El milagro de Chicá
En otra ocasión aludimos a otro milagro, el de la transformación de una pobre aldea de pescadores de Playa Flor, en la costa de Veraguas, en la próspera población que es hoy, gracias al turismo residencial, que tiene a un inversionista extranjero del área como su principal benefactor.
Ahora hablaremos de otra, a la que se llega entrando por el Parque Nacional de Campana, a través de una carretera excelente, que ofrece una vista aérea sin par de Punta Chame, isla Taborcillo, la ensenada de Chame, las torres de Coronado y la vasta extensión nácar de las playas. Desde allí se extiende impresionante una alfombra de verde intenso de manglares. Antes de llegar, se pasa por un frondoso bosque que nada tiene que envidiar al Parque Natural Metropolitano, con la ventaja del frescor y la altura. Se pasa en el trayecto por varios puntos de observación dotados por la ANAM; además de innumerables senderos temáticos sobre la riqueza ecológica del lugar.
A los pocos minutos se nos presenta Chicá, en la pendiente de la cordillera, donde los lugareños parecen dedicados a la venta de frutas, legumbres y plantas, a más la presencia de varias fondas y hostales. La perspectiva que se ofrece desde lo alto es cautivadora y su clima estupendo. No hay a la vista señales de pobreza, lo que nos hace concluir que no es necesario subsidio con tal de que se brinde a la gente oportunidad de generar dignamente su propio sustento, con su trabajo y en interacción constructiva con el medioambiente. Ese es la causa de este nuevo milagro.