El discurso político ausente de moral
LA SEMANA pasada, recuerden, escribí sobre el imperativo ético o moral de Kant: "Obra de tal manera que puedas querer que la norma de tu conducta sea erigida en norma de conducta universal"; es decir, que tu actuar o tus acciones, conductas y comportamientos sean de tal o cual modo de ejemplares que de ellas puedas erigir o construir una norma de vigencia y aplicación universal.
Hoy quiero presentarles el imperativo categórico jurídico kantiano: "Obra de tal manera que el uso de tu libertad pueda coexistir con la libertad de los demás según una norma universal de libertad". Si el ejercicio ético de nuestras acciones y conductas, tanto en lo personal como en el plano laboral o cualesquiera sea, pone de relieve acciones y conductas ilícitas o inmorales que desdicen de nuestros buenos planes y proyectos, entonces hay que salir al paso para censurar la mentira y la falacia; la perversión y la hipocresía; la miseria disfrazada de solidaridad y ejemplaridad.
En fin, no podemos permitirnos que en Panamá, ni en ninguna parte del resto de América Latina, nuestra "América India", mentirosos arriben al poder y una vez en la cumbre de él ignoren y soslayen a un pueblo que sólo anda en búsqueda de hombres buenos y nobles. Es menester que quienes aspiran a ejercer la primera magistratura del Estado, esto es la Presidencia de la República, prediquen con el ejemplo a través de las buenas acciones. Eso es aplicable y exigible a quienes coejercen poder político. No basta con el discurso casi rancio "del país que queremos todos" y que pronunciemos patéticos discursos de "un Panamá mejor"; que se empleen frases que, de una u otra manera, han calado y que han sido acuñadas en la jerga política del pueblo panameño; que se predique bondad y que nos rompamos las vestiduras diciendo que amamos a este pueblo; que nos olvidemos de los pobres y de los necesitados de justicia en este suelo y que, por otra parte, con quienes tenemos pleitos o causas pendientes les neguemos toda posibilidad de arreglo o de entendimientos justos; que dejemos a la buena ventura a hombres y mujeres humildes de este suelo a sabiendas que no pueden pelear con los poderosos y que la justicia para ellos, es decir, para los humildes, no existe en este terruño.
Para muestra un botón: Conocemos de un caso, cuyos hechos consisten en lo siguiente. El camión iba en reversa o retroceso; el estruendoso bullicio de las máquinas impedía que el conductor del camión escuchara los alaridos o gritos de dolor de la víctima. De pronto, en cuestión de instantes, advino lo trágico: el camión atrapó la débil contextura del labriego y la mitad del cuerpo, cintura abajo, quedó entre las fuertes láminas traseras del camión y la rampa construida a base de puro concreto y piedras. El impacto del golpe y la presión ejercida por el camión contra la rampa causaron la quebradura del hueso iliaco y como efecto inmediato, amén de la tragedia, quedó impotente para toda su vida. Si desea un segundo de placer sexual con su esposa, ambos todavía jóvenes, debe comprar un costoso medicamento cuyo valor ronda los setenta dólares. ¡Setenta dólares le cuesta a este humilde hombre del pueblo tener segundos de placer con su esposa y madre de sus hijos! El trauma se hace acompañar de una comadre miserable llamada pobreza; la pobreza escucha la voz del menosprecio que causa la negación de "no hay trabajo para Usted"; y así, entre llantos, tristezas mil y dolores por doquier, sumando a ellos la imposibilidad de que cada año no pueda enviar a sus hijos a la escuela y se arma de mecanismos impensados para hacerlo, ve fluctuar su vida, su hogar y lo poco que le queda de existencia.
Ese es apena un retrato de miles y cientos de miles de panameños que, en este país, parecieran vivir en "el país de las oscuras maravillas". No ha habido empresario alguno que le haga justicia a este ser humano, a este semejante. Todo le ha sido negado. No hay cabida a un reparo moral o económico. Ya van largos años de pleito inacabable. Sin embargo, escuchamos de muchos políticos, todos ellos de palestra pública, predicar bienestar futuro del pueblo, pero qué mal tratan a un hijo de las entrañas mismas de esta nación. Hablan de justicia social, de bienestar común, de progreso y desarrollo de nuestra gente humilde. A veces los advertimos abrazando a los hijos del pueblo, los exhortan a seguir adelante, les dicen que los aman y que quieren lo mejor para ellos y que deben de estudiar para ser alguien en la vida. De seguro que los menos indicados para presentarse como paradigmas ante nuestros niños y jóvenes son los políticos que hemos conocido, salvo contadas y my raras excepciones. Pero, contrario de lo que se predica, Arcadio González sigue muriéndose de hambre y con él su mujer, sus hijos y se extinguen con ellos, en medio del hambre y la pobreza, día a día, las expectativas y esperanzas de una justa indemnización. Y volveremos a los cantos de sirena de lo mismo: el discurso de aparente bondad.
