El don apacible del Dr. Calero
EL DON APACIBLE es una obra inmensa en todo sentido. La edición de lujo de la editorial Aguilar consta de casi dos mil páginas en papel biblia y la traigo a colación porque hasta que decidí dar mis primeros pasos como cardiólogo en la Clínica Raymond, nunca había conocido a nadie cuya personalidad se pareciera tanto a ese venerado río de los cosacos que Mijail Sholojov parece haber guardado íntegro, hasta la última gota, en este inolvidable clásico de la literatura rusa.
En la puerta de vidrio esmerilado las sobrias letras negras indicaban: Dr. Carlos Calero, Medicina Interna. Allí, en su oficina, nos encontramos por primera vez. Permaneció unos instantes en silencio reclinado sobre el escritorio, atiborrado de papeles, libros y revistas. Llevaba puesta una almidonada bata blanca sobre el impecable ambo de cirugía. El resto del consultorio me confirmó, en ese breve lapso, que estaba frente a un hombre devoto del trabajo. Elevó apenas la mirada mientras sus anteojos, montados en la punta de la nariz, continuaban dirigidos hacia la página que sostenía en sus manos. Luego de presentarme, se puso rápidamente de pie con esa caballerosidad generosa con que los buenos maestros suelen alivianar la timidez y los resquemores de los médicos novatos. Con voz suave y ademanes pausados comenzó a contarme la historia y el funcionamiento de la clínica que en ese entonces dirigía. Me asignó un consultorio vecino al suyo que había pertenecido al Dr. Rusódimos.
Vencida la tensión de los primeros meses, en el trato cotidiano llegué a apreciar el don de gente conque el Dr. Calero trataba a sus pacientes y colaboradores. Afabilidad que no perdía ni siquiera ante sus estrictas exigencias de puntualidad, disciplina y orden. Tenía por costumbre reunirse, al terminar la jornada, con la jefa de enfermeras, Miss Alvarado y según la longitud del murmullo yo solía deducir la importancia de los sucesos.
Por entonces yo comenzaba a sufrir el gota a gota de mis primeros pacientes. La mayoría no padecía enfermedad cardiovascular alguna, eran simples evaluaciones o interpretaciones de electrocardiogramas de rutina. Cuando él me veía consumido por la ansiedad y el desasosiego, me contaba sobre sus primeros pasos en el Hospital Amador Guerrero de Colón, coincidencia que aumentaba la estima que entonces comenzó a crecer entre nosotros y que ha dejado en mí, una huella imborrable y una lección de humanidad, delicadeza y consagración a la profesión hasta el inevitable momento de cerrar, para siempre, su bien nutrida agenda de citas. Pero aún así continuó vinculado a la medicina en su afanosa tarea de Presidente y editor de la Revista de la Academia Panameña de Medicina y Cirugía.
El doctor Calero era muy meticuloso, incluso en la gramática y el estilo, a tal punto que en una ocasión le presenté un trabajo de investigación realizado en Colón sobre los bloqueos trifasciculares y la indicación de marcapasos. En el mismo constaba la incidencia de los hemibloqueos. Una condición patológica universalmente reconocida y descubierta por el Dr. Mauricio Rosenbaum (q.e.p.d.) mi profesor de electrovectocardiografía. Pues bien, el Dr. Calero con justa razón argumentaba que no podía publicar el trabajo si no cambiaba la palabra hemibloqueo por semibloqueo. Le expliqué que eso no se podía hacer porque así había sido admitido por las asociaciones cardiológicas (como en efecto sucede hasta la fecha) aunque no dejé de reconocer que me sonaba más académica su proposición. El trabajo no fue publicado y en un congreso en Buenos Aires comenté la anécdota. Para mi sorpresa se formó una acalorada discusión entre el grupo "purista" que apoyaba la moción del Dr. Calero y el grupo "tradicionalista".
