El rumbo de la Nación
He meditado mucho respecto al tema que escogería para este artículo. Confieso que no es fácil, habida cuenta de la dinámica que van adquiriendo los acontecimientos y el rumbo que parecen trazar los mismos. En adición a los conocidos problemas que produce el agotamiento integral del sistema, tal y como lo conocemos hoy, existe, a mi juicio, otro factor no menos importante y es el hecho de que el país aún no ha enterrado su pasado. Me explico.
En los últimos años, pocos esfuerzos serios han tenido resultados positivos en cuanto al esclarecimiento de las múltiples verdades que rondan, como alma en pena, el pasado más o menos reciente del país. La iniciativa alrededor de la Comisión de la Verdad, a pesar de que pudo haber sido positiva para los propósitos de aclarar todo lo sucedido durante la época del gobierno militar, se ve o se encuentra desvirtuada y se ha colocado en un punto muerto y con un nivel bajo de credibilidad, producto de los cuestionamientos que a la misa se le han formulado por propios y extraños en torno a la validez o veracidad de sus investigaciones. He leído ligeramente su informe y el mismo es realmente alarmante en relación con las cosas y hechos que se revelan en este importante documento histórico. Sin embargo, eso no ha sido suficiente. La acción de la justicia debió acompañar esas investigaciones y sus resultados, habiéndole dado a cada uno el final que en un Estado de Derecho se le debe dar a estos temas. Sin justicia oportuna, es duro que prevalezca la verdad y que se entierre de buena forma el pasado.
Pero lo anterior no es el único factor que prevalece. El pasado reciente también es objeto de fuertes cuestionamientos. En medio de los mismos, vemos el deficiente resultado de los órganos llamados a investigar y juzgar los hechos ilícitos denunciados y el factor cinismo y desvergüenza han alcanzado sitiales bochornosos que empañan cualquier resultado positivo que se pueda invocar como paliativo al desastre que estamos viendo a diario. Si a estos dos aspectos mencionados le sumamos el adelantado escenario electoral en que nos encontramos, cuidado con el caldo de cultivo idóneo para producir una explosión, producto del grave problema social que sí vive este país y que parece relegado a un lugar subalterno en la agenda de las prioridades nacionales.
En pocas palabras, mientras el pasado no se termine de aclarar y enterrar como corresponda, el debate girará en torno a hechos que ameritan esclarecimiento de manera oportuna, manteniendo la real agenda nacional estancada.
El panorama electoral vuelve a plantear la pugna entre personajes ya fallecidos y deja poco espacio para verdaderamente abordar la real trascendencia del momento que enfrentamos como Nación. Las encuestas de opinión, con sus variantes y manipulaciones, hacen que las estrategias de cada quien varíen a fin de mantener las preferencias de unos encuestados que poco saben del resultado final de la pregunta capciosa que le presentan, como por ejemplo, la que adelanta las elecciones del 2 de mayo a la fecha en la que se hace la encuesta.
Los electores parecen haber cedido el espacio a los encuestadores y los reales temas de una campaña política como la que se avecina, profundizados por la pérdida lastimosa del presente quinquenio, son o parecen ser formulismos que cumplir, en medio de inexistentes deseos de propiciar debates serios en donde se palpen los reales compromisos. Los programas aún no presentados, poca diferencia van a tener al final, ya que las distintas tesis ya están planteadas y tendremos todos que debatirnos en torno a la credibilidad ganada de los aspirantes por razón de sus ejecutorias probadas y de sus equipos, si los mismos son conformados con personas idóneas y alejadas de escándalos de vieja o nueva data.
Es preocupante observar la tergiversación estratégica de los acontecimientos para procurar salvar caras o tirar al desvío a la opinión pública. Se confunden muchas cosas deliberadamente, entre otras, el deber de aclaración pública que debe tener todo aquel que pretenda dirigir los destinos nacionales respecto de su actuación en función pública, con los desgastados argumentos de campañas sucias o de complots para destruir reputaciones, como si la de muchos estuviera intacta.
