El peligro de la falta de seguridad en nuestras fronteras
Es increíble y alarmante cómo los panameños, a estas alturas de nuestra vida republicana, no aprendemos el insigne valor que posee la historia. A pocos días del traspaso de la vía interoceánica a nuestras manos y de la salida del último soldado norteamericano de nuestro territorio, seguimos dando muestras de inmadurez civil política y social. Es absolutamente vergonzoso lo que hace unos días la ciudadanía panameña observó a través de las pantallas de una televisora local: Miembros de la Policía Nacional en las fronteras, completamente beodos y celebrando como si estuviesen disfrutando de unas placenteras vacaciones. Para el panameño civil que vio esas desagradables imágenes, el sentimiento fue de decepción. Habiendo disfrutado su confianza en los valerosos agentes que emprendieron la innegablemente osada meta de defender las fronteras, las postreras esperanzas de hacernos responsables de nuestro propio destino, luego de haber estado supeditados colonial, administrativa y militarmente a los designios de Estados extranjeros, comienzan a disiparse cual rocío con los primeros rayos del sol. No nos damos cuenta que todavía existen dentro del Senado y del congreso norteamericano, ortodoxos políticos y politólogos que continúan oponiéndose a los principios de los Tratados de 1977, y con ello, a la entrega del canal a manos panameñas y a la salida de los militares yankees de esta tierra marcada por la ventura de la geografía, madre de la historia, que nos destinó a ser un sitio estratégico para la influencia de los imperios extranjeros, que han tenido o aún tienen, intereses coloniales, militares, económicos y sociopolíticos, en el resto del hemisferio.
Con lo dicho anteriormente, no pongo en duda la entrega del canal y la salida de las tropas norteamericanas de dichas áreas. Empero, no podemos ni debemos olvidar que Estados Unidos aún conserva diversos intereses en el hemisferio, y ve en Panamá, la base estratégica para llevar a cabo sus manifiestos designios. Recordemos las fracasadas negociaciones para el establecimiento del polémico Centro Multilateral Antidrogas (CMA) en las instalaciones militares de Howard, con el pretexto del nuevo peligro fantasma para las democracias de América: Las drogas (Las mismas sin las cuales el modus vivendis de ellos cesaría). Ya no hay peligro de una invasión nazi en el Continente, para lo cual nos plagaron de bases militares durante la Segunda Guerra Mundial y contaminaron hasta las entrañas de nuestro territorio con toda clase de sustancias lesivas, que por lo visto, los panameños tendremos que aprender a convivir con ellas, si es que pretendemos sobrevivir. Tampoco el fantasma del abominable comunismo representa un peligro para los países que conforman el patio trasero del hermano mayor, que si no actuamos según sus recomendaciones, nos dan con el gran garrote.
Nuestro país no puede ni debe tolerar la presencia militar de ningún país, porque la historia nos ha demostrado que la injerencia de éstas en nuestras decisiones, también han cobrado víctimas humanas, que aunque por corto tiempo, nos han llevado inclusive a romper nuestras relaciones bilaterales con aquel que nos ha agraviado. Por qué cada 15 de abril olvidamos a José Manuel Luna, víctima de un yankee que "no se humilló" a pagarle un pedazo de sandía, y cada 9 de enero, sepultamos en el olvido a Ascanio Arosemena, y ese día optamos por libar licor o refugiarnos en una playa.
La guerrilla y los paramilitares colombianos han convivido pacíficamente con los moradores de nuestras fronteras, saliendo y entrando, comerciando e incluso protegiendo la vida de éstos, y ahora, tan cerca de romper los lazos coloniales al cien por ciento, este problema estalla sumergiéndonos nuevamente en el dilema de siempre. Estoy completamente de acuerdo con reforzar la seguridad en el Darién, porque es deber de cada gobierno garantizar la seguridad de sus nacionales donde se encuentren. Y si la guerrilla o los paramilitares nos designan objetivo militar, debemos reforzar la ya reforzada seguridad en las fronteras con el objeto de demostrarle a las miradas internacionales que somos capaces de hacernos cargo de nuestro propio destino. Sin embargo, el gobierno nacional, tomando en cuenta el reto en el cual se encuentra, debe ser absolutamente serio para que los agentes que son enviados a la frontera, cumplan eficazmente su deber y si algunos agentes policiales manchan el nombre de la institución, dando muestras de vergonzosos espectáculos propios de la indisciplina y la irresponsabilidad, las medidas que se aplique a estos agentes, deben ser rigurosamente enérgicas, para que el respeto y el prestigio de la institución no continúe caminando por la cuerda floja.