(abog27172010@hotmail.com)
Hoy quiero presentarles el imperativo categórico jurídico kantiano: "Obra de tal manera que el uso de tu libertad pueda coexistir con la libertad de los demás según una norma universal de libertad". Si el ejercicio ético de nuestras acciones y conductas, tanto en lo personal como en el plano laboral o cualesquiera sea, pone de relieve acciones y conductas ilícitas o inmorales que desdicen de nuestros buenos planes y proyectos, entonces hay que salir al paso para censurar la mentira y la falacia; la perversión y la hipocresía; la miseria disfrazada de solidaridad y ejemplaridad.
En fin, no podemos permitirnos que en Panamá, ni en ninguna parte del resto de América Latina, nuestra "América India", mentirosos arriben al poder y una vez en la cumbre de él ignoren y soslayen a un pueblo que sólo anda en búsqueda de hombres buenos y nobles. Es menester que quienes aspiran a ejercer la primera magistratura del Estado, esto es la Presidencia de la República, prediquen con el ejemplo a través de las buenas acciones. Eso es aplicable y exigible a quienes coejercen poder político. No basta con el discurso casi rancio "del país que queremos todos" y que pronunciemos patéticos discursos de "un Panamá mejor"; que se empleen frases que, de una u otra manera, han calado y que han sido acuñadas en la jerga política del pueblo panameño; que se predique bondad y que nos rompamos las vestiduras diciendo que amamos a este pueblo; que nos olvidemos de los pobres y de los necesitados de justicia en este suelo y que, por otra parte, con quienes tenemos pleitos o causas pendientes les neguemos toda posibilidad de arreglo o de entendimientos justos; que dejemos a la buena ventura a hombres y mujeres humildes de este suelo a sabiendas que no pueden pelear con los poderosos y que la justicia para ellos, es decir, para los humildes, no existe en este terruño.
Para muestra un botón: Conocemos de un caso, cuyos hechos consisten en lo siguiente. El camión iba en reversa o retroceso; el estruendoso bullicio de las máquinas impedía que el conductor del camión escuchara los alaridos o gritos de dolor de la víctima. De pronto, en cuestión de instantes, advino lo trágico: el camión atrapó la débil contextura del labriego y la mitad del cuerpo, cintura abajo, quedó entre las fuertes láminas traseras del camión y la rampa construida a base de puro concreto y piedras. El impacto del golpe y la presión ejercida por el camión contra la rampa causaron la quebradura del hueso iliaco y como efecto inmediato, amén de la tragedia, quedó impotente para toda su vida. Si desea un segundo de placer sexual con su esposa, ambos todavía jóvenes, debe comprar un costoso medicamento cuyo valor ronda los setenta dólares. ¡Setenta dólares le cuesta a este humilde hombre del pueblo tener segundos de placer con su esposa y madre de sus hijos! El trauma se hace acompañar de una comadre miserable llamada pobreza; la pobreza escucha la voz del menosprecio que causa la negación de "no hay trabajo para Usted"; y así, entre llantos, tristezas mil y dolores por doquier, sumando a ellos la imposibilidad de que cada año no pueda enviar a sus hijos a la escuela y se arma de mecanismos impensados para hacerlo, ve fluctuar su vida, su hogar y lo poco que le queda de existencia.
Ese es apena un retrato de miles y cientos de miles de panameños que, en este país, parecieran vivir en "el país de las oscuras maravillas". No ha habido empresario alguno que le haga justicia a este ser humano, a este semejante. Todo le ha sido negado. No hay cabida a un reparo moral o económico. Ya van largos años de pleito inacabable. Sin embargo, escuchamos de muchos políticos, todos ellos de palestra pública, predicar bienestar futuro del pueblo, pero qué mal tratan a un hijo de las entrañas mismas de esta nación. Hablan de justicia social, de bienestar común, de progreso y desarrollo de nuestra gente humilde. A veces los advertimos abrazando a los hijos del pueblo, los exhortan a seguir adelante, les dicen que los aman y que quieren lo mejor para ellos y que deben de estudiar para ser alguien en la vida. De seguro que los menos indicados para presentarse como paradigmas ante nuestros niños y jóvenes son los políticos que hemos conocido, salvo contadas y my raras excepciones. Pero, contrario de lo que se predica, Arcadio González sigue muriéndose de hambre y con él su mujer, sus hijos y se extinguen con ellos, en medio del hambre y la pobreza, día a día, las expectativas y esperanzas de una justa indemnización. Y volveremos a los cantos de sirena de lo mismo: el discurso de aparente bondad.
(abog27172010@hotmail.com)