El negocio de la vida
Más de una vez se duda si el hombre desciende del mono o si el mono desciende del hombre, por lo cuestionable de ciertas posturas que asumen muchos de nuestros congéneres humanos frente a situaciones en las que peligra la supervivencia de su propia especie. Aliarse a la delegación japonesa, partidaria del levantamiento de la prohibición que limita la caza de las ballenas -reglamentada por la Comisión Ballenera Internacional-, identificaría a Panamá como una nación de indolentes sin atisbos de conciencia ambientalista.
Suficiente tienen los cetáceos, con los deshielos que los obligan a migrar de las zonas donde pernoctaban, y todo por el sobrecalentamiento global, cuyas nefastas repercusiones alcanzan al ecosistema, acelerando la inquietante extinción de 1,130 de las 4 mil especies mamíferas. Tampoco es digna de credibilidad, la débil excusa expuesta por los japoneses, quienes culpan a las ballenas de una supuesta gula que disminuye los recursos pesqueros del mundo, cuando lo cierto es que son otros los apetitos en discusión.
Acostumbrados al exterminio de las ballenas -en violación a la veda vigente desde hace 16 años-, los empresarios japoneses son la fuerza predadora, detrás de su representación diplomática, que busca el espaldarazo de países que como Panamá, están a un pie del cuarto mundo. Es la gula por el dinero, el principal motor que mueve al mundo, que no nos deja reconciliarnos con la naturaleza y sus seres, sobre los cuales, el hombre aún se percibe como la especie dominante sin sospechar que sólo es un eslabón en la cadena.
La irreverente caza comercial es inaceptable actualmente, máxime cuando las naciones promueven el turismo ecológico. Con qué moral, entonces, podría presentarse ante el mundo un país que apoye la matanza de ballenas, destinada a satisfacer el gusto nipón por la carne de las mismas.
Que los cien billones de conexiones neuronales que convierten al cerebro en el más sofisticado mecanismo del universo, sirvan a los comisarios panameños ante la Comisión Ballenera Internacional, para procesar una prudente resolución, que garantice en parte, la continuidad existencial de las ballenas.
La siguiente vez que los voceros oficiales de Panamá divulguen ante foros internacionales, su posición respecto de la eliminación "justificada" de las ballenas, recuerden que hay dos clases de oradores: los que nunca se detienen a pensar y los que jamás piensan en detenerse.
(gjs13@hotmail.com)
Pero una vez que el real emigrante interiorano, que llega a la ciudad en busca de algo mejor, generalmente se inserta en el sector informal y comienza a vender en las calles, trabaja en la construcción, como obrero no calificado, o limpiando jardines. Las mujeres laboran frecuentemente como domésticas. La mayoría de estos emigrantes lamentablemente no hace más que pasar del rancho interiorano a la barriada bruja capitalina, o a la casa de inquilinato, dijo. En el cuadro expuesto por Leis encaja perfectamente la experiencia de Ester Camarena y su familia, quien actualmente también vive en el sector de "La Esperanza", en las faldas del cerro Tinajita.
Ella salió de Cañazas, provincia de Veraguas, en 1974, rumbo a la ciudad, donde casi de inmediato consiguió trabajo como doméstica. Carmen ahorró para traer a su esposo, Jesús Mendoza, y a su pequeño hijo. Ahora, ella tiene seis hijos, y la más pequeña este año espera ser la primera en la familia en graduarse de primer ciclo.
El presidente del Centro de Estudios y Acción Social Panameño explicó que, al emigrar a la ciudad, el campesino sacrifica una serie de ventajas que tenía en el interior. De seguro que muchos piensan: "sé que voy a pasar trabajo en la ciudad" y esto es cierto, arguyó Leis. Al pisar la ciudad ya están en un medio ambiente contaminado, un lugar inseguro, por la gran cantidad de actos violentos que se cometen. Y las familias del campo que parten hacia la ciudad aumentan sus posibilidades de que se disuelva ese hogar, lo cual difícilmente ocurre allá en el campo, dijo el sociólogo. A esto hay que añadir que muchos son víctimas de maltrato laboral.
Pero además de pasarla mal, generalmente el emigrante interiorano mejora en algo su condición. Ya en la capital, se encuentra que la escuela está a cinco minutos en bus, tiene un centro de salud cerca, aunque casi siempre en condiciones de hacinamiento; también puede conseguir un "camarón". En su gran mayoría encuentra una mejoría, que no necesariamente lo saca de la pobreza, pero comparativamente con las expectativas de vida que tenía antes, siente que tiene algunas oportunidades que no tenía en el campo, anotó.
