Desde Cuba: 3. los valores que ha de proyectar la fe cristiana
En la conferencia que dicté en Cuba destaqué que la fe cristiana es intrínsecamente social, que por ello es a la vez asunto privado y público y que tres son las maneras fundamentales como la misma se proyecta socialmente. Quedaba por analizar para concluir los valores que han de transmitir dichas proyecciones. La globalización conlleva un cambio de época tan o aún más profundo que el cambio de la edad media a la modernidad. Éste se efectúa sobre la base de las nuevas ciencias y tecnologías de la información y la comunicación, con la resultante caída del muro de Berlín y la unificación del mundo como nunca antes lo había estado.
De cara a la globalización hemos de adoptar una de tres posturas axiológicas. La primera es el rechazo del cambio y el arraigo al pasado. La segunda es la capitulación ante el cambio y dejarnos llevar a cualquiera de sus consecuencias futuras. Ambas son irresponsables. La tercera es la postura de discernimiento crítico con asunción creativa. Esta es la postura responsable, pero también la más difícil y exigente. No se cae en el maniqueísmo de considerar la globalización ni como pura luminosidad ni como pura oscuridad, sino como fenómeno ambivalente. Tampoco se cae en la inercia frente a los patrones de conducta que la globalización favorece ni en su simple imitación servil de los mismos, sino que se intenta recrearlos según el criterio y a la medida de cada sociedad particular. Sólo esta postura es auténticamente humana y puede ser humanizadora, pues sólo ella permite promover lo positivo y reducir lo negativo de la globalización. Y hace posible al mismo tiempo distinguir el fenómeno social de la globalización de la ideología neoliberal que se ha adherido al mismo, de modo a aprovechar la función crítica que dicha ideología puede ejercer frente al mercantilismo y al estatismo, pero sin ser víctima de las carencias flagrantes del neoliberalismo en su función constructiva de una nueva sociedad.
Para el cristiano, lo humano y más aún lo humanizador es la vía hacia Dios, porque creemos que Dios se hizo hombre en Jesucristo y que Jesucristo fue glorificado en su condición de Hijo de Dios en la medida en que asumió plenamente hasta la muerte su condición de Hijo del Hombre. El hombre, por su parte, sólo se realiza como hombre, en la medida en que se reconoce como "capax Dei", según la expresión de Sto. Tomás de Aquino. Para el creyente sólo la postura de discernimiento con asunción creativa es, por su humanismo integral, la válida de cara a la globalización.
Dos valores decisivos para la vida social surgen desde la fe cristiana cara a la globalización. El primero se encuentra inscrito en la respuesta de Jesús a quienes le hicieron la pregunta de si era lícito o no pagar tributo al César: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", contestó Jesús (Mateo, XXII, 21). Esta norma implica una distinción de competencias y lealtades, contraria a la fusión entre autoridad política y autoridad religiosa usual en el mundo antiguo. Pero hay algo mucho más profundo. Decir que debemos dar a Dios lo que es de Dios, quiere decir que debemos dárselo todo, a la manera como hay que dárselo únicamente a Dios, es decir como a la realidad absoluta de la que dependemos óntica y éticamente a título de sus creaturas. Decir que debemos dar al César lo que es del César, quiere decir que debemos darle lo limitado que le compete como a una realidad relativa frente a la cual mantenemos nuestra independencia óntica y ética.
Lo expresó el teólogo cristiano Hans Küng en su libro sobre la ética de responsabilidad mundial que necesita la globalización: "Sólo lo único incondicional en todo lo que es condicionado puede proporcionar la base para el carácter absoluto y universal de las exigencias éticas, el terreno primordial, el apoyo primordial, la meta primordial de los seres humanos y del mundo, que llamamos Dios... Por lo contrario: semejantes fundamentación, anclaje y dirección abren la posibilidad de la verdadera identidad y acción humanas; hacen posible formular reglas para uno mismo y aceptar responsabilidad personal. Debidamente entendida, la teonomía no es heteronomía, sino la base, la garantía y también el límite de la autonomía humana. Sólo el vínculo al infinito ofrece libertad de cara a todo lo finito. " (Global Responsibility, In Search of a New World Ethic, Continuum, New York, 1996, p.53)
La fe cristiana ha de proyectar un sentido radical de la dignidad y libertad de la persona humana de cara a todas las realidades históricas y terrestres, en la misma medida del privilegio que tiene la persona humana de estar creada a imagen y semejanza de Dios y de estar religada a Él en conciencia. Tanto de cara al estatismo, incluso totalitario, como de cara al pensamiento único y a la uniformización de la cultura en los que puede caer la globalización, la fe cristiana proyecta el valor supremo de la dignidad y de la libertad de la persona humana. Pero evidentemente se trata de una libertad que reclama sus derechos y reconoce sus deberes, es decir de una libertad condición de responsabilidad y de corresponsabilidad.
