilleros a sueldo. Además, está la nueva modalidad de no pagar la distribución de drogas con dinero sino con más droga y armas, con lo cual se inunda el mercado con una abundante oferta de la mortal combinación.
A todo lo anterior se agrega la degradación moral del país, sumido en la ética del "juega vivo" y la corrupción, en un ambiente donde parece que el delito pagara. La quiebra política de las instituciones, tampoco ayuda. ¿Qué hacer?
Como dice el monseñor Emiliani, hay que empezar por los hogares y desde allí a todos los estratos sociales y comunitarios, a fomentar la cultura de la hermandad, la concordia y la vida. Debemos trabajar más intensamente con niños y jóvenes, pero también con los adultos. Si en el seno del hogar prevalece un diálogo de violencia, las generaciones futuras seguirán el mismo camino.
Las iglesias, los grupos juveniles, las escuelas y los clubes cívicos deben coordinar esfuerzos en ese sentido. Es un problema de todos y los resultados serán en nuestro propio beneficio. A todos nos conviene un país más seguro. Aún estamos a tiempo para revertir la espiral de violencia.

101 años de Panamá América

 
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