No obstante, el sociólogo explicó que hay un grupo de emigrantes que logra mejores oportunidades, ese es el "exitoso". Este va generando una capacidad de inserción, estudia, logra trabajos más estables, mejor remunerados y se va adaptando fácilmente a la ciudad, comentó.
Asimismo, Raúl Leis mencionó otros tipos de migración como la "urbana-urbana", que las personas que viven en ciudades del interior y viajan a la capital. Mencionó también a los residentes de pequeños poblados muy apartados que emigran hacia la cabecera de su respectiva provincia
Igualmente, indicó que hay una parte de emigrantes, oriunda de las provincias centrales, que no va a las ciudades, sino a otras áreas rurales no colonizadas a efectuar actividades agropecuarias. Esta -generalmente proveniente de Azuero- impacta mucho las áreas silvestres, es lo que llamamos "frontera agrícola".
Está claro que las migraciones son un resultado de la insatisfacción de las personas con las condiciones de vida existentes en los lugares donde residen. Por lo cual se hace necesario el establecimiento de un "proceso de transformación rural", sostuvo Leis.
El campesino debe tener acceso a tecnología para producir rubros no tradicionales, los cuales tienen más demanda. El propósito es sencillo: que el productor tenga más ganancias sobre lo que produce. También es necesario un proceso de dotación de infraestructura, es decir, construcción de caminos para que a su vez pueda sacar los productos. Estas infraestructuras incluyen la construcción de colegios y centros de salud, con el respectivo personal.
Por otro lado, es imprescindible un programa de titulación de tierras y redistribución de terrenos disponibles a los campesinos que tienen muy pocas, o tienen algunas de muy mala calidad. Además, Leis mencionó la necesidad de programas de crédito que verdaderamente le lleguen al productor pobre.
Todo esto debe estar acompañado de un plan para descentralizar, lo cual incluye la iniciativa de una carrera administrativa para el funcionario público municipal en el interior. También hay que darle más recursos a los municipios interioranos para que puedan generar riquezas, y gestionar obras sociales como construcción de escuelas y calles, apuntó.
Pero nada de esto es posible, si no se cambia el modelo de desarrollo económico en el país. Es urgente que se ponga en práctica un modelo con más equidad porque... para hablar de mejorar la situación del campo hay que combatir la pobreza, no sólo porque causa migración, sino hambre y desesperación, y eso se puede transferir a todo el país pronto, expresó.
Este proceso de transformación rural debe ir acompañado de medidas para combatir la corrupción, para que los recursos que se destinen al campo no se desvíen y lleguen a donde tienen que ir, indicó el presidente del CEASPA. No es que Panamá va a ser un país agrícola, pero eso no quiere decir que el campo debe estar abandonado, concluyó.
Suficiente tienen los cetáceos, con los deshielos que los obligan a migrar de las zonas donde pernoctaban, y todo por el sobrecalentamiento global, cuyas nefastas repercusiones alcanzan al ecosistema, acelerando la inquietante extinción de 1,130 de las 4 mil especies mamíferas. Tampoco es digna de credibilidad, la débil excusa expuesta por los japoneses, quienes culpan a las ballenas de una supuesta gula que disminuye los recursos pesqueros del mundo, cuando lo cierto es que son otros los apetitos en discusión.
Acostumbrados al exterminio de las ballenas -en violación a la veda vigente desde hace 16 años-, los empresarios japoneses son la fuerza predadora, detrás de su representación diplomática, que busca el espaldarazo de países que como Panamá, están a un pie del cuarto mundo. Es la gula por el dinero, el principal motor que mueve al mundo, que no nos deja reconciliarnos con la naturaleza y sus seres, sobre los cuales, el hombre aún se percibe como la especie dominante sin sospechar que sólo es un eslabón en la cadena.
La irreverente caza comercial es inaceptable actualmente, máxime cuando las naciones promueven el turismo ecológico. Con qué moral, entonces, podría presentarse ante el mundo un país que apoye la matanza de ballenas, destinada a satisfacer el gusto nipón por la carne de las mismas.
Que los cien billones de conexiones neuronales que convierten al cerebro en el más sofisticado mecanismo del universo, sirvan a los comisarios panameños ante la Comisión Ballenera Internacional, para procesar una prudente resolución, que garantice en parte, la continuidad existencial de las ballenas.
La siguiente vez que los voceros oficiales de Panamá divulguen ante foros internacionales, su posición respecto de la eliminación "justificada" de las ballenas, recuerden que hay dos clases de oradores: los que nunca se detienen a pensar y los que jamás piensan en detenerse.
