El año que no vivimos
El 1 de septiembre de 1999, en el Estadio Nacional, la Presidenta de la República, recién tomada posición de tal cargo, anunciaba la disminución radical de la pobreza, la profundización del progreso económico del país y otro grupo de bellezas que no me alcanzaría el tiempo para describir en dos cuartillas. Misteriosamente me da la impresión que los asistentes y los televidentes estaban más preocupados por el vestido de la nueva mandataria y por la personalidad extrovertida del Dr. Miguel Antonio Bernal, del cual se preguntaba el pueblo: "¿será o no será el jefe de protocolo?" E, incluso, los más incrédulos señalaban: "¿qué hace Bernal ahí?" Tal vez, entre los más pobres anidó, en ese momento, la esperanza de un buen gobierno y del cumplimiento de las promesas de la campaña política inmediatamente anterior. El cuerpo diplomático, probablemente, observó más allá del vestido estilo "Ejército de Salvación" y del viejo peinado estilo "casco" que no le asentaba nada bien a nuestra mandataria. Claro está, ese mismo cuerpo diplomático habría notado el poco recurso discursivo, y la lectura regular de la nueva mandataria.
Y empezó la fiesta... El jolgorio, la empollerada, la falta de personalidad para el mando, se hicieron sentir desde antes de la faraónica toma de posesión en el estadio. Ese día, la estrella fue una dama. No Mireya Moscoso Rodríguez, sino una mujer oriunda de la provincia de Darién, bautizada como Haydeé Milanés, casada con un señor de apellido Lay, y que proclamaba, de forma tajante, ser la "primera mujer negra presidenta de la Asamblea", ante la sonrisa de la eterna legisladora Balbina Herrera. Las protagonistas de ese día pasaron a ser la Sra. de Lay y la Sra. Herrera, mientras la Sra. Moscoso preparaba su vestido blanco como si fuese para una boda. El deprimente espectáculo de incapacidad mostrado por los legisladores arnulfistas los llevó a darle todo, con tal de impedir que Balbina y el PRD impusiesen al nuevo presidente de la Asamblea. Milanés de Lay cambió su posición y se sumó, junto a su partido, a un llamado "Pacto de La Pintada", y los legisladores arnulfistas cambiaron a la mujer de raza negra, por el de un hombre de raza india. De todas maneras, las minorías oprimidas (aunque sólo fuera simbólicamente) dominaron la Asamblea, durante el año que no vivimos.
De lo sublime a lo ridículo hay un paso. Y fue eso lo que se notó cuando el país vivió la falta absoluta de capacidad para mandar democráticamente ante la abierta resistencia de los comisionados de la CLICAC, de los directores de la ARI y de la Autoridad Marítima a renunciar de sus puestos, pese a la solicitud presidencial, la cual pasó a ser de una orden, a un bochornoso espectáculo que terminó, al menos en el caso de la Autoridad Marítima, en la movilización de tropas del "Ejército Privado Presidencial", llamado SPI.
Sin pena ni gloria, la Presidenta cosechó la obra del general Omar Torrijos y de generaciones de panameños al recibir de manos de Jimmy Carter, una llavesona que simbolizaba la entrega de parte de los norteamericanos del Canal de Panamá. Si el Partido Revolucionario Democrático no pone las masas populares ese día, el acto de transferencia del Canal hubiese estado circunscrito al vestido de la Presidenta y al avance o no de su capacidad para leer.
Luego, en el año que no vivimos, las ratas pasaron a ser las protagonistas principales cuando arruinaron el Carnaval de Las Tablas, causando pérdidas millonarias y sellando la suerte de un controversial asesor.
En materia económica, un economista, de nombre Lachman, señaló que estamos viviendo el "Efecto Mireya".
