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El pecado del Padre Alberto


Evidentemente, este escrito surge a raíz del escándalo del P. Alberto Cutié. Por ser figura pública, la resonancia de su falta -y el agravio a la Iglesia- es mayor.

No escribo para justificarle, ni tampoco para juzgarle. Creo que le ha de bastar la vergüenza pública y la admonición del Señor: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”. (Mateo 18,6).

Pienso que debemos atender las palabras del Arzobispo de Miami, Mons. Favalora: “Escándalos como éste ofrecen una ocasión a la Iglesia en todos los niveles para examinar nuestras conciencias sobre la integridad de nuestros compromisos con Dios y la Iglesia".

¿Qué lección podemos aprender como católicos? Considero que todos los que de una u otra forma participamos activamente como laicos comprometidos, sacerdotes y religiosos; debemos tomar conciencia que en esta época en la que los medios viven del escándalo, la coherencia es más importante que nunca.

A pesar de nuestras debilidades y precisamente por ellas, debemos estar prestos a “poner los medios” contra la tibieza y las tentaciones: oración, mortificación y sacramentos; no vaya a ser que “habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado”. (1 Corintios 9, 26-27).

No olvidemos doblar rodillas delante de Jesús Sacramentado; y los laicos orar más por nuestros sacerdotes y obispos, para que sean santos. Ah, y con respecto al voto de celibato, aunque a muchos les cueste entender que hay quienes “se hacen tales a sí mismos por el Reino de los Cielos” (cf. Mateo 19,12); les decimos que claro que es posible. Pienso en los miles de sacerdotes y religiosas que sí han mantenido su promesa de celibato, con la ayuda de Dios: algunos conocidos como el Padre Pío de Pietrelcina, la Madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, y los no tan conocidos sacerdotes y religiosos que en la clandestinidad viven también su vocación en alegría, fidelidad y santidad. Obviamente, el celibato no es el problema.

101 años de Panamá América

 
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