Dios acusado y Satans absuelto
A CIERTO POLÍTICO norteamericano se le ha ocurrido interponer una demanda en los tribunales de los Estados Unidos en cuyo libelo anuncia, de modo ampuloso, que el demandado es Dios. El juez ha acogido la demanda y ha ordenado dar traslado a Dios, por ello convoca a las congregaciones religiosas que se apersonen a los estrados del tribunal a efectos de asumir la representación judicial de Dios.
Los hechos: Dios es culpable de permitir los fenómenos calamitosos, las pestes y enfermedades de la Tierra; Dios es culpable del enfriamiento global y de todo cuanto mal afronta la humanidad entera. Expone todo cuanto pueda adjudicar a Dios, inclusive, concluye, que Dios es el gran responsable de la destrucción inminente del planeta. Cuando leí esta noticia quedé, realmente, impresionado. Hoy día se le ocurre a senadores y congresistas culpar a Dios de todo cuanto nos aqueja; se le ocurre a médicos y psiquiatras culpar a Dios; no me extrañaría que hasta abogados se les ocurra culpar también a Dios si pierden las causas que los clientes les confían. ¡Vaya manera novedosa de transferir nuestras culpas y pecados, nuestros delitos y faltas: Dios es el gran culpable!
Recuerdo que, cuando niño, al lado del cuarto en donde vivíamos, allá en la Matuna chorrerana, había un vecino que cada vez que cogía un señor enojo o rabieta, gritaba a toda boca terribles palabras soeces en contra de Dios y culminaba su sarta de ofensas sacrílegas advirtiendo: "Si existe Dios por qué no me hace millonario?".
Las personas, no pocos congéneres, son dadas a culpar a Dios de sus propias debilidades, falencias y frustraciones. Cómo puede ser esto posible si no son personas de hablar con Dios, no se comunican con Dios, nunca elevan una oración a Dios, no leen la Biblia, nunca van a una iglesia a escuchar la Palabra de Dios, no saben qué piensa Dios, cómo piensa Dios, cómo reacciona Dios ante nuestras acciones, y, finalmente, qué piensa Dios de nosotros mismos. Sin embargo, tiran piedras, dardos, siguen traspasando con una lanza el costado de Jesús, y, hoy, como ayer, seguimos crucificando al Señor en la Cruz del Calvario frente a una multitud, millones de millones, que va caminando por la vida sin prestar mínima atención al gran e injusto juicio que estamos haciendo a Dios.
No es a Dios a quien hay que juzgar: ya lo hicimos y lo declaramos culpable de nuestras propias fallas, delitos, pecados, transgresiones. Lo humillamos hasta lo sumo; lo tratamos de modo indigno y denigrante; hicimos de El escarnio, mofa y burla. De modo que no hay nada nuevo, ofensivo, que pueda decirse de Dios, de Jesús y del Espíritu Santo. Es una verdadera estulticia humana involucrar a Dios atribuyéndole ser el autor de nuestros propios errores, intencionados o culposos.
No me extrañaría que ahora nazca un nuevo discurso frente a la incapacidad de políticos y gobernantes, de empresarios deshonestos e inescrupulosos; de científicos frustrados e ineptos; de profesionales mediocres y enceguecidos por una miopía severa para visualizar la presencia de Dios en el cosmos; de querer argumentar ante nuestros pueblos que Dios es el gran culpable del fracaso de las políticas llamadas neoliberales; del fracaso de las agendas de gobiernos; de la derrota de la moral por la inmoralidad; de la superposición de lo antiético ante lo ético; del fracaso de nuestros aniquilosados sistemas educativos; de la postración de nuestros sistemas de justicia; de la incapacidad para asumir protagonismos de liderazgos ante la ciudadanía erigiendo consignas de verdadera oxigenación democrática, en fin.
En realidad, el discurso anti Dios, una vieja versión de lo que es el Anti Cristo, empieza a apoderarse de la psiquis de no poca gente.
En defensa de Dios, aunque Dios no necesita defensores, sino divulgadores de su Palabra, estimo que el Juez que admitió la demanda de responsabilidades en contra de Dios, allá en la tierra de Hamilton, de Jefferson, de Washington y otros célebres hombres cuya estatura moral y espiritual les permitieron sentar las bases de una sociedad "poderosa", debió agigantarse ante el mundo resolviendo desestimar, rechazar la demanda por una sola razón: inexistencia de pretensión justiciable. Ello significa, en el lenguaje forense, que no hay fundamento, medida ni título para la demanda. Se trata de una demanda carente de sustento. Sin embargo, cómo me gustaría que Dios mismo se apersonara en el juicio: ¿qué respondería el político estadounidense que lo demandó. ¡Estaría dispuesto a hablar con Dios cara a cara o moriría de estupefacción al no poder estar ante la presencia santa y sublime de nuestro Creador? ¡Demandar a Dios¡ ¡En verdad que somos osados!
abog27172010@hotmail.com
Susana Valdés: "Creo que los portones en los predios del Palacio de las Garzas están bien, son para aquellos ciudadanos que acuden al área a manifestarse por algún problema."