Es el año que no vivimos, porque las promesas hechas no se cumplieron, por lo tanto, no las vivimos. La señora de los brazos cruzados sobre los hombros firmó una carta de intención con el FMI, en la cual se compromete a privatizar los servicios del IDAAN y el Banco Hipotecario Nacional. Prestó oídos a la pretensión norteamericana de Fuerzas Visitantes (turistas con armas de guerra). Paralizó la reconversión agrícola, para terminar nombrando como ministro del MIDA a un hombre afiliado a la ideología de la globalización de los mercados. El sector agropecuario de país, el que más la apoyó, puede decir que este fue "el año que no vivimos", pues están igual que hace un año. Esperamos que este segundo año de la gestión de Mireya Moscoso tengamos algo más que brazos cruzados.
Y empezó la fiesta... El jolgorio, la empollerada, la falta de personalidad para el mando, se hicieron sentir desde antes de la faraónica toma de posesión en el estadio. Ese día, la estrella fue una dama. No Mireya Moscoso Rodríguez, sino una mujer oriunda de la provincia de Darién, bautizada como Haydeé Milanés, casada con un señor de apellido Lay, y que proclamaba, de forma tajante, ser la "primera mujer negra presidenta de la Asamblea", ante la sonrisa de la eterna legisladora Balbina Herrera. Las protagonistas de ese día pasaron a ser la Sra. de Lay y la Sra. Herrera, mientras la Sra. Moscoso preparaba su vestido blanco como si fuese para una boda. El deprimente espectáculo de incapacidad mostrado por los legisladores arnulfistas los llevó a darle todo, con tal de impedir que Balbina y el PRD impusiesen al nuevo presidente de la Asamblea. Milanés de Lay cambió su posición y se sumó, junto a su partido, a un llamado "Pacto de La Pintada", y los legisladores arnulfistas cambiaron a la mujer de raza negra, por el de un hombre de raza india. De todas maneras, las minorías oprimidas (aunque sólo fuera simbólicamente) dominaron la Asamblea, durante el año que no vivimos.
De lo sublime a lo ridículo hay un paso. Y fue eso lo que se notó cuando el país vivió la falta absoluta de capacidad para mandar democráticamente ante la abierta resistencia de los comisionados de la CLICAC, de los directores de la ARI y de la Autoridad Marítima a renunciar de sus puestos, pese a la solicitud presidencial, la cual pasó a ser de una orden, a un bochornoso espectáculo que terminó, al menos en el caso de la Autoridad Marítima, en la movilización de tropas del "Ejército Privado Presidencial", llamado SPI.
Sin pena ni gloria, la Presidenta cosechó la obra del general Omar Torrijos y de generaciones de panameños al recibir de manos de Jimmy Carter, una llavesona que simbolizaba la entrega de parte de los norteamericanos del Canal de Panamá. Si el Partido Revolucionario Democrático no pone las masas populares ese día, el acto de transferencia del Canal hubiese estado circunscrito al vestido de la Presidenta y al avance o no de su capacidad para leer.
Luego, en el año que no vivimos, las ratas pasaron a ser las protagonistas principales cuando arruinaron el Carnaval de Las Tablas, causando pérdidas millonarias y sellando la suerte de un controversial asesor.
En materia económica, un economista, de nombre Lachman, señaló que estamos viviendo el "Efecto Mireya".
Es el año que no vivimos, porque las promesas hechas no se cumplieron, por lo tanto, no las vivimos. La señora de los brazos cruzados sobre los hombros firmó una carta de intención con el FMI, en la cual se compromete a privatizar los servicios del IDAAN y el Banco Hipotecario Nacional. Prestó oídos a la pretensión norteamericana de Fuerzas Visitantes (turistas con armas de guerra). Paralizó la reconversión agrícola, para terminar nombrando como ministro del MIDA a un hombre afiliado a la ideología de la globalización de los mercados. El sector agropecuario de país, el que más la apoyó, puede decir que este fue "el año que no vivimos", pues están igual que hace un año. Esperamos que este segundo año de la gestión de Mireya Moscoso tengamos algo más que brazos cruzados.