El desafío chino
Mientras Estados Unidos cruza los dedos para que su maltrecha economía recupere su vigor perdido y Rusia procura acostumbrarse a su actual papel segundón en la política internacional, China hacía gala el miércoles de derroche de avance tecnológico y militar, con el exitoso lanzamiento y aterrizaje de su primera nave espacial tripulada. El mundo, por fin, distraído en mil problemas, contuvo su aliento. El desafío chino se hacía realidad cumpliendo el vaticinio premonitorio de Napoleón 200 años atrás.
Shenzhou, "La nave divina", aterrizó suavemente en Mongolia, después de dar 14 vueltas a la Tierra, llevando a bordo al astronauta también chino, Yanliwei. La nave fue impulsada por un cohete Larga Marcha 2F, completando un arriesgado y secreto proyecto que coloca al gigante asiático en tercer lugar en la carrera espacial, asombroso para un país agrícola del cual se decía hace 50 años que moría de hambre.
Fuera de lo dicho, ¿qué significa ese éxito? Obviamente, China se alianza como la tercera potencia mundial. Y es de esperar que en las próximas décadas la veremos crecer para competir con Estados Unidos por la supremacía del planeta en todos los órdenes. No será tan fácil ya empujarla en asuntos tales como la devaluación de su moneda, el yuan.
Además, es la mejor propaganda para su industria espacial, que constituye un lucrativo negocio para las empresas especializadas en el lanzamiento de satélites de comunicación e investigaciones. Hasta ahora rivalizan en ese campo, Estados Unidos, Rusia, Francia y la propia China. La Shenzhou pesa casi 8 toneladas, bastante más que cualquiera carga comercial espacial de la actualidad.
Otra implicación es militar. El hecho confirma que China está hoy en condiciones de alcanzar con su cohetería atómica cualquier punto del planeta con precisión no menor a la que tuvo al traer de regreso a Tierra a su nave espacial al sitio donde era aguardada luego de circundar varias veces el globo. En otras palabras, si hoy el mundo siente escalofríos ante las bravatas de Corea del Norte, ¿qué no sentiría frente a una China dispuesta a reclamar su lugar en el concierto de potencias mundiales?
Shenzhou, "La nave divina", aterrizó suavemente en Mongolia, después de dar 14 vueltas a la Tierra, llevando a bordo al astronauta también chino, Yanliwei. La nave fue impulsada por un cohete Larga Marcha 2F, completando un arriesgado y secreto proyecto que coloca al gigante asiático en tercer lugar en la carrera espacial, asombroso para un país agrícola del cual se decía hace 50 años que moría de hambre.
Fuera de lo dicho, ¿qué significa ese éxito? Obviamente, China se alianza como la tercera potencia mundial. Y es de esperar que en las próximas décadas la veremos crecer para competir con Estados Unidos por la supremacía del planeta en todos los órdenes. No será tan fácil ya empujarla en asuntos tales como la devaluación de su moneda, el yuan.
Además, es la mejor propaganda para su industria espacial, que constituye un lucrativo negocio para las empresas especializadas en el lanzamiento de satélites de comunicación e investigaciones. Hasta ahora rivalizan en ese campo, Estados Unidos, Rusia, Francia y la propia China. La Shenzhou pesa casi 8 toneladas, bastante más que cualquiera carga comercial espacial de la actualidad.
Otra implicación es militar. El hecho confirma que China está hoy en condiciones de alcanzar con su cohetería atómica cualquier punto del planeta con precisión no menor a la que tuvo al traer de regreso a Tierra a su nave espacial al sitio donde era aguardada luego de circundar varias veces el globo. En otras palabras, si hoy el mundo siente escalofríos ante las bravatas de Corea del Norte, ¿qué no sentiría frente a una China dispuesta a reclamar su lugar en el concierto de potencias mundiales?