(gjs13@hotmail.com)
Pero una vez que el real emigrante interiorano, que llega a la ciudad en busca de algo mejor, generalmente se inserta en el sector informal y comienza a vender en las calles, trabaja en la construcción, como obrero no calificado, o limpiando jardines. Las mujeres laboran frecuentemente como domésticas. La mayoría de estos emigrantes lamentablemente no hace más que pasar del rancho interiorano a la barriada bruja capitalina, o a la casa de inquilinato, dijo. En el cuadro expuesto por Leis encaja perfectamente la experiencia de Ester Camarena y su familia, quien actualmente también vive en el sector de "La Esperanza", en las faldas del cerro Tinajita.
Ella salió de Cañazas, provincia de Veraguas, en 1974, rumbo a la ciudad, donde casi de inmediato consiguió trabajo como doméstica. Carmen ahorró para traer a su esposo, Jesús Mendoza, y a su pequeño hijo. Ahora, ella tiene seis hijos, y la más pequeña este año espera ser la primera en la familia en graduarse de primer ciclo.
El presidente del Centro de Estudios y Acción Social Panameño explicó que, al emigrar a la ciudad, el campesino sacrifica una serie de ventajas que tenía en el interior. De seguro que muchos piensan: "sé que voy a pasar trabajo en la ciudad" y esto es cierto, arguyó Leis. Al pisar la ciudad ya están en un medio ambiente contaminado, un lugar inseguro, por la gran cantidad de actos violentos que se cometen. Y las familias del campo que parten hacia la ciudad aumentan sus posibilidades de que se disuelva ese hogar, lo cual difícilmente ocurre allá en el campo, dijo el sociólogo. A esto hay que añadir que muchos son víctimas de maltrato laboral.
Pero además de pasarla mal, generalmente el emigrante interiorano mejora en algo su condición. Ya en la capital, se encuentra que la escuela está a cinco minutos en bus, tiene un centro de salud cerca, aunque casi siempre en condiciones de hacinamiento; también puede conseguir un "camarón". En su gran mayoría encuentra una mejoría, que no necesariamente lo saca de la pobreza, pero comparativamente con las expectativas de vida que tenía antes, siente que tiene algunas oportunidades que no tenía en el campo, anotó.
No obstante, el sociólogo explicó que hay un grupo de emigrantes que logra mejores oportunidades, ese es el "exitoso". Este va generando una capacidad de inserción, estudia, logra trabajos más estables, mejor remunerados y se va adaptando fácilmente a la ciudad, comentó.
Asimismo, Raúl Leis mencionó otros tipos de migración como la "urbana-urbana", que las personas que viven en ciudades del interior y viajan a la capital. Mencionó también a los residentes de pequeños poblados muy apartados que emigran hacia la cabecera de su respectiva provincia
Igualmente, indicó que hay una parte de emigrantes, oriunda de las provincias centrales, que no va a las ciudades, sino a otras áreas rurales no colonizadas a efectuar actividades agropecuarias. Esta -generalmente proveniente de Azuero- impacta mucho las áreas silvestres, es lo que llamamos "frontera agrícola".
Está claro que las migraciones son un resultado de la insatisfacción de las personas con las condiciones de vida existentes en los lugares donde residen. Por lo cual se hace necesario el establecimiento de un "proceso de transformación rural", sostuvo Leis.
El campesino debe tener acceso a tecnología para producir rubros no tradicionales, los cuales tienen más demanda. El propósito es sencillo: que el productor tenga más ganancias sobre lo que produce. También es necesario un proceso de dotación de infraestructura, es decir, construcción de caminos para que a su vez pueda sacar los productos. Estas infraestructuras incluyen la construcción de colegios y centros de salud, con el respectivo personal.
Por otro lado, es imprescindible un programa de titulación de tierras y redistribución de terrenos disponibles a los campesinos que tienen muy pocas, o tienen algunas de muy mala calidad. Además, Leis mencionó la necesidad de programas de crédito que verdaderamente le lleguen al productor pobre.
Todo esto debe estar acompañado de un plan para descentralizar, lo cual incluye la iniciativa de una carrera administrativa para el funcionario público municipal en el interior. También hay que darle más recursos a los municipios interioranos para que puedan generar riquezas, y gestionar obras sociales como construcción de escuelas y calles, apuntó.
Pero nada de esto es posible, si no se cambia el modelo de desarrollo económico en el país. Es urgente que se ponga en práctica un modelo con más equidad porque... para hablar de mejorar la situación del campo hay que combatir la pobreza, no sólo porque causa migración, sino hambre y desesperación, y eso se puede transferir a todo el país pronto, expresó.
Este proceso de transformación rural debe ir acompañado de medidas para combatir la corrupción, para que los recursos que se destinen al campo no se desvíen y lleguen a donde tienen que ir, indicó el presidente del CEASPA. No es que Panamá va a ser un país agrícola, pero eso no quiere decir que el campo debe estar abandonado, concluyó.
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