Educación y alimentación
En esta ocasión nos referiremos a la desnutrición y a sus perniciosos efectos en el proceso enseñanza aprendizaje. Porque con hambre nadie está en condiciones de aprender nada y mucho menos con desnutrición de arrastre, de aquella que llevan en hombros más de la mitad de los niños de edad escolar de las escuelas públicas.
El niño que en su lactancia sufre prolongados y severos estados de desnutrición se verá irremediablemente limitado en su desarrollo físico y mental. Los médicos han llegado a la conclusión que los daños y limitaciones provocados en tales casos al cerebro de un niño, son irreversibles. Esto es que por más que uno se esmere en alimentarlo ulteriormente, no se podrá recuperar lo perdido en términos de desarrollo mental y de capacidad para aprender.
Por eso nos permitimos sugerir en esta ocasión el reforzamiento del programa de nutrición escolar y su extensión efectiva hacia las áreas más apartadas, de mayor pobreza.
Sabemos que es un programa en extremo costoso, pero de gran utilidad. Ojalá se pudiera proveerles dos de las tres comidas diarias, de lunes a viernes, aunque sea a nivel primario y preescolar. Son gente que no se alimenta bien y que envía a sus niños a las aulas con apenas una tasa de mal café.
En las mismas escuelas podría establecerse un programa de seguimiento de la condición de salud de cada alumno, para ir registrando su evolución en el tiempo, complementado todo con visitas de trabajadoras sociales en casos que así lo ameriten.
De cualquier modo, lo que planteamos es la posibilidad de que, en el proceso de modernización de la educación, partamos de lo más elemental, por la alimentación y la salud, sin lo cual lo demás sería un desperdicio de recursos y esfuerzo.
El niño que en su lactancia sufre prolongados y severos estados de desnutrición se verá irremediablemente limitado en su desarrollo físico y mental. Los médicos han llegado a la conclusión que los daños y limitaciones provocados en tales casos al cerebro de un niño, son irreversibles. Esto es que por más que uno se esmere en alimentarlo ulteriormente, no se podrá recuperar lo perdido en términos de desarrollo mental y de capacidad para aprender.
Por eso nos permitimos sugerir en esta ocasión el reforzamiento del programa de nutrición escolar y su extensión efectiva hacia las áreas más apartadas, de mayor pobreza.
Sabemos que es un programa en extremo costoso, pero de gran utilidad. Ojalá se pudiera proveerles dos de las tres comidas diarias, de lunes a viernes, aunque sea a nivel primario y preescolar. Son gente que no se alimenta bien y que envía a sus niños a las aulas con apenas una tasa de mal café.
En las mismas escuelas podría establecerse un programa de seguimiento de la condición de salud de cada alumno, para ir registrando su evolución en el tiempo, complementado todo con visitas de trabajadoras sociales en casos que así lo ameriten.
De cualquier modo, lo que planteamos es la posibilidad de que, en el proceso de modernización de la educación, partamos de lo más elemental, por la alimentación y la salud, sin lo cual lo demás sería un desperdicio de recursos y esfuerzo.