El colapso de la educación superior
Hay varios factores a los cuales podemos atribuir el deterioro galopante de la educación superior en Panamá hasta ponerla, como está, al borde de un estrepitoso colapso. No obstante, la masificación, la politiquería y el ostracismo constituyen las causas fundamentales de este retroceso, de esta involución, que se observa en las universidades públicas (UP, UNACHI) donde la excelencia se ha tornado en una especie de rara avis que diariamente resulta avasallada por la mediocridad y la politiquería barata (de administrativos, estudiantes y profesores) que de un tiempo a esta parte se ha venido apoderado del quehacer universitario. Y cuando hablamos de masificación no estamos hablando de amor al pueblo o, lo que es lo mismo, deseo de que la gente humilde se eduque.
Estamos hablando de corrupción y politiquería. Porque, por ejemplo, se nos ha antojado que las universidades deben ser democráticas (populacheras, politiqueras) en vez de aristocráticas. Hablo de la aristocracia del saber. Del gobierno de profesores, investigadores, activistas culturales, estudiantes, que quieren aprender y enseñar en un clima de decencia y de excelencia; de un gobierno universitario donde se premie y se reconozca la capacidad y la consagración de sus componentes y no el servilismo de éstos hacia la administración de turno.
Las universidades públicas de este país están virtualmente colapsadas. Colapsadas por la masificación, por la mediocridad y la politiquería. Desde hace rato -cuando a nuestros políticos criollos se les ocurrió que las autoridades universitarias deberían ser escogidas democráticamente- hemos procedido a sacrificar la calidad por la cantidad. Las universidades públicas crecen numéricamente. Pero en el plano académico, científico y cultural se hallan estancadas (no puede decirse que retroceden porque hacia atrás hay bastante evidencias personales e institucionales de lo que hoy llamamos excelencia académica).
Para nadie es un secreto que se aprueban cursos y nuevas carreras no pensando en los estudiantes sino pensando en cómo hacerle horas o nuevas plazas de trabajo a los electores (administrativos, estudiantes y docentes), a quienes hay que mantener contentos, disponibles, para que voten a favor o en contra de determinado candidato.
Esta masificación es repugnante. Porque en nuestras universidades públicas se matriculan estudiantes que no quieren estudiar sino aprovechar el clima de jolgorio (hasta de impunidad) que existe en estas corporaciones de educación superior que irresponsablemente han derrochado y siguen derrochando millones de balboas de los contribuyentes. Porque la masificación estudiantil implica asimismo masificar la docencia hasta convertir a ésta en una negación tácita de la propia misión de la universidad. Habrá excepciones, pero lo que uno percibe como estudiante es improvisación, mediocridad, terrorismo, estrechez mental, mala fe, papagayismo, porque nadie se puede rebelar o exigir sus derechos frente a un docente que lleve estampada en su frente el ferrete indeleble de la politiquería o de la protección del rector de turno.
Estos docentes de pacotilla, por su servilismo, llegan a regularizarse y a cobrar altos salarios por una labor mediocre, deletérea, que lo único que hace es sumergirnos en el fango del ostracismo. ¡Ostracismo, sí! Porque sí hay gente honrada, capaz, trabajadora, en la universidades públicas. Pero es una minoría. Pero en el bando de la mayoría tenemos a gente descomprometida (politiqueros, celestinas, burócratas, promotores de jolgorios, maquillistas) que hace de todo, menos coadyuvar a la consecución de los fines y objetivos que se hallan establecidos en la Ley y el Estatuto universitarios.
Hemos institucionalizado la ignorancia. Pero a un precio demasiado alto. Porque mantener contentos a los electores universitarios (profesores, estudiantes y administrativos) nos ha llevado al despilfarro y a la impunidad. Y la impunidad, al colapso. Tenemos no sólo los profesores mejor pagados de toda la región latinoamericana, sino también -exceptuando lo que haya que exceptuarse- a los menos productivos y comprometidos con los problemas y aspiraciones de la sociedad. Reciclamos nuestra propia ignorancia y la presentamos a la sociedad como un producto nuevo de buena calidad. Y cobramos un Potosí por ello. Y así por el estilo.
¿Universidad o impunidad? ¿Conciencia crítica de la nación o instituciones reaccionarias, egoístas, donde sólo cuentan las ambiciones personales de los elegidos y/o elegibles y electores? A la mafia de las asociaciones seudo estudiantiles no se le cobra alquiler, luz eléctrica, agua ni teléfono y muchas veces ni la misma matrícula. Las nuestras tienen más de mercados persas que de universidades. Aquí todo mundo tiene derechos, menos deberes. Y todos los años las partidas asignadas a las universidades públicas se quedan cortas. Algunos dicen que es porque estamos creciendo. Pero es mentira. Las universidades públicas se hinchan, pero no crecen académica y espiritualmente. Y si no se aplican correctivos, si no somos capaces de criticarnos y de frenar esta proclividad hacia la politiquería, esperemos un colapso amargo e inevitable.