Nacido en un día que la nacionalidad panameña no puede olvidar jamás, un 9 de enero del año 1909, en Ecuador, donde se recibió de médico en 1935 con Primer Puesto de Honor. Fue contratado por el Gobierno Nacional para trabajar como médico internista, primero en Colón y luego en el Hospital Santo Tomás. Al poco tiempo viajó a Estados Unidos donde realizó estudios de post grado en Washington y Nueva Orleáns. En Puerto Rico se especializa en Medicina Tropical y conoce a quien hoy es su esposa, Doña Gladys Iglesias, a la sazón enfermera del Bishop Willinger School, una dama con quien ha culminado la mayor de sus obras: fundar una familia que, junto a sus tres hijos, Carlos, Gladys e Isabel, hoy es ejemplo de lo mejor de nuestra sociedad. Trabajó muchos años ad-honorem junto al Dr. Carl Johnson en el Laboratorio Conmemorativo Gorgas. Por 25 años ha sido profesor en la Universidad de Panamá. Hoy disfruta del cariño de su familia y de la admiración y profundo respeto que sus colegas sienten por este médico extranjero que ha entregado sus mejores años a la prevención, conservación y restauración de la salud en Panamá.
En esta época de globalizaciones selectivas, donde a la ciencia se le exige pasaporte y donde el chauvinismo tuerto -del ojo izquierdo- le pone barreras al conocimiento (única energía que mueve el motor del progreso económico para producir bienestar con crecimiento social justo) este querido colega, callado y laborioso; enemigo natural de las luces y candilejas del olimpismo mediático, es para nuestra juventud famélica, un ejemplo vivo que debemos rescatar quienes aún tenemos la dicha y el honor de compartir su don apacible, el mismo que, a sus 98 años, todavía lo une a esta querida tierra y a nosotros.
(drjcal@psi.net.pa)
La Ley No. 55 de 10 de julio de 1973 regula la administración, fiscalización y cobro de varios tributos municipales.
En el artículo 12 habla de que estos negocios deben estar ubicados a una distancia de 500 metros de iglesias y 300 de escuelas.
Los lugareños señalan que eso es "letra muerta".
El acuerdo No. 65 del 28 de septiembre de 2004, emitido por el alcalde de San Miguelito, Héctor Valdés Carrasquilla, suspende por un año los permisos de expendio de bebidas alcohólicas. La norma se prorrogó y sigue vigente.
Es decir, no se ha abierto un negocio más. En ese año superaban la cantidad de escuelas, pues sumaban 100.
Aunque se reservó el nombre, el alcalde dice que investigan algunas denuncias de negocios que "los propietarios se consideran unos genios y fabulosos en la viveza".
Ocurre que investigan negocios que se presume realizan otras actividades.
El hecho no es aislado. El clausurado Bar El Cantante, en San Isidro, en el 2004 cumplía las normativas y no alteraba la paz. Sin embargo, al pasar los días se convirtió en centro de prostitución clandestina.
Y por atentar contra la paz se cerró el bar y discoteca Susana, en Santa Librada; el bar La Caponera, en el Valle de Urracá y la discoteca El Regocijo, frente a Los Andes No. 2.
Allí salieron a relucir armas blancas y de fuego, problemas y escándalos.
El alcalde Carrasquilla señala que "como los negocios están en medio de comunidades, todos se conocen y nadie quiere denunciar, ni buscarse conflictos con el dueño".
Dice que para efectos de la investigación, información y para fortalecer el expediente que se levanta se necesita la colaboración de la sociedad.
Manifiesta que la comunidad debe informar, ya que hay un problema estructural del recurso humano, no hay suficiente personal para inspeccionar todos los negocios.
"Yo no hago alianza con ningún empresario de apoyarlo en cosas indebidas y que alteren la paz y la tranquilidad del distrito", alega.
Mientras que el sociólogo Marcos Gandásegui asegura que las cantinas, bodegas y clubes nocturnos contribuyen a la corrupción.
"Mañana podrían cerrarse y el país mejoraría mucho", considera.
A su juicio, el distrito de San Miguelito está abandonado.