En la medida en que el socialismo, sobre todo en su versión marxista leninista clásica, se resiste al reconocimiento pleno tanto doctrinal como político de este valor supremo, guardará vigencia el aforismo de Enrique José Varona: "Un católico, como católico, no puede ser socialista; un católico aunque católico, puede serlo" (Con el Eslabón, Editorial Letras Cubanas, 1981, p.182) En la medida, por lo contrario, en que el socialismo acepte progresivamente su transformación para integrar este valor, un católico como católico podría optar moralmente por el socialismo, como ha sucedido, sobre todo, en Europa occidental e incluso en ciertos países del llamado Tercer Mundo.
De la fe cristiana surge un segundo valor como fuerte exigencia de cara a la globalización. La dignidad y libertad de la persona humana que la fe cristiana conlleva son condición de responsabilidad y de correponsabilidad.. Y éstas generan una conducta y una cultura "samaritanas" de solidaridad. Se plantea entonces la norma evangélica: "cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mateo, XXV, 40).
La parábola del buen samaritano sugiere cuatro componentes del valor de solidaridad: primero, implica superar divisiones humanas étnicas, religiosas o de cualquiera otra índole, mediante el diálogo y la reconciliación; segundo, requiere la sensibilidad para descubrir y reconocer las necesidades del prójimo que en justicia ameritan atención o más exactamente compasión; tercero, conlleva el compromiso de actuar eficazmente y con generosidad para aportar un comienzo de solución a la injusticia encontrada, y cuarto, exige previsiones para que la recuperación de la víctima prosiga una vez que el benefactor no esté más presente.
Cabe asociar con la cultura samaritana la insistencia evangélica de que "los últimos serán primeros y los primeros últimos" (Mateo, XX, 16 y XIX, 30; Marcos X, 31 y Luc., XIII, 30). Sobre este particular se ha escrito: "Esta pasión cristiana por la primacía de los últimos crea una especial sensibilidad e interés por conocer y transformar las condiciones de vida en que se encuentran los últimos de cada sociedad y de la humanidad en su conjunto... y un compromiso activo para luchar social, política y económicamente por la emancipación de los empobrecidos que tienen que constituir el centro de la vida colectiva hasta que dejen de serlo" (Rafael Díaz-Salazar, op.cit. p.354). Este principio representa el horizonte utópico que motiva la dedicación y, si necesario, el sacrificio de una vida al servicio de los demás, ideal cristiano de proyección social en imitación de Jesucristo. Un eco muy claro de este amor preferencial por los pobres se encuentra en la segunda estrofa del tercero de los "Versos Sencillos" del apóstol Martí: "Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar:/ el arroyo de la sierra/ me complace más que mar" (Poesía completa, edición crítica, Letras Cubanas, vol. I, p.238).
De cara a la globalización, actuando a través de redes de solidaridad, se han de suscitar respuestas a dos retos principales de justicia social que plantea el mundo en proceso actual: el reto mundial del 80% - 20%, es decir que el 80% de la humanidad sólo dispone del 20% de la riqueza y en las sociedades desarrolladas el reto de la sociedad de dos tercios -un tercio, es decir que dos tercios de miembros de la sociedad participan en los beneficios del desarrollo, mientras que un tercio se encuentra marginado de los mismos. Cuando Juan Pablo II reclama una "globalización de la solidaridad" (Exhortación Apostólica Ecclesia in America) lo que tiene en mente es la exigencia de la fe cristiana de que la dignidad y libertad sean condición de responsabilidad y de corresponsabilidad solidariamente asumidas por una comunidad.
En su homilía en la Plaza José Martí de La Habana, el 25 de enero de 1998, el Papa criticó "una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables", y declaró: "Para muchos de los sistemas políticos y económicos hoy vigentes el mayor desafío sigue siendo conjugar libertad y justicia social, libertad y solidaridad, sin que ninguna quede relegada a un plano inferior." Debo decir que Cuba todavía no ha logrado esta conjunción, como tampoco la han logrado ninguna de las otras naciones latinoamericanas.
