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El disparate de equiparar la edad con la capacidad


HACE UNOS DÍAS, tratando de encontrar en mis desordenadas libreras la Autobiografía de Albert Einstein para poder usar el original de algunas citas de él que, traducidas por mí, he incluido en más de un ensayo y en uno que otro artículo, me encontré con la sorpresa de que, de acuerdo con la legislación vigente en Panamá, hubiera sido obligatorio jubilarlo antes de su muerte.
Comencé entonces a darle vueltas en la cabeza a la confusión que debió reinar cuando aprobaron la famosa "Ley Faúndes" que ha privado a Panamá de los servicios de muchas personas de talento y de experiencia, idealmente capaces de representar el país, por ejemplo, en misiones diplomáticas, en negociaciones de acuerdos o tratados importantes, y en consultas locales con equipos de gobierno que, con harta frecuencia, no conocen los antecedentes de ciertos problemas y carecen de experiencia en fórmulas para solucionarlos, y que, además, a veces, gracias a méritos electorales, no tienen ni la más remota idea de lo que es el cargo que ocupan.
Me encontré con el hecho de que, después de su histórico liderazgo y capacidades estratégicas aprendidas en la academia de Sandhurst y perfeccionadas con la edad, Winston Churchill, recién de acabada la Segunda Guerra Mundial, no habría tenido podido volver a su asiento en la Cámara de los Comunes, ya faundizado y jubilado. Por cierto, quién sabe cómo se hubiera llevado a cabo el resurgimiento de la Alemania que Churchill contribuyó a dejar devastada porque Konrad Adenauer (que llegó a los 89 años como Canciller o sea el equivalente de Jefe de Estado) hubiera tenido que dejar el poder después de gobernar sólo dos años debido a su faundización.
Durante incontables siglos, desde antes de los primeros hechos documentados que marcaron el fin de la prehistoria (entre los cuales, por cierto, se encuentra el feliz descubrimiento del cultivo de la vid y la producción de vino), los pueblos han otorgado un papel de primordial importancia a sus viejos. Más de un país de los que ahora resuenan en las noticias encomendó sus crisis a lo que se llamaba el consejo de ancianos, y desde los más desarrollados y avanzados hasta los más primitivos, conservan el recurso a la sabiduría del anciano todavía como usanza común y hasta obligatoria.
Cuando la expectativa de vida comenzó a aumentar y se hicieron menos milagrosos los octogenarios, los nonagenarios y los centenarios, muchas de las más valiosas obras de la humanidad se produjeron en edades faundescas. " El Fausto de Goethe" y algunas de las mejores obras de teatro de George Bernard Shaw surgieron después del faundizamiento, en tanto que Víctor Hugo, ya faundizado, escribía ocho horas diarias de pie frente a un atril hasta cumplir 83 años. Además, varios de los más ilustres Papas de la Iglesia Católica rebasaron ampliamente la edad faundesca que entre nosotros obliga al ciudadano de 75 años a resignarse al ostracismo leyendo en casa, en los periódicos, u oyendo en la radio o en la televisión los disparates que se cometen sin que siquiera se oiga una voz que los denuncie como tales.
En los últimos 50 años, con una buena cantidad de gobernantes de más de 70 años en todos los continentes, no pocos fueron los que acudían a sabios ancianos cuando tenían un problema sin solución concebible, y en las ciudades europeas abundan las calles que llevan los nombres de esos ilustres longevos. Como buenos creyentes, si nos remitiéramos a las Sagradas Escrituras, nos encontraríamos con que el pueblo de Israel se hubiera quedado prácticamente sin profetas y sin líderes si esos hombres hubieran estado sujetos a una faundización o a un faundizamiento, según se quiera, y Matusalén habría sido una especie de ultrafaundismo.
En un país con un elevadísimo porcentaje de población que satisface los requisitos del analfabeto funcional, donde porcentajes abrumadores de la población de menos de 50 años no sabe ni hablar ni escribir y son multitudes las que ni siquiera entienden lo que oyen o leen, donde la universidad oficial rechaza más de la mitad de los que quieren entrar (en las facultades que ponen exámenes de admisión) y donde proliferan centros que diploman a gente que no puede escribir un párrafo de cinco líneas sin cometer tres errores de sintaxis y cinco de ortografía, el disparate de renunciar al consejo y la guía de quienes tienen más de 75 años sólo porque han llegado a esa edad es un acto virtualmente suicida, una mutilación inconsciente de los recursos humanos propios.
Cabe, no obstante, la esperanza de que, ahora cuando varios líderes políticos se están acercando a la edad fatídica o, más bien, faundizadora, a alguien con cuatro dedos de frente se le ocurra por lo menos reformar la ley de modo que no se aplique ni a embajadores ni a negociadores ni a representantes del Presidente ni a sus asesores. Esto, por cierto, reviste cierta urgencia porque, con las ambiciones desbordadas que hoy imperan, pronto nos encontraremos con un ejército de delatores señalando a todos los que, en los diferentes ministerios y dependencias del Estado, ayudan a que las cosas marchen mejor pero que ya están bien faundizados y no le enseñan la cédula a nadie.
Por algo existe el refrán que dice que "más sabe el diablo por viejo que por diablo".
Existen cinco elementos indispensables para mantener la felicidad: el dinero, el amor, la salud, el trabajo y el estudio.
Además un curioso árbol, el bambú, siempre lo han utilizado para destacar la rectitud, la honestidad y la buena suerte.
Muchos panameños y panameñas conservan este árbol en sus casas, para atraer las energías positivas; y sobre todo la suerte.

101 años de Panamá América

 
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