Porque el Gobierno Nacional ni el Estado panameño, debemos olvidar la historia, a fin de que los errores en los que hemos incurrido en el pasado no se vuelvan a repetir. Para ello, nuestros gobernantes deben mantener en alto el nombre del país y su imagen internacional, para que no se tenga en poco, ni se dude de nuestra capacidad y mucho menos se diga que el canal es protegido por irresponsables o incapaces.
¡Vamos Panameños! Aceptemos orgullosos el destino que nos espera, siendo responsables por nuestros compromisos y de nuestros actos, mostrando un alto grado de madurez cívica, y entonces, sólo entonces, segaremos los frutos con los cuales la geografía nos marcó y por los cuales nuestros mártires lucharon. Como decía Gandhi: "Ningún hombre si es puro, tiene nada más valioso que ofrecer, que su vida".
Con lo dicho anteriormente, no pongo en duda la entrega del canal y la salida de las tropas norteamericanas de dichas áreas. Empero, no podemos ni debemos olvidar que Estados Unidos aún conserva diversos intereses en el hemisferio, y ve en Panamá, la base estratégica para llevar a cabo sus manifiestos designios. Recordemos las fracasadas negociaciones para el establecimiento del polémico Centro Multilateral Antidrogas (CMA) en las instalaciones militares de Howard, con el pretexto del nuevo peligro fantasma para las democracias de América: Las drogas (Las mismas sin las cuales el modus vivendis de ellos cesaría). Ya no hay peligro de una invasión nazi en el Continente, para lo cual nos plagaron de bases militares durante la Segunda Guerra Mundial y contaminaron hasta las entrañas de nuestro territorio con toda clase de sustancias lesivas, que por lo visto, los panameños tendremos que aprender a convivir con ellas, si es que pretendemos sobrevivir. Tampoco el fantasma del abominable comunismo representa un peligro para los países que conforman el patio trasero del hermano mayor, que si no actuamos según sus recomendaciones, nos dan con el gran garrote.
Nuestro país no puede ni debe tolerar la presencia militar de ningún país, porque la historia nos ha demostrado que la injerencia de éstas en nuestras decisiones, también han cobrado víctimas humanas, que aunque por corto tiempo, nos han llevado inclusive a romper nuestras relaciones bilaterales con aquel que nos ha agraviado. Por qué cada 15 de abril olvidamos a José Manuel Luna, víctima de un yankee que "no se humilló" a pagarle un pedazo de sandía, y cada 9 de enero, sepultamos en el olvido a Ascanio Arosemena, y ese día optamos por libar licor o refugiarnos en una playa.
La guerrilla y los paramilitares colombianos han convivido pacíficamente con los moradores de nuestras fronteras, saliendo y entrando, comerciando e incluso protegiendo la vida de éstos, y ahora, tan cerca de romper los lazos coloniales al cien por ciento, este problema estalla sumergiéndonos nuevamente en el dilema de siempre. Estoy completamente de acuerdo con reforzar la seguridad en el Darién, porque es deber de cada gobierno garantizar la seguridad de sus nacionales donde se encuentren. Y si la guerrilla o los paramilitares nos designan objetivo militar, debemos reforzar la ya reforzada seguridad en las fronteras con el objeto de demostrarle a las miradas internacionales que somos capaces de hacernos cargo de nuestro propio destino. Sin embargo, el gobierno nacional, tomando en cuenta el reto en el cual se encuentra, debe ser absolutamente serio para que los agentes que son enviados a la frontera, cumplan eficazmente su deber y si algunos agentes policiales manchan el nombre de la institución, dando muestras de vergonzosos espectáculos propios de la indisciplina y la irresponsabilidad, las medidas que se aplique a estos agentes, deben ser rigurosamente enérgicas, para que el respeto y el prestigio de la institución no continúe caminando por la cuerda floja.
Porque el Gobierno Nacional ni el Estado panameño, debemos olvidar la historia, a fin de que los errores en los que hemos incurrido en el pasado no se vuelvan a repetir. Para ello, nuestros gobernantes deben mantener en alto el nombre del país y su imagen internacional, para que no se tenga en poco, ni se dude de nuestra capacidad y mucho menos se diga que el canal es protegido por irresponsables o incapaces.
¡Vamos Panameños! Aceptemos orgullosos el destino que nos espera, siendo responsables por nuestros compromisos y de nuestros actos, mostrando un alto grado de madurez cívica, y entonces, sólo entonces, segaremos los frutos con los cuales la geografía nos marcó y por los cuales nuestros mártires lucharon. Como decía Gandhi: "Ningún hombre si es puro, tiene nada más valioso que ofrecer, que su vida".