¿Y quiénes serán los primeros sacrificados para que los estamentos universitarios transitoriamente sigan disfrutando de este jolgorio de privilegios que se ha establecido en nombre de la democratización de la vida universitaria? A corto plazo, los estudiantes. El costo de las matrículas se irá incrementando hasta que finalmente la gente humilde -que realmente quiere y puede estudiar- quede sin acceso a la educación superior. Pero al final del cuento, todos los universitarios corremos el riesgo de quedar en la calle vendiendo tiliches: no sólo porque las universidades privadas se incrementan sino también porque estas instituciones de educación superior no podrán soportar el incremento incesante de la politiquería, de la burocracia y la esterilidad de nuestro propio quehacer seudo universitario.
Estamos hablando de corrupción y politiquería. Porque, por ejemplo, se nos ha antojado que las universidades deben ser democráticas (populacheras, politiqueras) en vez de aristocráticas. Hablo de la aristocracia del saber. Del gobierno de profesores, investigadores, activistas culturales, estudiantes, que quieren aprender y enseñar en un clima de decencia y de excelencia; de un gobierno universitario donde se premie y se reconozca la capacidad y la consagración de sus componentes y no el servilismo de éstos hacia la administración de turno.
Las universidades públicas de este país están virtualmente colapsadas. Colapsadas por la masificación, por la mediocridad y la politiquería. Desde hace rato -cuando a nuestros políticos criollos se les ocurrió que las autoridades universitarias deberían ser escogidas democráticamente- hemos procedido a sacrificar la calidad por la cantidad. Las universidades públicas crecen numéricamente. Pero en el plano académico, científico y cultural se hallan estancadas (no puede decirse que retroceden porque hacia atrás hay bastante evidencias personales e institucionales de lo que hoy llamamos excelencia académica).
Para nadie es un secreto que se aprueban cursos y nuevas carreras no pensando en los estudiantes sino pensando en cómo hacerle horas o nuevas plazas de trabajo a los electores (administrativos, estudiantes y docentes), a quienes hay que mantener contentos, disponibles, para que voten a favor o en contra de determinado candidato.
Esta masificación es repugnante. Porque en nuestras universidades públicas se matriculan estudiantes que no quieren estudiar sino aprovechar el clima de jolgorio (hasta de impunidad) que existe en estas corporaciones de educación superior que irresponsablemente han derrochado y siguen derrochando millones de balboas de los contribuyentes. Porque la masificación estudiantil implica asimismo masificar la docencia hasta convertir a ésta en una negación tácita de la propia misión de la universidad. Habrá excepciones, pero lo que uno percibe como estudiante es improvisación, mediocridad, terrorismo, estrechez mental, mala fe, papagayismo, porque nadie se puede rebelar o exigir sus derechos frente a un docente que lleve estampada en su frente el ferrete indeleble de la politiquería o de la protección del rector de turno.
Estos docentes de pacotilla, por su servilismo, llegan a regularizarse y a cobrar altos salarios por una labor mediocre, deletérea, que lo único que hace es sumergirnos en el fango del ostracismo. ¡Ostracismo, sí! Porque sí hay gente honrada, capaz, trabajadora, en la universidades públicas. Pero es una minoría. Pero en el bando de la mayoría tenemos a gente descomprometida (politiqueros, celestinas, burócratas, promotores de jolgorios, maquillistas) que hace de todo, menos coadyuvar a la consecución de los fines y objetivos que se hallan establecidos en la Ley y el Estatuto universitarios.
Hemos institucionalizado la ignorancia. Pero a un precio demasiado alto. Porque mantener contentos a los electores universitarios (profesores, estudiantes y administrativos) nos ha llevado al despilfarro y a la impunidad. Y la impunidad, al colapso. Tenemos no sólo los profesores mejor pagados de toda la región latinoamericana, sino también -exceptuando lo que haya que exceptuarse- a los menos productivos y comprometidos con los problemas y aspiraciones de la sociedad. Reciclamos nuestra propia ignorancia y la presentamos a la sociedad como un producto nuevo de buena calidad. Y cobramos un Potosí por ello. Y así por el estilo.
¿Universidad o impunidad? ¿Conciencia crítica de la nación o instituciones reaccionarias, egoístas, donde sólo cuentan las ambiciones personales de los elegidos y/o elegibles y electores? A la mafia de las asociaciones seudo estudiantiles no se le cobra alquiler, luz eléctrica, agua ni teléfono y muchas veces ni la misma matrícula. Las nuestras tienen más de mercados persas que de universidades. Aquí todo mundo tiene derechos, menos deberes. Y todos los años las partidas asignadas a las universidades públicas se quedan cortas. Algunos dicen que es porque estamos creciendo. Pero es mentira. Las universidades públicas se hinchan, pero no crecen académica y espiritualmente. Y si no se aplican correctivos, si no somos capaces de criticarnos y de frenar esta proclividad hacia la politiquería, esperemos un colapso amargo e inevitable.
¿Y quiénes serán los primeros sacrificados para que los estamentos universitarios transitoriamente sigan disfrutando de este jolgorio de privilegios que se ha establecido en nombre de la democratización de la vida universitaria? A corto plazo, los estudiantes. El costo de las matrículas se irá incrementando hasta que finalmente la gente humilde -que realmente quiere y puede estudiar- quede sin acceso a la educación superior. Pero al final del cuento, todos los universitarios corremos el riesgo de quedar en la calle vendiendo tiliches: no sólo porque las universidades privadas se incrementan sino también porque estas instituciones de educación superior no podrán soportar el incremento incesante de la politiquería, de la burocracia y la esterilidad de nuestro propio quehacer seudo universitario.