Opina que no hay presencia de una mano orientadora para que los niños y jóvenes tengan oportunidades de superación.
Gandásegui expresa que el Ministerio de Educación tiene un presupuesto de B/.600 millones y habría que ver qué hacen con los recursos.
En la puerta de vidrio esmerilado las sobrias letras negras indicaban: Dr. Carlos Calero, Medicina Interna. Allí, en su oficina, nos encontramos por primera vez. Permaneció unos instantes en silencio reclinado sobre el escritorio, atiborrado de papeles, libros y revistas. Llevaba puesta una almidonada bata blanca sobre el impecable ambo de cirugía. El resto del consultorio me confirmó, en ese breve lapso, que estaba frente a un hombre devoto del trabajo. Elevó apenas la mirada mientras sus anteojos, montados en la punta de la nariz, continuaban dirigidos hacia la página que sostenía en sus manos. Luego de presentarme, se puso rápidamente de pie con esa caballerosidad generosa con que los buenos maestros suelen alivianar la timidez y los resquemores de los médicos novatos. Con voz suave y ademanes pausados comenzó a contarme la historia y el funcionamiento de la clínica que en ese entonces dirigía. Me asignó un consultorio vecino al suyo que había pertenecido al Dr. Rusódimos.
Vencida la tensión de los primeros meses, en el trato cotidiano llegué a apreciar el don de gente conque el Dr. Calero trataba a sus pacientes y colaboradores. Afabilidad que no perdía ni siquiera ante sus estrictas exigencias de puntualidad, disciplina y orden. Tenía por costumbre reunirse, al terminar la jornada, con la jefa de enfermeras, Miss Alvarado y según la longitud del murmullo yo solía deducir la importancia de los sucesos.
Por entonces yo comenzaba a sufrir el gota a gota de mis primeros pacientes. La mayoría no padecía enfermedad cardiovascular alguna, eran simples evaluaciones o interpretaciones de electrocardiogramas de rutina. Cuando él me veía consumido por la ansiedad y el desasosiego, me contaba sobre sus primeros pasos en el Hospital Amador Guerrero de Colón, coincidencia que aumentaba la estima que entonces comenzó a crecer entre nosotros y que ha dejado en mí, una huella imborrable y una lección de humanidad, delicadeza y consagración a la profesión hasta el inevitable momento de cerrar, para siempre, su bien nutrida agenda de citas. Pero aún así continuó vinculado a la medicina en su afanosa tarea de Presidente y editor de la Revista de la Academia Panameña de Medicina y Cirugía.
El doctor Calero era muy meticuloso, incluso en la gramática y el estilo, a tal punto que en una ocasión le presenté un trabajo de investigación realizado en Colón sobre los bloqueos trifasciculares y la indicación de marcapasos. En el mismo constaba la incidencia de los hemibloqueos. Una condición patológica universalmente reconocida y descubierta por el Dr. Mauricio Rosenbaum (q.e.p.d.) mi profesor de electrovectocardiografía. Pues bien, el Dr. Calero con justa razón argumentaba que no podía publicar el trabajo si no cambiaba la palabra hemibloqueo por semibloqueo. Le expliqué que eso no se podía hacer porque así había sido admitido por las asociaciones cardiológicas (como en efecto sucede hasta la fecha) aunque no dejé de reconocer que me sonaba más académica su proposición. El trabajo no fue publicado y en un congreso en Buenos Aires comenté la anécdota. Para mi sorpresa se formó una acalorada discusión entre el grupo "purista" que apoyaba la moción del Dr. Calero y el grupo "tradicionalista".