Resulta increíble que se celebre el cambio de toldas políticas de connotados personajes, partícipes de graves escándalos recientes, dispensándoles, en medio de cínicas sonrisas, un trato propio de mejores adquisiciones. Son corruptos mientras militen con el adversario, pero grandes dirigentes si militan en el partido de mi preferencia, pareciera ser el razonamiento que prevalece. El delito de ayer se premia con la postulación electoral de hoy, como si nada hubiera sucedido. Se exigen investigaciones a fondo en público, pero se impide que realmente la justicia haga su trabajo, amparándose en inmunidades o en amorales resoluciones para ocultar responsabilidades. La ética en la política parece perdida. Soy un convencido, y así lo he escrito muchas veces, que nuestro país tiene grandes potencialidades hacia el futuro. Ese futuro jamás podrá ser lo promisorio que se plantea, si el rumbo de la Nación, de manera integral, no se hace avanzar por caminos más coherentes. Y esa necesaria coherencia a la que me refiero comienza por la identificación clara de los problemas y de sus soluciones, que son muchos y muy complejas.
El sistema o, mejor dicho, el modelo agotado y fracasado que vivimos hoy tiene que cambiar. Ningún programa de gobierno puede ser viable si persisten las actuales distorsiones, privilegios y el estancamiento de la administración de justicia, entro otros importantes temas pendientes. El ejemplo, proporciones guardadas, del desencanto de los mexicanos con el Presidente Fox, puede repetirse aquí, gane quien gane, precisamente porque el sistema puede devorar al nuevo mandatario, haciéndolo presa de su ineficacia. Si eso sucede, ¿qué camino queda? De allí que el debate previo y el mecanismo que se utilice para redactar y aprobar una nueva Constitución son de vital importancia porque ese podrá ser el comienzo de todo. El resto es amoldar la estructura a la nueva ley fundamental, teniendo en cuenta que grandes sacrificios se tendrán que hacer, tanto por los gobernantes como por los gobernados, para viabilizar el país en base a planes coherentes y eficaces.
El problema es mucho más complicado e integral que escoger a un candidato. La próxima administración no sólo enfrentará los retos propios de todo gobierno, sino que tendrá la ineludible responsabilidad de saber definir el nuevo rumbo del país, con eficiencia, transparencia, capacidad administrativa y proyectando, sin apadrinamientos de ningún tipo, un amplio sentido de unidad nacional y de justicia. El borrón y cuenta nueva no cabe en el futuro. El esfuerzo bien vale la pena y creo que se puede hacer. Espero y confío que las circunstancias se vayan perfilando hacia esa dirección y no hacia otras.
En los últimos años, pocos esfuerzos serios han tenido resultados positivos en cuanto al esclarecimiento de las múltiples verdades que rondan, como alma en pena, el pasado más o menos reciente del país. La iniciativa alrededor de la Comisión de la Verdad, a pesar de que pudo haber sido positiva para los propósitos de aclarar todo lo sucedido durante la época del gobierno militar, se ve o se encuentra desvirtuada y se ha colocado en un punto muerto y con un nivel bajo de credibilidad, producto de los cuestionamientos que a la misa se le han formulado por propios y extraños en torno a la validez o veracidad de sus investigaciones. He leído ligeramente su informe y el mismo es realmente alarmante en relación con las cosas y hechos que se revelan en este importante documento histórico. Sin embargo, eso no ha sido suficiente. La acción de la justicia debió acompañar esas investigaciones y sus resultados, habiéndole dado a cada uno el final que en un Estado de Derecho se le debe dar a estos temas. Sin justicia oportuna, es duro que prevalezca la verdad y que se entierre de buena forma el pasado.
Pero lo anterior no es el único factor que prevalece. El pasado reciente también es objeto de fuertes cuestionamientos. En medio de los mismos, vemos el deficiente resultado de los órganos llamados a investigar y juzgar los hechos ilícitos denunciados y el factor cinismo y desvergüenza han alcanzado sitiales bochornosos que empañan cualquier resultado positivo que se pueda invocar como paliativo al desastre que estamos viendo a diario. Si a estos dos aspectos mencionados le sumamos el adelantado escenario electoral en que nos encontramos, cuidado con el caldo de cultivo idóneo para producir una explosión, producto del grave problema social que sí vive este país y que parece relegado a un lugar subalterno en la agenda de las prioridades nacionales.
En pocas palabras, mientras el pasado no se termine de aclarar y enterrar como corresponda, el debate girará en torno a hechos que ameritan esclarecimiento de manera oportuna, manteniendo la real agenda nacional estancada.
