El Estado empresarial
Diferentes analistas opinan que el cambio de estrategia en la política internacional de los Estados Unidos, sustituyendo el paradigma contra el comunismo de la década del 70 por el enfoque económico neoliberal de los 80-90, relegó del poder político en América Latina a las fuerzas armadas e impuso en su lugar el poder de los empresarios y administradores de negocios formados en esa corriente económica, particularmente de la escuela de Chicago.
Desde la implosión soviética el socialismo ha quedado huérfano de ideas “aggiornadas” en la realidad de un mundo autista, fragmentado, cambiante y transfigurado por el avance de la ciencia y la tecnología. El dilema político es qué hacer con el individuo en un socialismo capitalista como el de China o con la sociedad en un capitalismo individualista como el que acaba de colapsar. Mientras tanto, de la mano cada vez más poderosa de los “lobbies” o cabilderos, un mercantilismo pragmático ha ido ganando terreno a pesar de la catástrofe de los centros financieros de América y Europa.
La implosión neoliberal reciente; obstinada en un Estado ausente o mínimamente intervencionista, que fomente negocios sin interferencias; confiada en los mecanismos “autorreguladores” del mercado -utopía fundamental del sistema- dejó ver con inusual transparencia el poder destructivo de los intereses creados. Así como el socialismo no sabe qué hacer con el individuo, los liberales tampoco saben qué hacer con la complejidad de un entramado social que deja escapar a los peces gordos y atrapa a los pequeños.
Este dilema ideológico, el del Estado Empresarial, que va más allá de lo académico, ha desembocado en la estrategia de concebir al Estado como una empresa y al que gobierna, como a un gerente, donde los ministros pasan a ser funcionarios de Junta Directiva y los legisladores, inspectores o capataces de la empresa. Obviamente, bajo tal concepto administrativo, los ciudadanos somos meros accionistas con poder de voto. Faltaría saber quiénes tendrán acciones preferenciales o si tales acciones tienen valor nominal (cifra en moneda) o no (cifra porcentual de las acciones emitidas). El drama no sólo es conceptual sino también económico y radica en el peligro que se corre de confundir acciones con bonos. Porque en un país endeudado tal cambio implicaría la pérdida de propiedad de la empresa, en este caso del país.
La ausencia de ideologías políticas sociales flexibles, adaptadas rápidamente a la velocidad de los cambios culturales, ha terminado por devaluar la importancia que los partidos políticos tienen en una democracia, tal como sucede en la Italia empresarial de Berlusconi, popular empresario y astuto político de muy escaso nivel moral, que se ha convertido en el nuevo líder del populismo de derecha del que sus sibilinas callan, ocupadas como están en vender tres libros a precio de nueve, tal como lo prescribe la Sibila de Cumana.
Panamá puede ir por ese camino. Está en nosotros, los ciudadanos, evaluar si el nuevo presidente nos gobernará como estadista, como empresario con responsabilidad social o como un señor feudal en zapatillas. Yo voté por un capitalismo humanista, el de una sociedad justa, democrática, republicana y progresista.