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El combate contra la pobreza


La pobreza es un flagelo que ha azotado a la humanidad desde los tiempos inmemoriales, pero la toma de conciencia sobre sus estragos y la necesidad de remediarla son de reciente data, en términos comparativos.
Las primeras acciones internadas para aliviar la pobreza tuvieron un matiz caritativo y no de obligación. Ayudar a los pobres era considerado un acto humanitario o de filantropía que rodeaba a quienes los practicaban de una aureola de seres bondadosos y merecedores del reconocimiento público.
Las acciones caritativas para contribuir a aliviar la pobreza se siguen practicando y la mayoría de ellas son merecedoras de elogio y de estímulo, pero en los tiempos en que vivimos a nadie escapa que esas acciones no resolverán el problema y, sobretodo, que el combate contra la pobreza es la principal obligación de cada una de nuestras sociedades y de la comunidad internacional.
Al surgir durante el siglo veinte las organizaciones políticas globales, como las Naciones Unidas o el Fondo Monetario, y las regionales, como la Organización de los Estados Americanos (OEA) o la Organización de la Unidad Africana (OUA), todas, sin excepción, colocaron el problema de la pobreza al tope de sus respectivas agendas.
Si se contaran todas las conferencias y reuniones de diferente índole que se han dedicado a elaborar programas y estrategias encaminadas a resolver el problema de la pobreza y cada una hubiera producido como resultado siquiera una reducción de una décima de un punto porcentual, hace mucho tiempo que los pobres habrían desaparecido. Tantas reuniones y tantos planes han servido de muy poco.
Las cifras de la pobreza son cada día más dramáticas, con el agravante de que los países subdesarrollados, en los que se concentran las cifras más alarmantes, cada vez cuentan con menos medios para buscarle solución, como resultado del intercambio comercial desfavorable que sigue concentrando la riqueza en los países más ricos, a expensas de los más pobres.
Después de más de medio siglo de haber puesto en práctica incontables "programas de desarrollo", financiados por las organizaciones internacionales de crédito, o por préstamos y "ayudas" bilaterales, los índices de la pobreza han aumentado en vez de disminuir. Y en el horizonte no se vislumbra que podemos revertir la tendencia al agravamiento.
Recientemente, las organizaciones internacionales parecen haber tomado conciencia, aunque no estén dispuestas a admitirlo, que ellas son responsables por el panorama desolador que enfrentan las naciones pobres. Sus famosos "programas de ajuste" no han sido la fórmula salvadora y sus efectos, unidos a los de la globalización que ellos han patrocinado, repercuten, principalmente, sobre los sectores más desposeídos de nuestros países.
No son ya pocas las voces que, incluso dentro de los propios organismos internacionales de crédito, reclaman que éstos dediquen más recursos a financiar programas de alivio a la pobreza. En igual sentido, dentro del mundo de los países desarrollados, también se escuchan voces que reclaman que los países ricos compartan su bienestar con los países pobres, no sólo como un deber moral sino, además, porque les conviene que se amplíen los mercados para sus exportaciones.
Esta "sensibilización" que parece estar tomando cuerpo, tanto en las organizaciones financieras internacionales como en los países desarrollados, sería más positiva si no persistiera, como también es perceptible, la intención de seguir imponiéndonos condicionalidades de difícil cumplimiento para poder acceder a las nuevas modalidades de las "ayudas", especialmente, aquellas diseñadas para aliviar el peso de la deuda pública.
A lo interno de nuestros países ocurre algo semejante. La pobreza que castiga a casi la mitad de la población panameña, es, en gran medida, el producto de la pésima distribución de los recursos. Somos el segundo o tercer país con el peor índice de distribución de la riqueza. Y el sistema imperante, con sus injusticias tributarias, de precios inflados por los intermediarios, de créditos duros y de salarios estancados, no contribuirá a cerrar la brecha entre ricos y pobres.
Patrocinado por el sector empresarial, se acaba de celebrar CADE 2000, dedicado a analizar el tema de la pobreza. Esa iniciativa es oportuna. Con su realización, nuestro sector empresarial reconoce que el problema es verdaderamente grave y, también, que hay que enfrentarlo con urgencia. Hasta allí va bien. Después de que concluyan las deliberaciones y transcurra un poco de tiempo, podremos comprobar si "la sensibilización" es sólo, como ocurre en muchos casos, para ponerse a la moda o, y esto sería lo positivo, un preámbulo de que hay la intención de asumir compromisos efectivos.
No tendremos que esperar mucho, sobre la mesa están las negociaciones para la revisión del salario mínimo y sus resultados hablarán más claro que mil palabras.

101 años de Panamá América

 
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