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Educación o ignorancia


Nuestros estudiantes parecen estar condenados a la ignorancia. Llevamos más de dos décadas envueltos en un enfrentamiento permanente entre la dirigencia sindical de los educadores y las autoridades del Ministerio de Educación que ha traído como consecuencia la frecuente paralización de las labores en las escuelas, y con ello el retraso que vivimos en materia de educación denunciado repetidamente por toda la comunidad.
No importa de qué gobierno se trate o qué Ministro dirija la política educativa. Tanto en la época de la dictadura que pretendía imponer una reforma influida por el llamado proceso revolucionario panameño, como en plena democracia cuando el Ministerio estuvo en manos de exdirigentes del gremio magisterial, los líderes del sector educativo siempre han encontrado razones para suspender las clases en señal de protesta.
Nadie puede negar que en materia de educación la realidad está muy lejos de las aspiraciones nacionales. Los ambiciosos enunciados que aparecen en la Constitución declarando el derecho de todos los ciudadanos a recibir una educación, y de que esta debe ser gratuita en todos los niveles preuniversitarios, no han dejado de ser una meta aparentemente inalcanzable. Así también sus objetivos de atender el desarrollo armónico e integral del educando y su capacitación para el trabajo útil.
Todavía un décimo de la población no sabe leer ni escribir, el nivel de escolaridad en algunas regiones no pasa del quinto grado de primaria, innumerables escuelas no cuentan con las facilidades mínimas para albergar estudiantes, algunos planes de estudio tienen más de treinta años sin actualización, los educadores no reciben una justa remuneración por su esfuerzo y los egresados del sistema muestran graves deficiencia de preparación para la vida social y el trabajo.
Lo que no parece razonable es pensar que frente a este inmenso desafío nos dediquemos a resolver los problemas creando más problemas. Pretender abordar la grave crisis que vive la educación nacional desde hace décadas con soluciones sectoriales que excluyen del diálogo a protagonistas del sistema, o reaccionar frente a los problemas con actitudes estériles de huelgas y paros, lejos de conducirnos a un mejoramiento nos hunde en la desesperanza y la frustración.
Lamentablemente los más perjudicados ante esta situación son precisamente los estudiantes que debieran ser el objeto de todos nuestros desvelos. Por un lado sufren las graves deficiencias que tiene el sistema educativo, y por el otro, con las protestas se le niega el derecho de recibir la educación que necesitan. Ojalá tanto las autoridades educativas como los dirigentes sindicales de los educadores comprendan que solamente a través del diálogo y la negociación podremos resultar ganadores en este gran desafío por educar a la población. Paralizar la educación es como negar el camino para la única salida que tenemos en este circulo vicioso que nos mantiene en la ignorancia.




101 años de Panamá América

 
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