El triunfo de Obama
Estados Unidos está viviendo una revolución. Por primera vez en su historia, una mujer, Hillary Clinton, y un negro, Barack Obama, tienen serias posibilidades de llegar a la Casa Blanca. Parece fácil para cualquier desentendido de la historia e idiosincrasia de ese gran país; no obstante, no lo es. Su génesis como nación estuvo muy ligada al factor religioso y éste, a la enorme prevalecencia del varón en todos los aspectos de la vida social, familiar y política.
En ese cuadro, que llegara una mujer tan lejos como Hillary Clinton, en sus aspiraciones de ser presidente de Estados Unidos, es más que una quimera. Igual o peor es el caso de Barack Obama, quien siendo varón, es negro, en una nación que tardó casi dos siglos para erradicar, primero, la esclavitud y luego la segregación, aunque aún lucha duramente con resabios de discriminación racial.
Hillary, por su parte, representa una especie de zaga de su esposo Bill, quien fue un gran presidente y a quien se relaciona con una época de gran prosperidad económica, en contraste con la recesión que hoy se vislumbra. Obama, en cambio, personifica la juventud, vientos nuevos y refrescantes, de discurso coherente, como nunca antes se sintió desde los tiempos de John Kennedy. Puede que Obama no sea nominado, pero el mero hecho que haya llegado tan lejos, con argumentos tan inteligentes, pese sus enormes desventajas, habla muy bien de la democracia norteamericana, a más de que deja atrás, acaso para siempre, el mensaje de la insensatez a la que nos han tenido acostumbrados algunos de los más relevantes políticos de Estados Unidos.