El problema es de principios
De todos los nombramientos que ha hecho el presidente Pérez Balladares durante su mandato presidencial el que más ha convulsionado a la sociedad política nacional ha sido, sin lugar a dudas, el de Ricardo Alemán al frente de la Gerencia General de la Zona Libre de Colón. No sólo por el hecho de que este fuera, hasta la aceptación del puesto, miembro prominente y Secretario General de un partido de oposición sino también por tratarse de la mano derecha y hombre de confianza de uno de los principales líderes de la oposición política nacional.
Para los que creemos entender algo de política, dicho nombramiento fue un intento inútil por cierto del presidente Pérez Balladares, de debilitar a la oposición política del país. Resulta evidente que desde hace unos meses atrás, y por intermedio de Rodrigo Arosemena y Harry Castro, el Presidente ha venido ofreciendo puestos públicos a varios miembros de la oposición, con el objeto de sumar fuerzas a sus intenciones releccionistas y dar una impresión de invencibilidad ante la opinión pública, como a su vez, tratar de crear un ambiente de derrotismo y de deserción dentro de la oposición. Aquellos que crean que el nombramiento de Alemán se debió única y exclusivamente a que fuera la persona más indicada para ocupar ese puesto "como lo afirmara el Presidente" están pecando de cándidos por decir lo menos. Si este hubiera sido el caso, el ofrecimiento presidencial se hubiera dado en septiembre del 1994, o sea al principio de su gestión, y no a finales del año pasado en plena víspera de un año netamente electoral y el penúltimo de su mandato. Resulta obvio entonces que lo que se buscaba realmente era herir políticamente a la oposición.
No queremos enjuiciar con este escrito la decisión del presidente Pérez Balladares ya que él, de acuerdo a la Constitución y la Ley, tiene la potestad de nombrar en su gobierno y por las razones que sean, a quien considera más conveniente para cualquier cargo público. Por otro lado tampoco vamos a criticar la decisión de Ricardo Alemán al aceptar dicho nombramiento. La suya fue una decisión muy íntima y personal, además, cualquier juicio que se haga sobre esto debe ser entre él, su familia y, más importante aún, su conciencia. Sin embargo, lo sucedido no deja de ser lamentable por el hecho de que afecta enormemente la credibilidad y deja en entredicho los valores y principios de la clase política panameña, de por sí ya bastante desprestigiada. Y es que esta clase de acomodos y actitudes zigzagueantes parecen indicar que lo que buscan los políticos realmente, o la mayoría de ellos, no es el bienestar del país sino el espacio político, el beneficio personal, el usufructo económico, en fin su pedazo de pastel. El mensaje que nuestra juventud recibe, con estos tristes ejemplos, es que lo importante para los políticos no es trabajar por el país sino acomodarse en el poder sin importar cómo, aunque para ello tengan que traicionar sus conciencias o ir en contra de sus convicciones y posiciones pasadas.
Ante estos acontecimientos, hoy más que nunca se hace imperativo que todos entendamos y tengamos presente que nuestro país no podrá avanzar hacia un futuro promisorio, ni enfrentar los grandes retos que nos depara el nuevo milenio, si aquellas personas que pretenden dirigirlo no actúan con una verdadera visión de patria y se desprenden de sus intereses personales en beneficio de los nacionales. En ese sentido igualmente, nuestro país no podrá ser gobernado diligentemente por sus dirigentes, y estos ganarse la confianza de nuestro pueblo, si la clase política panameña no logra superar esa falta de credibilidad y antipatía que irradia del electorado en general. Pero para poder lograrlo es inherente y necesario que los políticos de hoy hagan una verdadera reflexión sobre sus actuaciones y seriamente reexaminen su escala de valores. Que empiecen a dar señas fehacientes y claras de que quieren verdaderamente librar al 50 por ciento de nuestra población de la pobreza en que se encuentra sumergida hoy en día y no, como es la impresión general, hacer de la política un negocio lucrativo o un camino fácil hacia la riqueza personal. Y estas pruebas no deben apoyarse en simples discursos huecos y demagógicos, y mucho menos en actitudes camaleónicas como el saltar de un bando al otro cambiando de discurso repentinamente so pretexto de "atender el llamado de la patria" como algunos hombres públicos afirman hoy en día al aceptar alegremente puestos en un gobierno al cual días antes adversaban con gran frenesí. La única forma, vuelvo y repito, de superar la animadversión que siente la población en general hacia ellos los políticos se dará cuando empiecen a actuar de una manera rectilínea y coherente a sus convicciones y principios. Y esto, para los panameños con verdadero fervor patriótico, no debiera ser difícil.
