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El regalo envenenado 


Hace unas cuantas semanas atrás, circularon en los medios de prensa de todo el mundo, los resultados de un reciente estudio de “The Economist Intelligence Unit (EIU)”, en donde se presentó el llamado Índice de Inestabilidad Política y sus resultados globales.

Según este índice, existe un grupo de naciones que han acumulado tensiones sociales, evidentes o subrepticias, que les colocan al borde de un conflicto interno generalizado, el cual les puede impeler hacia un caos sociopolítico violento con diversos tipos de secuelas (desplome económico severo, vacíos de poder, represión indiscriminada, golpes de Estado, autoritarismo agresivo, etc).

La base para determinar este tenebroso “ranking” se basa en la ponderación de factores, tales como la profundidad real de los efectos previsibles de la crisis actual en las economías de cada país analizado, la existencia de individuos y factores identificables a quienes achacarla, la sospecha de que la crisis puede ser más profunda de lo que reconocen las autoridades, el factor de contagio; además de otros elementos concurrentes como la volatilidad social, la impunidad, la credibilidad institucional, etc.

Curiosamente, en medio de la aparente distracción de la atención ciudadana y mediática, volcada hacia el tema electoral, marcado a su vez por los problemas del diario vivir y todo lo que nos satura y hastía (desde la desidia gubernamental ante un país que se está cayendo a pedazos por el abandono y el crimen hasta las corruptelas y escándalos de los políticos), pocos pensarían seriamente que Panamá está dentro del grupo de naciones en muy alto riesgo, señaladas por este Índice.

Según la EIU, en un ranking global de 165 países, Panamá ocupa el lugar 33 (empatado con la Argentina), siendo sólo superado en Latinoamérica por países como Haití, la República Dominicana, Bolivia, Ecuador y Venezuela. Hasta Colombia vive hoy con menos riesgo de inestabilidad que Panamá, pues aparece en el lugar 38, de acuerdo a dichos resultados.

El potencial real de que en los próximos meses se generen más protestas sociales, peores desmanes de la criminalidad común, se alcance un colapso urbano generalizado y que caigamos en la verdadera ingobernabilidad es, según este índice, bastante alto y forma parte de la ominosa herencia que el actual gobierno PRD, prometedor de tantas falsedades, le legará al nuevo régimen.

Para nadie es un secreto que ello es el resultado de la acumulación de amplias dosis de descontento y frustración en todos los sectores de la sociedad, del abandono en la atención de problemas gravísimos, de la acción caótica y descontrolada de factores muy dañinos (como la fortaleza del narcotráfico y de la delincuencia común, como la crisis colectiva de valores, como la ineficacia de la policía y el descrédito institucional generalizado), en el ocaso de un gobierno fallido y lamentable.

Por ello, una de las primeras cosas que deberá enfrentar el nuevo gobierno será tomar medidas precautorias y eficaces ante estos ríos subterráneos que se crecen debajo de nuestros pies y están a punto de desbordarse frenéticamente. Estas medidas deberán ser, ante todo, inteligentes y diferentes. Parafraseando a Einstein, la soluciones de siempre (violencia policíaca ciega, campañas mediáticas diversionistas, políticas inconsistentes, arbitrariedades jurídicas, autoritarismo demagógico) producirán los resultados de siempre: nada. Al menos nada bueno y probablemente todo lo contrario, poniéndonos en las mismísimas puertas del infierno.

101 años de Panamá América

 
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