El 21 de marzo
Por disposición de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el 21 de marzo de cada año ha sido designado como Día Internacional Contra la Discriminación Racial. Hoy es propicio para compartir unas cuantas líneas que juzgo pertinentes al tema, a la luz de su impronta en la sociedad panameña.
Se suele señalar, y convengo con ello, que Panamá es un "Crisol de Razas" que expresa la presencia de una vasta diversidad étnica, racial y cultural en su conformación. Existe un conjunto de razones de orden históricos que sustentan esa realidad que dota a nuestra nación de una riqueza humana y de particularidades que la distinguen en el conjunto de países que integran las Américas.
Sin embargo, y, contrario a esa realidad ampliamente aceptada, ha operado una histórica exclusión de muchos sectores de la misma en razón, entre otras, de la pigmentación que porta su piel. Es una de las contradicciones que los panameños y panameñas no hemos logrado resolver al cabo de casi cien años de vida republicana y que, paradójicamente, hemos arrastrado hacia este nuevo milenio.
Infortunadamente, el racismo, la discriminación racial y manifestaciones de intolerancia aún están presentes en la sociedad panameña y, en ocasiones, parecen aumentar. Ello nos obliga a todos y todas a prestar nuestro concurso para alcanzar un país libre de esas contrariedades que, en los casos más extremos en otras latitudes, han desgarrado a sociedades enteras y en algún momento las han colocado en un torbellino auto destructivo del cual sólo han podido librarse cuando la sensatez y los valores más positivos del ser humano se han sobrepuesto a la infamia. En ese sentido, la construcción de una cultura de tolerancia, paz y respeto a la diversidad étnica, racial y cultural en la sociedad panameña es un objetivo por alcanzar.
En el esfuerzo antes señalado, el Estado tiene una especial responsabilidad. A él corresponde el impulso de políticas públicas encaminadas a generar un entorno social que ofrezca igualdad de oportunidades para la realización plena de todos los individuos que concurren a la formación de la sociedad panameña.
Es impostergable generar esa voluntad y convicción, a nivel del Estado, que haga que éste sea uno de los principales actores en el proceso hacia la constitución de una sociedad respetuosa de la heterogeneidad de sus integrantes. La inclusión de sectores tradicionalmente marginados, acaso por su origen étnico o racial, a los distintos órdenes de los quehaceres nacionales constituye un paradigma al que no debemos renunciar como sociedad.
Este año, la observancia del Día Internacional Contra la Discriminación Racial cobra especial relevancia en vista de la celebración, en el mes de agosto próximo, de la Conferencia Mundial Contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia a verificarse en Durban, Sudáfrica. En este contexto, propongo que tomemos conciencia de los temas objeto de dicho evento y asumamos el firme propósito de ir erradicando sus manifestaciones abiertas y soterradas en nuestro país. Daríamos, así, su recto sentido a la fecha que sirve de justificación a estas breves acotaciones.
Se suele señalar, y convengo con ello, que Panamá es un "Crisol de Razas" que expresa la presencia de una vasta diversidad étnica, racial y cultural en su conformación. Existe un conjunto de razones de orden históricos que sustentan esa realidad que dota a nuestra nación de una riqueza humana y de particularidades que la distinguen en el conjunto de países que integran las Américas.
Sin embargo, y, contrario a esa realidad ampliamente aceptada, ha operado una histórica exclusión de muchos sectores de la misma en razón, entre otras, de la pigmentación que porta su piel. Es una de las contradicciones que los panameños y panameñas no hemos logrado resolver al cabo de casi cien años de vida republicana y que, paradójicamente, hemos arrastrado hacia este nuevo milenio.
Infortunadamente, el racismo, la discriminación racial y manifestaciones de intolerancia aún están presentes en la sociedad panameña y, en ocasiones, parecen aumentar. Ello nos obliga a todos y todas a prestar nuestro concurso para alcanzar un país libre de esas contrariedades que, en los casos más extremos en otras latitudes, han desgarrado a sociedades enteras y en algún momento las han colocado en un torbellino auto destructivo del cual sólo han podido librarse cuando la sensatez y los valores más positivos del ser humano se han sobrepuesto a la infamia. En ese sentido, la construcción de una cultura de tolerancia, paz y respeto a la diversidad étnica, racial y cultural en la sociedad panameña es un objetivo por alcanzar.
En el esfuerzo antes señalado, el Estado tiene una especial responsabilidad. A él corresponde el impulso de políticas públicas encaminadas a generar un entorno social que ofrezca igualdad de oportunidades para la realización plena de todos los individuos que concurren a la formación de la sociedad panameña.
Es impostergable generar esa voluntad y convicción, a nivel del Estado, que haga que éste sea uno de los principales actores en el proceso hacia la constitución de una sociedad respetuosa de la heterogeneidad de sus integrantes. La inclusión de sectores tradicionalmente marginados, acaso por su origen étnico o racial, a los distintos órdenes de los quehaceres nacionales constituye un paradigma al que no debemos renunciar como sociedad.
Este año, la observancia del Día Internacional Contra la Discriminación Racial cobra especial relevancia en vista de la celebración, en el mes de agosto próximo, de la Conferencia Mundial Contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia a verificarse en Durban, Sudáfrica. En este contexto, propongo que tomemos conciencia de los temas objeto de dicho evento y asumamos el firme propósito de ir erradicando sus manifestaciones abiertas y soterradas en nuestro país. Daríamos, así, su recto sentido a la fecha que sirve de justificación a estas breves acotaciones.