Nacido en un día que la nacionalidad panameña no puede olvidar jamás, un 9 de enero del año 1909, en Ecuador, donde se recibió de médico en 1935 con Primer Puesto de Honor. Fue contratado por el Gobierno Nacional para trabajar como médico internista, primero en Colón y luego en el Hospital Santo Tomás. Al poco tiempo viajó a Estados Unidos donde realizó estudios de post grado en Washington y Nueva Orleáns. En Puerto Rico se especializa en Medicina Tropical y conoce a quien hoy es su esposa, Doña Gladys Iglesias, a la sazón enfermera del Bishop Willinger School, una dama con quien ha culminado la mayor de sus obras: fundar una familia que, junto a sus tres hijos, Carlos, Gladys e Isabel, hoy es ejemplo de lo mejor de nuestra sociedad. Trabajó muchos años ad-honorem junto al Dr. Carl Johnson en el Laboratorio Conmemorativo Gorgas. Por 25 años ha sido profesor en la Universidad de Panamá. Hoy disfruta del cariño de su familia y de la admiración y profundo respeto que sus colegas sienten por este médico extranjero que ha entregado sus mejores años a la prevención, conservación y restauración de la salud en Panamá.
En esta época de globalizaciones selectivas, donde a la ciencia se le exige pasaporte y donde el chauvinismo tuerto -del ojo izquierdo- le pone barreras al conocimiento (única energía que mueve el motor del progreso económico para producir bienestar con crecimiento social justo) este querido colega, callado y laborioso; enemigo natural de las luces y candilejas del olimpismo mediático, es para nuestra juventud famélica, un ejemplo vivo que debemos rescatar quienes aún tenemos la dicha y el honor de compartir su don apacible, el mismo que, a sus 98 años, todavía lo une a esta querida tierra y a nosotros.
(drjcal@psi.net.pa)
La Ley No. 55 de 10 de julio de 1973 regula la administración, fiscalización y cobro de varios tributos municipales.
En el artículo 12 habla de que estos negocios deben estar ubicados a una distancia de 500 metros de iglesias y 300 de escuelas.
Los lugareños señalan que eso es "letra muerta".
El acuerdo No. 65 del 28 de septiembre de 2004, emitido por el alcalde de San Miguelito, Héctor Valdés Carrasquilla, suspende por un año los permisos de expendio de bebidas alcohólicas. La norma se prorrogó y sigue vigente.
Es decir, no se ha abierto un negocio más. En ese año superaban la cantidad de escuelas, pues sumaban 100.
Aunque se reservó el nombre, el alcalde dice que investigan algunas denuncias de negocios que "los propietarios se consideran unos genios y fabulosos en la viveza".
Ocurre que investigan negocios que se presume realizan otras actividades.
El hecho no es aislado. El clausurado Bar El Cantante, en San Isidro, en el 2004 cumplía las normativas y no alteraba la paz. Sin embargo, al pasar los días se convirtió en centro de prostitución clandestina.
Y por atentar contra la paz se cerró el bar y discoteca Susana, en Santa Librada; el bar La Caponera, en el Valle de Urracá y la discoteca El Regocijo, frente a Los Andes No. 2.
Allí salieron a relucir armas blancas y de fuego, problemas y escándalos.
El alcalde Carrasquilla señala que "como los negocios están en medio de comunidades, todos se conocen y nadie quiere denunciar, ni buscarse conflictos con el dueño".
Dice que para efectos de la investigación, información y para fortalecer el expediente que se levanta se necesita la colaboración de la sociedad.
Manifiesta que la comunidad debe informar, ya que hay un problema estructural del recurso humano, no hay suficiente personal para inspeccionar todos los negocios.
"Yo no hago alianza con ningún empresario de apoyarlo en cosas indebidas y que alteren la paz y la tranquilidad del distrito", alega.
Mientras que el sociólogo Marcos Gandásegui asegura que las cantinas, bodegas y clubes nocturnos contribuyen a la corrupción.
"Mañana podrían cerrarse y el país mejoraría mucho", considera.
A su juicio, el distrito de San Miguelito está abandonado.
Opina que no hay presencia de una mano orientadora para que los niños y jóvenes tengan oportunidades de superación.
Gandásegui expresa que el Ministerio de Educación tiene un presupuesto de B/.600 millones y habría que ver qué hacen con los recursos.