Al término de la visita del Papa a Cuba, el Presidente Castro expresa una coincidencia virtual importante: " Me conmueve el esfuerzo de Su Santidad por un mundo más justo... Si la globalización de la solidaridad que usted proclama se extiende por toda la tierra ... podría crearse realmente un mundo para [los seres humanos] sin hambre ni pobreza...donde vivir con plana dignidad moral y material, en verdadera libertad, ese sería el mundo más justo! Sus ideas sobre la Evangelización y el Ecumenismo no estarían en contradicción con él".
¿Estará el régimen cubano dispuesto a caminar junto con los cristianos, considerados no sólo individualmente ni sólo en su fuero interno, sino en su asamblea (ecclesia) y proyectándose socialmente, para contribuir ambos a forjar, junto con otra gente de buena voluntad, la primera sociedad en nuestra América Latina que sea a la vez libre y solidaria? Hasta ahora, después de la visita del Papa, no ha habido signos inequívocos de semejante disposición, ni tampoco se vislumbran cambios significativos a raíz de la reciente visita del Presidente Carter. Sin embargo, ambas visitas requirieron una voluntad decidida a tomar iniciativas inusitadas y esperanzadoras. Sería inconsecuente que esa voluntad no le diera seguimiento a sus propias iniciativas o las redujera a simples eventos pasajeros de relacionamiento público.
De todos modos, guardo la esperanza contra la esperanza, ya que la historia humana está repleta de imprevisibles, de que en Cuba se pueda dar una experiencia en la cual la exigencia de libertad, que planteamos quienes hemos sido críticos de su régimen, pero con respeto, se conjugue con la exigencia de equidad, que plantean quienes han sido sus defensores, con igual respeto. Se gestaría así una experiencia de sociedad libre y solidaria que el mundo necesita para superar el callejón sin salida de un capitalismo salvaje, sin pretender el indeseable retroceso a un socialismo opresor. Ello respondería al ideal de una política "con todos y para el bien de todos", tal como la predicó Martí con su palabra y su vida. Representaría una proyección social de la fe cristiana de una significación mundial indiscutible y al mismo tiempo sería el aporte más duradero de la Revolución Cubana al desarrollo de la historia humana.
(ariyan@sinfo.net.)
Las familias Gill y Batista fueron citadas por la oficina de la Defensoría del Asegurado, el martes 2 de julio, cuando tratarán lo relacionado con la muerte de sus hijos. Estos tres pacientes fueron atendidos por la doctora Nora Toala.
Fuente: Panamá Estudios sobre la Pobreza. Prioridades y Estrategias para la Reducción de la Pobreza. Banco Mundial 2000.
De cara a la globalización hemos de adoptar una de tres posturas axiológicas. La primera es el rechazo del cambio y el arraigo al pasado. La segunda es la capitulación ante el cambio y dejarnos llevar a cualquiera de sus consecuencias futuras. Ambas son irresponsables. La tercera es la postura de discernimiento crítico con asunción creativa. Esta es la postura responsable, pero también la más difícil y exigente. No se cae en el maniqueísmo de considerar la globalización ni como pura luminosidad ni como pura oscuridad, sino como fenómeno ambivalente. Tampoco se cae en la inercia frente a los patrones de conducta que la globalización favorece ni en su simple imitación servil de los mismos, sino que se intenta recrearlos según el criterio y a la medida de cada sociedad particular. Sólo esta postura es auténticamente humana y puede ser humanizadora, pues sólo ella permite promover lo positivo y reducir lo negativo de la globalización. Y hace posible al mismo tiempo distinguir el fenómeno social de la globalización de la ideología neoliberal que se ha adherido al mismo, de modo a aprovechar la función crítica que dicha ideología puede ejercer frente al mercantilismo y al estatismo, pero sin ser víctima de las carencias flagrantes del neoliberalismo en su función constructiva de una nueva sociedad.
Para el cristiano, lo humano y más aún lo humanizador es la vía hacia Dios, porque creemos que Dios se hizo hombre en Jesucristo y que Jesucristo fue glorificado en su condición de Hijo de Dios en la medida en que asumió plenamente hasta la muerte su condición de Hijo del Hombre. El hombre, por su parte, sólo se realiza como hombre, en la medida en que se reconoce como "capax Dei", según la expresión de Sto. Tomás de Aquino. Para el creyente sólo la postura de discernimiento con asunción creativa es, por su humanismo integral, la válida de cara a la globalización.