El panorama electoral vuelve a plantear la pugna entre personajes ya fallecidos y deja poco espacio para verdaderamente abordar la real trascendencia del momento que enfrentamos como Nación. Las encuestas de opinión, con sus variantes y manipulaciones, hacen que las estrategias de cada quien varíen a fin de mantener las preferencias de unos encuestados que poco saben del resultado final de la pregunta capciosa que le presentan, como por ejemplo, la que adelanta las elecciones del 2 de mayo a la fecha en la que se hace la encuesta.
Los electores parecen haber cedido el espacio a los encuestadores y los reales temas de una campaña política como la que se avecina, profundizados por la pérdida lastimosa del presente quinquenio, son o parecen ser formulismos que cumplir, en medio de inexistentes deseos de propiciar debates serios en donde se palpen los reales compromisos. Los programas aún no presentados, poca diferencia van a tener al final, ya que las distintas tesis ya están planteadas y tendremos todos que debatirnos en torno a la credibilidad ganada de los aspirantes por razón de sus ejecutorias probadas y de sus equipos, si los mismos son conformados con personas idóneas y alejadas de escándalos de vieja o nueva data.
Es preocupante observar la tergiversación estratégica de los acontecimientos para procurar salvar caras o tirar al desvío a la opinión pública. Se confunden muchas cosas deliberadamente, entre otras, el deber de aclaración pública que debe tener todo aquel que pretenda dirigir los destinos nacionales respecto de su actuación en función pública, con los desgastados argumentos de campañas sucias o de complots para destruir reputaciones, como si la de muchos estuviera intacta.
Resulta increíble que se celebre el cambio de toldas políticas de connotados personajes, partícipes de graves escándalos recientes, dispensándoles, en medio de cínicas sonrisas, un trato propio de mejores adquisiciones. Son corruptos mientras militen con el adversario, pero grandes dirigentes si militan en el partido de mi preferencia, pareciera ser el razonamiento que prevalece. El delito de ayer se premia con la postulación electoral de hoy, como si nada hubiera sucedido. Se exigen investigaciones a fondo en público, pero se impide que realmente la justicia haga su trabajo, amparándose en inmunidades o en amorales resoluciones para ocultar responsabilidades. La ética en la política parece perdida. Soy un convencido, y así lo he escrito muchas veces, que nuestro país tiene grandes potencialidades hacia el futuro. Ese futuro jamás podrá ser lo promisorio que se plantea, si el rumbo de la Nación, de manera integral, no se hace avanzar por caminos más coherentes. Y esa necesaria coherencia a la que me refiero comienza por la identificación clara de los problemas y de sus soluciones, que son muchos y muy complejas.
El sistema o, mejor dicho, el modelo agotado y fracasado que vivimos hoy tiene que cambiar. Ningún programa de gobierno puede ser viable si persisten las actuales distorsiones, privilegios y el estancamiento de la administración de justicia, entro otros importantes temas pendientes. El ejemplo, proporciones guardadas, del desencanto de los mexicanos con el Presidente Fox, puede repetirse aquí, gane quien gane, precisamente porque el sistema puede devorar al nuevo mandatario, haciéndolo presa de su ineficacia. Si eso sucede, ¿qué camino queda? De allí que el debate previo y el mecanismo que se utilice para redactar y aprobar una nueva Constitución son de vital importancia porque ese podrá ser el comienzo de todo. El resto es amoldar la estructura a la nueva ley fundamental, teniendo en cuenta que grandes sacrificios se tendrán que hacer, tanto por los gobernantes como por los gobernados, para viabilizar el país en base a planes coherentes y eficaces.
El problema es mucho más complicado e integral que escoger a un candidato. La próxima administración no sólo enfrentará los retos propios de todo gobierno, sino que tendrá la ineludible responsabilidad de saber definir el nuevo rumbo del país, con eficiencia, transparencia, capacidad administrativa y proyectando, sin apadrinamientos de ningún tipo, un amplio sentido de unidad nacional y de justicia. El borrón y cuenta nueva no cabe en el futuro. El esfuerzo bien vale la pena y creo que se puede hacer. Espero y confío que las circunstancias se vayan perfilando hacia esa dirección y no hacia otras.