El jugador
Es el título de una novela de Dostoyevsky. Allí se narra, con fuertes rasgos autobiográficos,las peripecias de un jugador empedernido que toma conciencia de su problema diciendo: “Si pudiera dominarme por una hora podría cambiar mi destino”.
La Sociedad Americana de Psiquiatría define la ludopatía como un trastorno del control de los impulsos que ocasiona una enfermedad mental crónica y progresiva, no maníaca.
Al parecer el fundamento bioquímico de esta enfermedad radica en los bajos niveles cerebrales de norepinefrina y serotonina, dos mediadores neurológicos que regulan el estado de ánimo entre otras funciones cerebrales. Se cree que el ludópata logra aumentar la concentración de estas sustancias durante la excitación del juego, elevando así su estado de ánimo. Mecanismo que pondría en evidencia el sustrato químico de la adicción.
Alrededor del 0,5% al 15% de la población padece este trastorno. Si lo extrapolamos a nuestro país tenemos que entre 15 mil a 450 mil personas pudieran tener problemas con el juego. La padecen más aquellos que se dedican a juegos de riesgo rápido, como tragamonedas, ruleta, etc. En menos proporción la sufren los jugadores de riesgo lento, como los sorteos de lotería y de apuestas. Se cree que un tercio de las ganancias producidas por las máquinas tragamonedas (en nuestro país, cerca de 70 millones de dólares anuales) provienen de ludópatas.
La ludopatía es muy difícil de tratar y de curar. Sus consecuencias sociales también son extremadamente perjudiciales. El jugador adicto en algún momento de su vida se ve impelido a cometer delitos como el hurto, el robo o el narcotráfico y sus consecuencias las terminan pagando familiares, amigos y la sociedad toda. No rara vez los ludópatas se ven involucrados en crímenes violentos, como el asesinato por deudas o el suicidio.
Las campañas nacionales e internacionales contra las adicciones químicas, las del tabaco, el alcohol y los estupefacientes han logrado legislaciones que en cierto modo han modificado la historia natural de esas enfermedades. No sucede lo mismo con la ludopatía.
Al compás de la transformación urbanística de Panamá hemos podido observar la rápida proliferación de casinos oficiales y extraoficiales. Al mismo tiempo que entre nosotros ha tenido una larga tradición el fomento “inocente” de los juegos de apuestas y de lotería, que junto a aquellos garitos debieran ser considerados por las autoridades como actividades insalubres y socialmente dañinas. El Estado no sólo debe combatir este flagelo porque está obligado constitucionalmente a proteger la salud de la población, debe comenzar por dejar de ser su socio a través de las regalías anuales que recibe. Una inmoralidad y un insulto para la gente que cada día gana su sustento con el esfuerzo de su trabajo.
La sociedad no debe dar la espalda a este problema que hoy ocupa las primeras planas de los diarios, tiene que rechazar el amenazante consejo de los tres monitos cabilderos que desde el frontispicio de neón de los casinos invitan a hacernos los ciegos, sordos y mudos ante la inmoral explotación de estos enfermos.