El peligro de que el Seguro Social arrastre la economía
No es un riesgo hipotético, sino real y más cercano de lo que se piensa. Partamos de un hecho. El Seguro Social es una institución del Estado panameño y, por tanto, éste es el responsable final de la suerte que corra. Si se quiere, es como los bancos estatales, que se dice los más seguros porque no quiebran, ya que los Estados nunca lo hacen, aunque caigan en insolvencia.
En parte, el conocimiento o intuición popular de esa realidad es responsable que nadie quiera dar ni sacrificar nada para sacar al Seguro Social de sus tribulaciones. Todo el mundo cree y está convencido que, al final, cuando quiebre, el Estado se meterá la mano en el bolsillo y hará lo necesario para pagar las pensiones y hacer operar sus hospitales. ¿Cierto? Sí y no. Sí, por lo que hemos expuesto, que la Nación es la final responsable; y no porque, si carece de los recursos para pagar, no pagará. No puede salir a robar, aunque a veces lo haga en la forma de tasas e impuestos abusivos.
¿Puede, en efecto, a fin de cuentas, tomar el dinero de las empresas y los ricos para pagar las pensiones? Sí y no. De hecho algunos gobiernos lo han hecho llegando al extremo de expropiar la riqueza a los particulares y, con eso, proveen pan para dos días y ruina para la eternidad.
La fórmula no es nueva y el resultado nunca ha sido otro que más pobreza y más desempleo. Al final los capitales huyen, dejando sus pérdidas atrás; y hacerlos retornar con confianza es una quimera. En fin, eso hay que descartarlo.
El camino es, pues, sanear las finanzas del Seguro Social con sus propios medios y recursos y ningún otro, salvo el de los que pertenecemos al sistema. De otro modo, terminaremos arrastrando al resto de la economía del país, sin remediar nada. En pocas palabras, tenemos que poner fin al actual sistema en que sacamos mucho más de los que aportamos.
No hacer nada, esto es, no aportar más, no invertir mejor, no elevar la edad, no podar su planilla y demás costos, no disminuir los beneficios, lo llevará a la quiebra. Ya tiene un déficit de 17.7 millones al 30 de junio pasado; y se calcula que en cosa de 10 años podría agotar sus reservas.
Su déficit actuarial ronda hoy un pavoroso 25% del Producto Interno Bruto. Manos a la obra, no hay tiempo que perder.
En parte, el conocimiento o intuición popular de esa realidad es responsable que nadie quiera dar ni sacrificar nada para sacar al Seguro Social de sus tribulaciones. Todo el mundo cree y está convencido que, al final, cuando quiebre, el Estado se meterá la mano en el bolsillo y hará lo necesario para pagar las pensiones y hacer operar sus hospitales. ¿Cierto? Sí y no. Sí, por lo que hemos expuesto, que la Nación es la final responsable; y no porque, si carece de los recursos para pagar, no pagará. No puede salir a robar, aunque a veces lo haga en la forma de tasas e impuestos abusivos.
¿Puede, en efecto, a fin de cuentas, tomar el dinero de las empresas y los ricos para pagar las pensiones? Sí y no. De hecho algunos gobiernos lo han hecho llegando al extremo de expropiar la riqueza a los particulares y, con eso, proveen pan para dos días y ruina para la eternidad.
La fórmula no es nueva y el resultado nunca ha sido otro que más pobreza y más desempleo. Al final los capitales huyen, dejando sus pérdidas atrás; y hacerlos retornar con confianza es una quimera. En fin, eso hay que descartarlo.
El camino es, pues, sanear las finanzas del Seguro Social con sus propios medios y recursos y ningún otro, salvo el de los que pertenecemos al sistema. De otro modo, terminaremos arrastrando al resto de la economía del país, sin remediar nada. En pocas palabras, tenemos que poner fin al actual sistema en que sacamos mucho más de los que aportamos.
No hacer nada, esto es, no aportar más, no invertir mejor, no elevar la edad, no podar su planilla y demás costos, no disminuir los beneficios, lo llevará a la quiebra. Ya tiene un déficit de 17.7 millones al 30 de junio pasado; y se calcula que en cosa de 10 años podría agotar sus reservas.
Su déficit actuarial ronda hoy un pavoroso 25% del Producto Interno Bruto. Manos a la obra, no hay tiempo que perder.