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El real no estaba sucio


Hoy, cuando sobre la Patria amada se ciernen tantos actos de corrupción, y hombres que ocupan altos cargos en el gobierno son acusados de perpetrar delitos contra la Administración Pública, traigo a mi memoria aquella vivencia que, en el momento en que sucedió, tan sólo supe decirme: ¿Por qué mi padre es tan malo? Hoy, mirando hacia el pasado que abriga a mis años de infancia, comprendo cuánto me amó mi padre. Y es que, como bien me lo enseñó, no podemos ir por la vida tomando lo que no nos pertenece, poseyendo lo que es de otros, viviendo cómodamente con dineros y bienes que no hemos ganado con sudor, trabajo, estudio y sacrificio. Seguido relataré la vivencia personal, propia de mis años de infancia, que espero sea de reflexión para quien nos honre con su lectura.
Tendría como nueve años. Principiaba la década del "70. Era un momento intenso de aquellos veranos que dejan mustio nuestro suelo y no podía resistir, por un momento más, las ganas o el deseo de tomarme una "rompe pecho". El bolsillo no me acompañaba. El sol estaba más caliente que nunca. Me encontraba triste y solitario en medio de la gran plaza en la que otrora se hacían corridas de toros. Pasadas las festividades del 28 de Noviembre, en las inmediaciones de los toldos, ya los otros muchachos, ganándome la partida, habían recogido todas las botellas que luego cambiarían por un real en la agencia de la cervecería. De pronto pasó un señor muy galano, me sonrió y le sonreí. Me dije: "Esta es la oportunidad", y sin meditarlo mucho le pedí un real. Sin exigirme explicaciones me entregó un real, cinco centavos. Tal vez leyó en mis ojos la ansiedad de un niño cuando quiere un dulce o que le compren unas canicas, tomarse una soda, como era mi caso, en fin.
Aún tengo bien claro el recuerdo de aquella moneda: era muy nueva, hasta brillaba de limpia. Corrí a la tienda y pedí la soda. Me la bebí sin parar. ¡Cómo la disfruté! Llegué a casa eructando y botando gases. Me burlaba de mis hermanitos y ellos que morían de la envidia. Papá, quien observaba de cerca, no vaciló en cuestionarme inmediatamente en torno a la compra de la soda. Le mentí. Respondí que el real me lo había encontrado en la calle. Me tomó del brazo derecho y sin decirme nada se dirigió a la tienda del chinito. Empecé a llorar. Dijo: "¿Por qué llora mi hijo?" Exclamé: "¡Yo quería tomarme una soda!" Llegados a la tienda, le dijo al chinito que le enseñara el real con el que había pagado la soda. El chinito, para desgracia mía, se lo entregó. Mi padre lo tomó y dijo: "Pero este real está muy limpio, ¿cómo es que se lo encontró en la calle?" Volvimos a la casa, seguía sin decir nada. Entrados al cuarto tomó la correa y dijo: "Este rejazo es para que aprenda que cuando algo se quiere en la vida se trabaja, se suda y se gana y, este otro, para que aprenda que uno no puede ir por la vida pidiendo sin tener derecho a nada"
Nunca olvidaré la lección que me dio mi padre. Me la he venido repitiendo permanentemente. Siempre he trabajado por lo que he querido y deseado en la vida. No siempre se logra lo que se quiere, pero hay satisfacción en decir: "Lo intenté". Entiendo que el trabajo dignifica al hombre cuando se actúa con honestidad y decencia. "Pena da robar", suele decir mi padre. Y mi madre que, frunciendo el ceño, lo secunda.
A la Patria se le sirve con sentida devoción y profundo cariño. No debe hombre alguno servirse de la Patria. Para con ella tenemos un cúmulo de deberes y obligaciones, pues cuando juramos ante el altar de la Patria siempre le prometemos: "Amarla, respetarla y defenderla como símbolo sagrado de nuestra nación". A la Patria se le dignifica, no se le despotrica; se le construye, no se destruye; se enaltece, no se desmerece; a la Patria se le alaba y no se le malogra.
Los escándalos que a diario se escuchan en nuestro medio, dejan mucho que decir del concepto, sentido y alcance que los panameños venimos manejando de la palabra Patria. Y es que cuando hablamos de Patria no estamos refiriendo una palabra hueca o vacía de contenido y materialidad; por el contrario, contiene los sentimientos más profundos de la nacionalidad de un pueblo, las esperanzas más sentidas de toda una población que se halla unida y vinculada por lazos afines de cultura, folklore, idiosincrasia, costumbres, etc. La Patria traduce el espíritu de un pueblo que se encuentra hermanado por fines y metas comunes.
Ser patriota, en consecuencia, es ser hombre amante de la Patria, defensor de ella, orgulloso de ser o pertenecer a una. Los que no tienen patria se llaman apátridas, carecen de nacionalidad. Quienes destruyen los sentimientos de la Patria terminan siendo víctimas de las propias acciones que como innobles hijos de la nación han desenvuelto.
Los que desde el Gobierno ejercen cargos públicos se encuentran en el sagrado deber de hacer que sus conductas, acciones y comportamientos se ajusten a enaltecer a la Patria. Quienes desde las candidaturas partidistas vienen luchando por impulsarse ante la sociedad como los que pueden hacer algo bueno por la Patria una vez hayan alcanzado el triunfo político, también tienen el deber ineludible de honrarla en sus discursos e intervenciones públicas. Ojalá todos podamos decir que el real que cargamos en nuestros bolsillos "no está sucio". Que ha sido ganado en buena lid y trabajo.
Quienes no ejercemos cargos de ninguna naturaleza en el Gobierno, ni somos candidatos a nada, debemos siempre tener presente el profundo fervor de salir a defender la Patria cada vez que alguno de sus hijos la mancille, denigre, malogre, vilipendie u ofenda. Como juristas lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. Sabemos que la Patria está agradecida y que nos tiene como buenos y nobles hijos. Nuestro deber es hacer las cosas bien. Cada vez que decimos "Por Panamá primero", lo que en el fondo decimos es: "Por nuestros hijos, mujeres, madres, padres, por ellos básicamente".
No se trata de firmar pactos o convenios de decencia o de ética política, si acaso en el corazón y en la mente de sus suscriptores anida la perversión y el embrión de la corrupción. Lo que verdaderamente se requiere es la transparencia y la moral avalada por una vida digna de ser imitada por otros. "Res non verba", decían los latinos: "hechos y no palabras".

101 años de Panamá América

 
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