El desafío inmediato
El trascendental acto de la transferencia del Canal a manos panameñas que vivimos el pasado 31 de diciembre, que mereció una amplísima cobertura de los medios internacionales de comunicación, fue destacado como el punto final de una larga lucha que duró 96 años. Eso es cierto. Sin embargo, ese momento cumbre por el que lucharon y se sacrificaron muchas generaciones de compatriotas es más un punto de partida que una conclusión.
Nuestro país nació formalmente a la vida independiente en 1903, pero con la parte más importante de su territorio bajo el control, a perpetuidad, de un poder extranjero. La nuestra fue, en consecuencia, una independencia mediatizada que sólo ha llegado a perfeccionarse con la recuperación del control sobre todo nuestro territorio y del Canal en él construido.
A partir del instante en que quedó perfeccionado el traspaso de la propiedad del canal interoceánico, somos una nación diferente; con mejores posibilidades para alcanzar el desarrollo, pero también con mayores retos por superar.
¿Cómo debemos los panameños enfrentar esta nueva etapa de nuestra vida como nación, ahora que somos dueños absolutos de nuestros recursos y verdaderamente independientes? ¿Cómo debe ser el Panamá del siglo XXI? Eso, dependerá de nuestra capacidad para sentar hoy las bases sobre las cuales construiremos el mañana.
Todo lo que como nación hemos vivido cuenta, pero el futuro, que es lo que ahora importa, es para lo que tenemos que prepararnos. Durante los 96 años que llevamos de exitencia como país independiente hemos tenido, al igual que otras naciones, avances y retrocesos, con sus saldos positivos y negativos. Lo importante es qué enseñanza hemos sacado de unos y otros.
Después de haber vivido décadas de una democracia más formal que real, vino la noche oscura de la dictadura que, indudablemente, dejó sus secuelas de las que todavía no nos hemos recuperado. Hemos vuelto a la democracia, pero falta mucho para perfeccionarla. Las desigualdades económicas y sociales han aumentado, lanzado a la marginalidad a casi el 50% de nuestra población que se debate entre la pobreza y la miseria. No existe una visión del futuro que la mayoría sintamos como nuestra.
La nación que consolidamos al mediodía del pasado 31 de diciembre está ahora, exclusivamente, en nuestras manos y, por tanto, sólo a nosotros nos cabe la responsabilidad de su futuro.
¿Por dónde comenzar a buscar el derrotero que nos asegure un porvenir próspero? Para poder avanzar en esa dirección, debemos encontrar la forma de llegar a una verdadera concertación nacional. La realidad es que estamos divididos en múltiples parcelas de intereses sectarios que impiden construir una visión compartida del futuro nacional.
Una visión nacional compartida, en mi opinión, sólo es posible si previamente se define una agenda de Estado, producto del más amplio consenso. Y para poder integrar una agenda de Estado es necesario que quienes ejercen el liderazgo de la sociedad política y de la sociedad civil no se excluyan mutuamente y estén dispuestos a dialogar sin pretensiones impositivas, como si cada uno fuera el dueño de la verdad absoluta.
Si no hay condiciones para el diálogo o si pretendemos resolverlo todo no resolveremos nada. Por eso, creo que para poder avanzar en la construcción de esa visión compartida del nuevo Panamá es necesario que se cumplan, por lo menos, varios requisitos fundamentales:
El primero, es el reconocimiento de que el país necesita una Agenda de Estado. El segundo, es el compromiso de aceptar dialogar dejando a un lado los intereses sectarios que impiden pensar con visión nacional. El tercero, debe ser colocar el problema de la pobreza y la marginalidad como la primera e impostergable prioridad de cualquier futura Agenda de Estado bajo el entendimiento previo de que su solución sólo es posible mediante el esfuerzo combinado de la sociedad política y la sociedad civil.
¿Quién toma la iniciativa? Creo que le corresponde a quienes tienen la responsabilidad de la conducción política del Estado. Y así, formalmente, lo propongo.
Nuestro país nació formalmente a la vida independiente en 1903, pero con la parte más importante de su territorio bajo el control, a perpetuidad, de un poder extranjero. La nuestra fue, en consecuencia, una independencia mediatizada que sólo ha llegado a perfeccionarse con la recuperación del control sobre todo nuestro territorio y del Canal en él construido.
A partir del instante en que quedó perfeccionado el traspaso de la propiedad del canal interoceánico, somos una nación diferente; con mejores posibilidades para alcanzar el desarrollo, pero también con mayores retos por superar.
¿Cómo debemos los panameños enfrentar esta nueva etapa de nuestra vida como nación, ahora que somos dueños absolutos de nuestros recursos y verdaderamente independientes? ¿Cómo debe ser el Panamá del siglo XXI? Eso, dependerá de nuestra capacidad para sentar hoy las bases sobre las cuales construiremos el mañana.
Todo lo que como nación hemos vivido cuenta, pero el futuro, que es lo que ahora importa, es para lo que tenemos que prepararnos. Durante los 96 años que llevamos de exitencia como país independiente hemos tenido, al igual que otras naciones, avances y retrocesos, con sus saldos positivos y negativos. Lo importante es qué enseñanza hemos sacado de unos y otros.
Después de haber vivido décadas de una democracia más formal que real, vino la noche oscura de la dictadura que, indudablemente, dejó sus secuelas de las que todavía no nos hemos recuperado. Hemos vuelto a la democracia, pero falta mucho para perfeccionarla. Las desigualdades económicas y sociales han aumentado, lanzado a la marginalidad a casi el 50% de nuestra población que se debate entre la pobreza y la miseria. No existe una visión del futuro que la mayoría sintamos como nuestra.
La nación que consolidamos al mediodía del pasado 31 de diciembre está ahora, exclusivamente, en nuestras manos y, por tanto, sólo a nosotros nos cabe la responsabilidad de su futuro.
¿Por dónde comenzar a buscar el derrotero que nos asegure un porvenir próspero? Para poder avanzar en esa dirección, debemos encontrar la forma de llegar a una verdadera concertación nacional. La realidad es que estamos divididos en múltiples parcelas de intereses sectarios que impiden construir una visión compartida del futuro nacional.
Una visión nacional compartida, en mi opinión, sólo es posible si previamente se define una agenda de Estado, producto del más amplio consenso. Y para poder integrar una agenda de Estado es necesario que quienes ejercen el liderazgo de la sociedad política y de la sociedad civil no se excluyan mutuamente y estén dispuestos a dialogar sin pretensiones impositivas, como si cada uno fuera el dueño de la verdad absoluta.
Si no hay condiciones para el diálogo o si pretendemos resolverlo todo no resolveremos nada. Por eso, creo que para poder avanzar en la construcción de esa visión compartida del nuevo Panamá es necesario que se cumplan, por lo menos, varios requisitos fundamentales:
El primero, es el reconocimiento de que el país necesita una Agenda de Estado. El segundo, es el compromiso de aceptar dialogar dejando a un lado los intereses sectarios que impiden pensar con visión nacional. El tercero, debe ser colocar el problema de la pobreza y la marginalidad como la primera e impostergable prioridad de cualquier futura Agenda de Estado bajo el entendimiento previo de que su solución sólo es posible mediante el esfuerzo combinado de la sociedad política y la sociedad civil.
¿Quién toma la iniciativa? Creo que le corresponde a quienes tienen la responsabilidad de la conducción política del Estado. Y así, formalmente, lo propongo.