El giro pragmático de la política exterior colombiana
El giro pragmático de la política exterior colombiana
La política exterior colombiana se encamina hacia un reajuste estratégico que va más allá de un cambio de tono frente a Washington, Pekín o Tel Aviv. Está en juego la redefinición del lugar de Colombia en el sistema internacional, tras años de polarización y tensiones con socios tradicionales.
La reciente reunión en Bogotá entre el canciller Omar Bula Escobar y el rabino Yehuda Kaploun, enviado especial de EE. UU. para combatir el antisemitismo, es una señal clara de ese cambio. Tras el encuentro, el Gobierno colombiano rechazó el antisemitismo y reiteró su adhesión a la definición de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto.
Y esta vez el gesto no se quedó en lo declarativo. La Cancillería anunció que las conductas que puedan constituir delitos serán investigadas y sancionadas, y anticipó tres líneas de acción: fortalecer el diálogo interreligioso, promover medidas de protección para la comunidad judía en Colombia y profundizar la cooperación internacional en la materia. Es el tipo de compromiso institucional —no solo retórico— que la protección de cualquier minoría religiosa exige.
Ese reajuste debería evitar dos extremos: el aislamiento y el alineamiento automático. Colombia necesita priorizar sus vínculos con las democracias occidentales sin convertir su política exterior en adhesiones ideológicas. La defensa de los derechos humanos exige coherencia frente a cualquier Estado, aliado o no.
La relación con China será una de las pruebas más exigentes. Pekín es un socio comercial clave, y la diversificación de alianzas no debería confundirse con una ruptura económica. Pero el comercio tampoco puede traducirse en dependencia estratégica: el Gobierno deberá proteger sectores sensibles —infraestructura crítica, telecomunicaciones, energía, datos, minerales estratégicos— con reglas transparentes y evaluaciones serias de seguridad nacional. Ampliar los contactos con Taiwán en semiconductores ofrece oportunidades reales, pero exige prudencia frente a Pekín: no se trata de elegir de forma abrupta, sino de diversificar capacidades sin sacrificar intereses comerciales.
La relación con Israel también entra en una nueva etapa, y ya no solo en el discurso. Días antes del pronunciamiento de la Cancillería, el Gobierno firmó el decreto que reactiva las exportaciones de carbón a Israel, suspendidas desde 2025 por el gobierno anterior. El restablecimiento de canales diplomáticos abre paso, además, a la cooperación en ciberseguridad, agricultura de precisión, gestión del agua e inteligencia. Esa agenda debe apoyarse en objetivos verificables, no en idealizaciones ni en subordinar la política colombiana a controversias ajenas.
Un acercamiento a Israel puede —y debe— coexistir con una defensa firme de los derechos humanos y del derecho internacional; esa es la condición de su legitimidad. Rechazar el antisemitismo no implica ignorar el sufrimiento palestino, así como criticar al Gobierno israelí no justifica el odio contra las personas judías o sus instituciones. Distinguir entre la crítica legítima a un Estado y el odio hacia una comunidad es indispensable para una política exterior seria.
El principal desafío del gobierno de De la Espriella será evitar los extremos: ni rupturas impulsivas ni una neutralidad que tolere prácticas autoritarias. Estados Unidos seguirá siendo socio central en seguridad; Israel recupera peso en cooperación tecnológica; Europa ofrece espacio para la innovación; y China deberá gestionarse con pragmatismo. El giro hacia Washington y Tel Aviv ya es innegable, aunque deja abierta la duda sobre el lugar que ocuparán el multilateralismo y el derecho internacional en la nueva estrategia.
Colombia tiene la oportunidad de superar una diplomacia de consignas y construir una basada en alianzas, autonomía y coherencia. El verdadero giro no consistirá en cambiar un bloque por otro, sino en recuperar la capacidad de actuar con claridad y sentido de Estado.