Dizque ciudad limpia
Hablemos bajo, a escondidas. Aprovechemos que las reinas de belleza, sus asistentes y los periodistas internacionales que cubren los preliminares del Miss Universo, están distraídos entre las atenciones de los anfitriones, la selección de trajes y maquillaje, la conservación de las dietas, el cuidado del cabello y piel, los ensayos y las infinitas horas de gimnasio. Hablemos un poco del otro "show" que estamos montando, no de la construcción del Figali Convention Center, monumento a la proverbial habilidad para improvisar del panameño. Hablemos del aseo de nuestra ciudad, vestida de gala para el singular evento.
Frente al inusual flujo masivo de visitantes extranjeros, es comprensible que nos empeñemos en mostrar la mejor cara y, barrer bajo la alfombra, la basura que no podamos recoger. El trabajo que está haciendo el alcalde Juan Carlos Navarro es estupendo y debemos reconocérselo tan pronto se apaguen las luces del concurso. El está haciendo el milagro de hacernos lucir como un país culto, aseado y ordenado, aunque sea mentira. Cuando todos se hayan ido, retornaremos a lo que somos, a la morada de la inmundicia.
En efecto, el esfuerzo que las brigadas de aseo vienen desplegando, están proyectando una imagen de limpieza de calles y aceras que, desafortunadamente, no se compadece de la dura realidad que nos acompaña a diario. Las heroínas de celeste están convirtiendo a la ciudad en una tacita de oro, haciéndonos olvidar que somos un bello país, poblado sin embargo de gente cochina de todos los estratos económicos. Quien lo niegue, todo lo que tiene que hacer es preguntarse o recordar cuántas veces ha arrojado o visto tirar basura a las calles desde su automóvil, por no mencionar, los escupitajos arrojados sobre las aceras, al paso de transeúntes.
Eso sin contar lo que hacemos con las playas y riberas de los ríos, llenándolos de botellas, fragmentos de vidrio, envases y bolsas plásticas, latas de cerveza, platos y cubiertos. Ni hablar tampoco de la bochornosa práctica de orinar en vía pública, de frente a la línea de automóviles en tránsito, en derroche de machismo estúpido y mal entendido, rabiando entre dientes o a voz en cuello: "A quien no le gusta, que no mire". Aquél debe ser un pervertido social de los que hoy abundan como maleza de peor estirpe.
Si vieran la playa de Panamá la Vieja, de Taboga, Veracruz y Avenida Balboa, se percatarían que los ríos y quebradas que atraviesan la ciudad, son el basural de todo tipo de artefacto o mueble inservibles o en desuso. Allí arrojan toneladas de llantas, refrigeradoras, colchones, estufas, televisores, latas, envases plásticos, etc. No hay fuerza humana suficiente para evitarlo o recoger y limpiar todo aquello, hasta que el mar lo revuelve con arena.
Obviamente, con esos hábitos y actitudes, estamos en camino de convertirnos en animales o algo peor, porque esos no contaminan. Vale la pena que meditemos y, como primer paso, aceptemos lo que somos, unos puercos empedernidos e irracionales, para luego corregirnos. Maquillar la ciudad está bien. Pero después del certamen nos queda la tarea más ardua, la de convertir en verdad toda esa ilusión, esa dulce mentira de ser un país limpio.
Frente al inusual flujo masivo de visitantes extranjeros, es comprensible que nos empeñemos en mostrar la mejor cara y, barrer bajo la alfombra, la basura que no podamos recoger. El trabajo que está haciendo el alcalde Juan Carlos Navarro es estupendo y debemos reconocérselo tan pronto se apaguen las luces del concurso. El está haciendo el milagro de hacernos lucir como un país culto, aseado y ordenado, aunque sea mentira. Cuando todos se hayan ido, retornaremos a lo que somos, a la morada de la inmundicia.
En efecto, el esfuerzo que las brigadas de aseo vienen desplegando, están proyectando una imagen de limpieza de calles y aceras que, desafortunadamente, no se compadece de la dura realidad que nos acompaña a diario. Las heroínas de celeste están convirtiendo a la ciudad en una tacita de oro, haciéndonos olvidar que somos un bello país, poblado sin embargo de gente cochina de todos los estratos económicos. Quien lo niegue, todo lo que tiene que hacer es preguntarse o recordar cuántas veces ha arrojado o visto tirar basura a las calles desde su automóvil, por no mencionar, los escupitajos arrojados sobre las aceras, al paso de transeúntes.
Eso sin contar lo que hacemos con las playas y riberas de los ríos, llenándolos de botellas, fragmentos de vidrio, envases y bolsas plásticas, latas de cerveza, platos y cubiertos. Ni hablar tampoco de la bochornosa práctica de orinar en vía pública, de frente a la línea de automóviles en tránsito, en derroche de machismo estúpido y mal entendido, rabiando entre dientes o a voz en cuello: "A quien no le gusta, que no mire". Aquél debe ser un pervertido social de los que hoy abundan como maleza de peor estirpe.
Si vieran la playa de Panamá la Vieja, de Taboga, Veracruz y Avenida Balboa, se percatarían que los ríos y quebradas que atraviesan la ciudad, son el basural de todo tipo de artefacto o mueble inservibles o en desuso. Allí arrojan toneladas de llantas, refrigeradoras, colchones, estufas, televisores, latas, envases plásticos, etc. No hay fuerza humana suficiente para evitarlo o recoger y limpiar todo aquello, hasta que el mar lo revuelve con arena.
Obviamente, con esos hábitos y actitudes, estamos en camino de convertirnos en animales o algo peor, porque esos no contaminan. Vale la pena que meditemos y, como primer paso, aceptemos lo que somos, unos puercos empedernidos e irracionales, para luego corregirnos. Maquillar la ciudad está bien. Pero después del certamen nos queda la tarea más ardua, la de convertir en verdad toda esa ilusión, esa dulce mentira de ser un país limpio.