Para los que creemos entender algo de política, dicho nombramiento fue un intento inútil por cierto del presidente Pérez Balladares, de debilitar a la oposición política del país. Resulta evidente que desde hace unos meses atrás, y por intermedio de Rodrigo Arosemena y Harry Castro, el Presidente ha venido ofreciendo puestos públicos a varios miembros de la oposición, con el objeto de sumar fuerzas a sus intenciones releccionistas y dar una impresión de invencibilidad ante la opinión pública, como a su vez, tratar de crear un ambiente de derrotismo y de deserción dentro de la oposición. Aquellos que crean que el nombramiento de Alemán se debió única y exclusivamente a que fuera la persona más indicada para ocupar ese puesto "como lo afirmara el Presidente" están pecando de cándidos por decir lo menos. Si este hubiera sido el caso, el ofrecimiento presidencial se hubiera dado en septiembre del 1994, o sea al principio de su gestión, y no a finales del año pasado en plena víspera de un año netamente electoral y el penúltimo de su mandato. Resulta obvio entonces que lo que se buscaba realmente era herir políticamente a la oposición.
No queremos enjuiciar con este escrito la decisión del presidente Pérez Balladares ya que él, de acuerdo a la Constitución y la Ley, tiene la potestad de nombrar en su gobierno y por las razones que sean, a quien considera más conveniente para cualquier cargo público. Por otro lado tampoco vamos a criticar la decisión de Ricardo Alemán al aceptar dicho nombramiento. La suya fue una decisión muy íntima y personal, además, cualquier juicio que se haga sobre esto debe ser entre él, su familia y, más importante aún, su conciencia. Sin embargo, lo sucedido no deja de ser lamentable por el hecho de que afecta enormemente la credibilidad y deja en entredicho los valores y principios de la clase política panameña, de por sí ya bastante desprestigiada. Y es que esta clase de acomodos y actitudes zigzagueantes parecen indicar que lo que buscan los políticos realmente, o la mayoría de ellos, no es el bienestar del país sino el espacio político, el beneficio personal, el usufructo económico, en fin su pedazo de pastel. El mensaje que nuestra juventud recibe, con estos tristes ejemplos, es que lo importante para los políticos no es trabajar por el país sino acomodarse en el poder sin importar cómo, aunque para ello tengan que traicionar sus conciencias o ir en contra de sus convicciones y posiciones pasadas.
Ante estos acontecimientos, hoy más que nunca se hace imperativo que todos entendamos y tengamos presente que nuestro país no podrá avanzar hacia un futuro promisorio, ni enfrentar los grandes retos que nos depara el nuevo milenio, si aquellas personas que pretenden dirigirlo no actúan con una verdadera visión de patria y se desprenden de sus intereses personales en beneficio de los nacionales. En ese sentido igualmente, nuestro país no podrá ser gobernado diligentemente por sus dirigentes, y estos ganarse la confianza de nuestro pueblo, si la clase política panameña no logra superar esa falta de credibilidad y antipatía que irradia del electorado en general. Pero para poder lograrlo es inherente y necesario que los políticos de hoy hagan una verdadera reflexión sobre sus actuaciones y seriamente reexaminen su escala de valores. Que empiecen a dar señas fehacientes y claras de que quieren verdaderamente librar al 50 por ciento de nuestra población de la pobreza en que se encuentra sumergida hoy en día y no, como es la impresión general, hacer de la política un negocio lucrativo o un camino fácil hacia la riqueza personal. Y estas pruebas no deben apoyarse en simples discursos huecos y demagógicos, y mucho menos en actitudes camaleónicas como el saltar de un bando al otro cambiando de discurso repentinamente so pretexto de "atender el llamado de la patria" como algunos hombres públicos afirman hoy en día al aceptar alegremente puestos en un gobierno al cual días antes adversaban con gran frenesí. La única forma, vuelvo y repito, de superar la animadversión que siente la población en general hacia ellos los políticos se dará cuando empiecen a actuar de una manera rectilínea y coherente a sus convicciones y principios. Y esto, para los panameños con verdadero fervor patriótico, no debiera ser difícil.