Dos valores decisivos para la vida social surgen desde la fe cristiana cara a la globalización. El primero se encuentra inscrito en la respuesta de Jesús a quienes le hicieron la pregunta de si era lícito o no pagar tributo al César: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", contestó Jesús (Mateo, XXII, 21). Esta norma implica una distinción de competencias y lealtades, contraria a la fusión entre autoridad política y autoridad religiosa usual en el mundo antiguo. Pero hay algo mucho más profundo. Decir que debemos dar a Dios lo que es de Dios, quiere decir que debemos dárselo todo, a la manera como hay que dárselo únicamente a Dios, es decir como a la realidad absoluta de la que dependemos óntica y éticamente a título de sus creaturas. Decir que debemos dar al César lo que es del César, quiere decir que debemos darle lo limitado que le compete como a una realidad relativa frente a la cual mantenemos nuestra independencia óntica y ética.
Lo expresó el teólogo cristiano Hans Küng en su libro sobre la ética de responsabilidad mundial que necesita la globalización: "Sólo lo único incondicional en todo lo que es condicionado puede proporcionar la base para el carácter absoluto y universal de las exigencias éticas, el terreno primordial, el apoyo primordial, la meta primordial de los seres humanos y del mundo, que llamamos Dios... Por lo contrario: semejantes fundamentación, anclaje y dirección abren la posibilidad de la verdadera identidad y acción humanas; hacen posible formular reglas para uno mismo y aceptar responsabilidad personal. Debidamente entendida, la teonomía no es heteronomía, sino la base, la garantía y también el límite de la autonomía humana. Sólo el vínculo al infinito ofrece libertad de cara a todo lo finito. " (Global Responsibility, In Search of a New World Ethic, Continuum, New York, 1996, p.53)
La fe cristiana ha de proyectar un sentido radical de la dignidad y libertad de la persona humana de cara a todas las realidades históricas y terrestres, en la misma medida del privilegio que tiene la persona humana de estar creada a imagen y semejanza de Dios y de estar religada a Él en conciencia. Tanto de cara al estatismo, incluso totalitario, como de cara al pensamiento único y a la uniformización de la cultura en los que puede caer la globalización, la fe cristiana proyecta el valor supremo de la dignidad y de la libertad de la persona humana. Pero evidentemente se trata de una libertad que reclama sus derechos y reconoce sus deberes, es decir de una libertad condición de responsabilidad y de corresponsabilidad.
En la medida en que el socialismo, sobre todo en su versión marxista leninista clásica, se resiste al reconocimiento pleno tanto doctrinal como político de este valor supremo, guardará vigencia el aforismo de Enrique José Varona: "Un católico, como católico, no puede ser socialista; un católico aunque católico, puede serlo" (Con el Eslabón, Editorial Letras Cubanas, 1981, p.182) En la medida, por lo contrario, en que el socialismo acepte progresivamente su transformación para integrar este valor, un católico como católico podría optar moralmente por el socialismo, como ha sucedido, sobre todo, en Europa occidental e incluso en ciertos países del llamado Tercer Mundo.
De la fe cristiana surge un segundo valor como fuerte exigencia de cara a la globalización. La dignidad y libertad de la persona humana que la fe cristiana conlleva son condición de responsabilidad y de correponsabilidad.. Y éstas generan una conducta y una cultura "samaritanas" de solidaridad. Se plantea entonces la norma evangélica: "cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mateo, XXV, 40).
La parábola del buen samaritano sugiere cuatro componentes del valor de solidaridad: primero, implica superar divisiones humanas étnicas, religiosas o de cualquiera otra índole, mediante el diálogo y la reconciliación; segundo, requiere la sensibilidad para descubrir y reconocer las necesidades del prójimo que en justicia ameritan atención o más exactamente compasión; tercero, conlleva el compromiso de actuar eficazmente y con generosidad para aportar un comienzo de solución a la injusticia encontrada, y cuarto, exige previsiones para que la recuperación de la víctima prosiga una vez que el benefactor no esté más presente.
Cabe asociar con la cultura samaritana la insistencia evangélica de que "los últimos serán primeros y los primeros últimos" (Mateo, XX, 16 y XIX, 30; Marcos X, 31 y Luc., XIII, 30). Sobre este particular se ha escrito: "Esta pasión cristiana por la primacía de los últimos crea una especial sensibilidad e interés por conocer y transformar las condiciones de vida en que se encuentran los últimos de cada sociedad y de la humanidad en su conjunto... y un compromiso activo para luchar social, política y económicamente por la emancipación de los empobrecidos que tienen que constituir el centro de la vida colectiva hasta que dejen de serlo" (Rafael Díaz-Salazar, op.cit. p.354). Este principio representa el horizonte utópico que motiva la dedicación y, si necesario, el sacrificio de una vida al servicio de los demás, ideal cristiano de proyección social en imitación de Jesucristo. Un eco muy claro de este amor preferencial por los pobres se encuentra en la segunda estrofa del tercero de los "Versos Sencillos" del apóstol Martí: "Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar:/ el arroyo de la sierra/ me complace más que mar" (Poesía completa, edición crítica, Letras Cubanas, vol. I, p.238).