Saúl Méndez: Ese portón de hierro ubicado en la entrada de la Presidencia de la República es una violación a los derechos que tienen todos los panameños de manifestarse.
Los hechos: Dios es culpable de permitir los fenómenos calamitosos, las pestes y enfermedades de la Tierra; Dios es culpable del enfriamiento global y de todo cuanto mal afronta la humanidad entera. Expone todo cuanto pueda adjudicar a Dios, inclusive, concluye, que Dios es el gran responsable de la destrucción inminente del planeta. Cuando leí esta noticia quedé, realmente, impresionado. Hoy día se le ocurre a senadores y congresistas culpar a Dios de todo cuanto nos aqueja; se le ocurre a médicos y psiquiatras culpar a Dios; no me extrañaría que hasta abogados se les ocurra culpar también a Dios si pierden las causas que los clientes les confían. ¡Vaya manera novedosa de transferir nuestras culpas y pecados, nuestros delitos y faltas: Dios es el gran culpable!
Recuerdo que, cuando niño, al lado del cuarto en donde vivíamos, allá en la Matuna chorrerana, había un vecino que cada vez que cogía un señor enojo o rabieta, gritaba a toda boca terribles palabras soeces en contra de Dios y culminaba su sarta de ofensas sacrílegas advirtiendo: "Si existe Dios por qué no me hace millonario?".
Las personas, no pocos congéneres, son dadas a culpar a Dios de sus propias debilidades, falencias y frustraciones. Cómo puede ser esto posible si no son personas de hablar con Dios, no se comunican con Dios, nunca elevan una oración a Dios, no leen la Biblia, nunca van a una iglesia a escuchar la Palabra de Dios, no saben qué piensa Dios, cómo piensa Dios, cómo reacciona Dios ante nuestras acciones, y, finalmente, qué piensa Dios de nosotros mismos. Sin embargo, tiran piedras, dardos, siguen traspasando con una lanza el costado de Jesús, y, hoy, como ayer, seguimos crucificando al Señor en la Cruz del Calvario frente a una multitud, millones de millones, que va caminando por la vida sin prestar mínima atención al gran e injusto juicio que estamos haciendo a Dios.
No es a Dios a quien hay que juzgar: ya lo hicimos y lo declaramos culpable de nuestras propias fallas, delitos, pecados, transgresiones. Lo humillamos hasta lo sumo; lo tratamos de modo indigno y denigrante; hicimos de El escarnio, mofa y burla. De modo que no hay nada nuevo, ofensivo, que pueda decirse de Dios, de Jesús y del Espíritu Santo. Es una verdadera estulticia humana involucrar a Dios atribuyéndole ser el autor de nuestros propios errores, intencionados o culposos.
No me extrañaría que ahora nazca un nuevo discurso frente a la incapacidad de políticos y gobernantes, de empresarios deshonestos e inescrupulosos; de científicos frustrados e ineptos; de profesionales mediocres y enceguecidos por una miopía severa para visualizar la presencia de Dios en el cosmos; de querer argumentar ante nuestros pueblos que Dios es el gran culpable del fracaso de las políticas llamadas neoliberales; del fracaso de las agendas de gobiernos; de la derrota de la moral por la inmoralidad; de la superposición de lo antiético ante lo ético; del fracaso de nuestros aniquilosados sistemas educativos; de la postración de nuestros sistemas de justicia; de la incapacidad para asumir protagonismos de liderazgos ante la ciudadanía erigiendo consignas de verdadera oxigenación democrática, en fin.
En realidad, el discurso anti Dios, una vieja versión de lo que es el Anti Cristo, empieza a apoderarse de la psiquis de no poca gente.
En defensa de Dios, aunque Dios no necesita defensores, sino divulgadores de su Palabra, estimo que el Juez que admitió la demanda de responsabilidades en contra de Dios, allá en la tierra de Hamilton, de Jefferson, de Washington y otros célebres hombres cuya estatura moral y espiritual les permitieron sentar las bases de una sociedad "poderosa", debió agigantarse ante el mundo resolviendo desestimar, rechazar la demanda por una sola razón: inexistencia de pretensión justiciable. Ello significa, en el lenguaje forense, que no hay fundamento, medida ni título para la demanda. Se trata de una demanda carente de sustento. Sin embargo, cómo me gustaría que Dios mismo se apersonara en el juicio: ¿qué respondería el político estadounidense que lo demandó. ¡Estaría dispuesto a hablar con Dios cara a cara o moriría de estupefacción al no poder estar ante la presencia santa y sublime de nuestro Creador? ¡Demandar a Dios¡ ¡En verdad que somos osados!
abog27172010@hotmail.com
Susana Valdés: "Creo que los portones en los predios del Palacio de las Garzas están bien, son para aquellos ciudadanos que acuden al área a manifestarse por algún problema."
Saúl Méndez: Ese portón de hierro ubicado en la entrada de la Presidencia de la República es una violación a los derechos que tienen todos los panameños de manifestarse.