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Desinformación y Constituyente


Durante las últimas semanas, el tema de la denominada Ley de Transparencia y de las "partidas discrecionales", no sólo han vuelto sobre el tapete, también han evidenciado -una vez más- el elevado nivel de desinformación para la corrupción a la que somos sometidos los ciudadanos panameños. Los meses que precedieron las elecciones generales del pasado 2 de mayo, se caracterizaron por el cúmulo de datos e informaciones erróneas acerca de la realidad nacional que fueron divulgados por el gobierno, por los partidos políticos y por la mayoría de los medios de comunicación y comunicadores comprometidos con determinados intereses políticos y económicos.
La necesidad de convocar cuanto antes a un proceso constituyente para contar con los instrumentos necesarios a la modernización democrática de la sociedad panameña, ha sido (y sigue siendo) también una de las principales víctimas de la desinformación.
Más recientemente, la ola de magnificación de ciertas noticias, la manipulación de otras y la crecida personalización de determinados temas, acorralan cada vez más a los panameños hacia un callejón sin salida, hacia un túnel de la desinformación en momentos -¡oh ironía!- en que el derecho de los ciudadanos y de la población a estar veraz, objetiva y oportunamente informados, así como a la obligación de los gobiernos de garantizar ese derecho, está siendo reiterado una y otra vez por la opinión pública mundial.
En su "Enciclopedia de la política", el constitucionalista ecuatoriano Rodrigo Borja (Fondo de Cultura Económica, México 1998) nos brinda interesantes criterios sobre desinformar y subinformar. Transcribo para el lector, algunos párrafos (ver páginas 285, 948, 949): "La sociedad contemporánea está modelada por los medios de comunicación. La televisión tiene especial importancia por la onda expansiva de su acción y por la fuerza "vivencial" de sus testimonios. Sus mensajes informativos, de opinión y comerciales dejan una profunda huella en la sociedad. Hay, sin embargo, mil y una maneras de manipularla. La selección de las imágenes, el tiempo de exposición, son entre otros métodos de manejo de la imagen en la pantalla. Y eso sin contar con la eliminación o apocamiento de noticias y la magnificación de otras, que es siempre una posibilidad abierta para un medio de comunicación.
Puede manipularse como desinformación, ya como subinformación. Desinformar es dar deliberada e intencionalmente información incorrecta, a través de la prensa, con propósitos políticos, con el fin de confundir, desorientar o llevar a engaño a la opinión pública. Consiste en difundir verdades parciales o francas falsedades para obtener la reacción requerida. La habilidad consiste en combinar verdades con mentiras, a fin de presentar las cosas de manera verosímil. La desinformación es uno de los procedimientos vedados en el régimen democrático. Sin embargo, ella se da con frecuencia y a veces proviene no del gobierno, sino de los medios de comunicación comprometidos con determinados intereses políticos o económicos.
No es lo mismo desinformar que subinformar. Subinformar es eliminar o apocar unas noticias y magnificar otras. Es amputarlas en su contenido o disminuir deliberadamente la importancia que ellas tienen. Ambas son formas públicas de mentir.
La subinformación es un fenómeno frecuente en la vida política. Dado que la información es uno de los elementos más importantes de la sociedad moderna, mover la voluntad de la gente por medio de datos erróneos o incompletos acerca de una determinada realidad es sin duda una táctica tan eficaz como condenable que suelen utilizar los gobiernos, las fuerzas políticas y los propios medios de comunicación social. El código de honor de la democracia debería proscribir estos procedimientos".
La desinformación y la subinformación, asideros de la corrupción, están condenando a nuestra sociedad a vivir a espaldas del mundo del conocimiento. Es por ello que la convocatoria de un proceso constituyente es el medio efectivo y eficaz de poder contar con los instrumentos necesarios para que la población tenga un mayor y mejor conocimiento de sus derechos y deberes, de la información necesaria para ejercer como ciudadano, para conquistar una democracia participativa, donde los problemas se discutan para ser resueltos.
Una Constituyente, por su carácter democrático y participativo, nos evitaría muchas de las desgracias que ocasionan los conciliábulos que se desarrollan en la actualidad con el propósito de imponer -vía sesiones extraordinarias de la Asamblea Legislativa- nuevos parches a la actual Constitución, madrina de la desinformación y de la corrupción.

101 años de Panamá América

 
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