De cara a la globalización, actuando a través de redes de solidaridad, se han de suscitar respuestas a dos retos principales de justicia social que plantea el mundo en proceso actual: el reto mundial del 80% - 20%, es decir que el 80% de la humanidad sólo dispone del 20% de la riqueza y en las sociedades desarrolladas el reto de la sociedad de dos tercios -un tercio, es decir que dos tercios de miembros de la sociedad participan en los beneficios del desarrollo, mientras que un tercio se encuentra marginado de los mismos. Cuando Juan Pablo II reclama una "globalización de la solidaridad" (Exhortación Apostólica Ecclesia in America) lo que tiene en mente es la exigencia de la fe cristiana de que la dignidad y libertad sean condición de responsabilidad y de corresponsabilidad solidariamente asumidas por una comunidad.
En su homilía en la Plaza José Martí de La Habana, el 25 de enero de 1998, el Papa criticó "una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables", y declaró: "Para muchos de los sistemas políticos y económicos hoy vigentes el mayor desafío sigue siendo conjugar libertad y justicia social, libertad y solidaridad, sin que ninguna quede relegada a un plano inferior." Debo decir que Cuba todavía no ha logrado esta conjunción, como tampoco la han logrado ninguna de las otras naciones latinoamericanas.
Al término de la visita del Papa a Cuba, el Presidente Castro expresa una coincidencia virtual importante: " Me conmueve el esfuerzo de Su Santidad por un mundo más justo... Si la globalización de la solidaridad que usted proclama se extiende por toda la tierra ... podría crearse realmente un mundo para [los seres humanos] sin hambre ni pobreza...donde vivir con plana dignidad moral y material, en verdadera libertad, ese sería el mundo más justo! Sus ideas sobre la Evangelización y el Ecumenismo no estarían en contradicción con él".
¿Estará el régimen cubano dispuesto a caminar junto con los cristianos, considerados no sólo individualmente ni sólo en su fuero interno, sino en su asamblea (ecclesia) y proyectándose socialmente, para contribuir ambos a forjar, junto con otra gente de buena voluntad, la primera sociedad en nuestra América Latina que sea a la vez libre y solidaria? Hasta ahora, después de la visita del Papa, no ha habido signos inequívocos de semejante disposición, ni tampoco se vislumbran cambios significativos a raíz de la reciente visita del Presidente Carter. Sin embargo, ambas visitas requirieron una voluntad decidida a tomar iniciativas inusitadas y esperanzadoras. Sería inconsecuente que esa voluntad no le diera seguimiento a sus propias iniciativas o las redujera a simples eventos pasajeros de relacionamiento público.
De todos modos, guardo la esperanza contra la esperanza, ya que la historia humana está repleta de imprevisibles, de que en Cuba se pueda dar una experiencia en la cual la exigencia de libertad, que planteamos quienes hemos sido críticos de su régimen, pero con respeto, se conjugue con la exigencia de equidad, que plantean quienes han sido sus defensores, con igual respeto. Se gestaría así una experiencia de sociedad libre y solidaria que el mundo necesita para superar el callejón sin salida de un capitalismo salvaje, sin pretender el indeseable retroceso a un socialismo opresor. Ello respondería al ideal de una política "con todos y para el bien de todos", tal como la predicó Martí con su palabra y su vida. Representaría una proyección social de la fe cristiana de una significación mundial indiscutible y al mismo tiempo sería el aporte más duradero de la Revolución Cubana al desarrollo de la historia humana.
(ariyan@sinfo.net.)
Las familias Gill y Batista fueron citadas por la oficina de la Defensoría del Asegurado, el martes 2 de julio, cuando tratarán lo relacionado con la muerte de sus hijos. Estos tres pacientes fueron atendidos por la doctora Nora Toala.
Fuente: Panamá Estudios sobre la Pobreza. Prioridades y Estrategias para la Reducción de la Pobreza. Banco Mundial 2000.